Memorias de una vieja bota de Norge Sánchez

Uno de los relatos del libro.



La hormiga

Cuando se vive en una rosa, generalmente se lleva una vida tranquila. Las abejas vienen y se van con la prisa del que depende de la urgencia de la creación. Las mariposas traen cada vez una melodía distinta con el aleteo de su peregrinar entre las flores. La felicidad no pasa de ser alguna que otra caricia de la brisa y la expectativa de amanecer un día con una gota de rocío sobre la piel.
Pero aquel día, cuando el atardecer estaba al alcance de la mano y la perspectiva luminosa de las estrellas parecía una próxima marea, llegó mostrando el lento compás del caminar de los ancianos, aquella vieja hormiga. Junto a mí, bajo los cirros rojizos por un sol a punto de escapar, me habló de los desiertos. Habló, degustando los dulces turrones del polen, de las selvas en las lejanías intrincadas; los ríos que se                                                          suicidan con el atronador rugido de las cataratas. Dijo de los enormes continentes, los polos helados, los barcos sobre el manto reluciente de la noche oceánica donde las Sirenas vibran tangibles en los brazos de los marineros. Hizo silencio y se alejó despacio. No se                     despidió. Ni siquiera dio media vuelta para  mirar atrás y ver mis ojos llenos de ansiedad, ni alcanzó a ver el despliegue hacia  el infinito de mis alas.