Capítulo I de la novela Mi Caballo un venezolano choleperro de Juan de Mata

Capítulo I de la novela Mi Caballo un venezolano choleperro



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Mi Caballo es gente, humano, le dicen así porque usa una especie de vocativo epónimo cuando se dirige a sus amigos, obsequiándoles una extraña forma de ser. Por ejemplo, para referirse al estado del tiempo, en una conversación conmigo, me dice: “El tiempo se puso loco, mi caballo, ahora no se sabe cuándo es invierno ni cuándo es verano”. “Mi caballo” es su propia coma, una pausa de estilo en su manera de expresarse que terminó denominándolo. En las galas de sus ojos amarillos muestra el orgullo de no ser más ni menos que nadie, y en el tejido de sentimientos y convicciones revela el sello folclórico del llanero contramarcado, aquel que “tiene el compañero lejos” y “no se le va un caribe donde tira su atarraya”, subyugado a un tropel de valores y antivalores que marcan la pauta de su vida. Pero en el plano económico se considera un choleperro, que quiere decir “pobre y honrado”, un individuo que prefiere ganarse la vida con su propio esfuerzo, y que además sabe que ese paradigma no lo llevará nunca a la riqueza. Eso no lo trasnocha, en cierta forma es la base de su orgullo, el picante del humor con que mitiga las sombras y las miserias humanas, aunque no pueda escapar de las vicisitudes del mundo: De pronto se siente inmerso en un mundo de estrépitos, cuyos planos paralelos rompieron con la horizontalidad. Se siente orinado por un sapo, sopeteado por los gatos.
     — Coño, mi caballo —me dice—. Estoy como el que le dio la patada al arpa: todo me sale chueco.
     Esto me lo comunica mientras está arrestado en el Comando de Tránsito Terrestre por atropellar a una persona. Resulta que salió a probar el carro de uno de sus clientes, pisando a fondo la chancleta para desarrollar movimientos en alta, y a mitad de cuadra se le atravesó una persona en actitud suicida. El sujeto está grave en el hospital, esperando el cohete que lo llevará al cielo. Nadie advirtió el paradójico influjo que trajo la mañana en forma de insecto negro, agregado a dolorosas nostalgias. El abogado de Mi Caballo es uno de los mejores de la zona, nos dice que recemos para que no se muera el hombre atropellado, circunstancia que le dará liviandad al trámite de la defensa. Cada rato llama por teléfono al hospital, donde tiene a su picapleitos siguiendo de cerca las incidencias del caso.
     — ¿No se ha muerto? —pregunta, como hurgando en las sombras.
     Mi Caballo saca la cara de las manos en las rodillas y se pone atento, dejando ver en su carne las abras de tierra arada por los discos del sufrimiento. El abogado exclama varios monosílabos que no orientan acerca de lo que pasa allá. Por fin cierra la comunicación, suspira y nos dice:
     — No se ha muerto…
     La mención constante de la muerte agúa los ojos de Mi Caballo, le arruga los labios, le rejunta las cejas, crucificándolo en la cruz de la expectativa. Me llama aparte para llorar, sólo puede dar lágrimas de macho a un amigo como yo.
     — ¿Qué voy a hacer si ese hombre se muere, mi caballo? —me dice muy triste, despegando conchitas de pintura de la vieja pared, queriendo tener poder para unir lo separado. — ¿Quién va a creer que se me atravesó a propósito? 
     Ya va a oscurecer, un cielo de escombros trae un mensaje tenebroso, el tiempo parece escurrirse adrede, arrastrando la poca fe de Mi Caballo a un lugar en que si hay campanas no hay luz. El abogado va de nuevo a hablar con el comandante de tránsito, regresa optimista, nos explica que las cosas cambiaron de rumbo, ya resolvió la situación en sus aspectos legales básicos, basado en el estado de sobriedad de Mi Caballo  en el accidente, en su experiencia de conductor de algunos años, y en sus limpios antecedentes penales.
     — Ya le di una vaina para que nos ayude —explica sus diligencias, diciendo que dio dinero—. Nos va a dar la boleta de libertad…. Aunque no lo parezca —pasa a explicar otro punto—: Es mejor que el atropellado se muera: Así no tendrás que ver con los gastos de la convalecencia. Si el hombre queda inválido y te demanda tienes que mantenerlo toda la vida. Si se muere, pagas hasta el entierro.
     Mi Caballo está pálido pero más liviano, se conmueve con la despiadada opinión del abogado, le da asco su perniciosa índole pero no dice nada ahí, me lo dice afuera, después, cuando lo llevo en el carro a su casa.
     — ¡Coño, mi caballo —me dice entre él y yo—, ese abogado es un sucio. ¿Cómo va a decir ese plasta de mierda que es mejor que se muera el hombre? A lo mejor tendrá un hijito, su mamaíta…
     No digo nada, sólo pienso en el cruce loco de las coordenadas de la vida en que nos estrellamos sin querer, en un mundo que no nos pertenece en nada. Aquella noche tiene vahídos entre las cosas y la luz pública, huecos relacionados con nuestra forma de sentir. Mi Caballo va exaltado, necesita mercurocromo en el alma, abrir ventanas que le permitan sobrevivir al próximo conticinio. Quiere entender en mis palabras la intrascendencia de aquel accidente en su vida, que yo le rubrique su inocencia, que le ayude a entenderse bueno.
     — Mira, mi caballo —hurga mi espiritualidad—, tú que has estudiado vainas de la Escuela Magnético Espiritual, esas vergas que hablas bebiendo aguardiente con Juan Carlos Puerta y el poeta Castellano, ¿Qué crees que me pasará con Dios si el hombre se muere?
     Las respuestas no necesitan razonamientos colaterales.
     — La vida es eterna y continuada, mi caballo —le explico—. En tu próxima reencarnación sólo tendrás que parir al muerto.
     Mi Caballo sonríe al fin, aunque yo permanezca serio, convencido de la proposición que acabo de entregarle. Vamos llegando a su casa. La mamá de mi amigo está esperándolo en la acera, tristemente libre, sabiendo que el trauma sólo termina cuando termina, y que lo eterno nuca se aprende. Mi Caballo sospecha que le estoy mamando gallo, no acepta mi explicación.
     — ¡Nojoda, mi caballo! —refuta—. ¿Tú me quieres decir que voy a ser mujer?… ¡Déjate de esas vainas conmigo!
     A las doce de la noche, cuando el conticinio es de acero, las alimañas brotan y los espantos resucitan en las sombras, Mi Caballo despierta trastornado dentro de un sueño, encandilado por el centellazo de su conciencia, ansioso por acomodársele a un dolor muy grande que se le clava como puya transversal de la barriga a la cadera, cual estaca del diablo. Algo grande está sobre él, parece un bojote vivo, algo incómodo que busca estabilizarse, algo que tiene frío y lo transmite. Hace el ejercicio de mover su barriga y mueve el bulto, es un solo elemento, parte integral de su humanidad. Lo toca con ambas manos abriendo lejos los brazos, y calcula que es enorme, protuberante, con puntas de codos que asoman debajo de la piel. Algo extraño está vivo en su interior, caliente, húmedo, le advierte del peligro que implica una criatura adentro de su barriga. Un cocuyo se ha coleado al interior de la habitación, pita su luz intermitente, trae un recado del monte que todavía no dice. El dolor aumenta secuencialmente. Mi Caballo hace un esfuerzo, se para y enciende la luz, terriblemente asustado, y ve con estupefacción su enorme vientre embarazado, es increíble, aquello es contra natura, él es macho, masculino. Se busca con la mano sus genitales inclinándose para dar un rodeo a la barriga, toca su arrugado pene y sus escrotos recogidos por el miedo, y en efecto: Es macho. La barrigota le impide caminar con desenvoltura, le refleja un botuto en el ano, le hace sentir que estallará, y por cierre psicológico admite que está pariendo, aquel dolor intenso no puede ser otra cosa. Vuelve a la cama caminando tupido. Los colores que trajo la luz son entes pardos que rebotan, se fragmentan y sus boronas se esparcen como humo en el piso, agreden las paredes, se adhieren al techo donde flota estático un humillante letrero que le congela el resuello: “Puje señor” Mi Caballo busca una expresión obscena lo suficientemente explosiva pero no tiene tiempo de razonar, algo viene bajando y doliendo. Teme por los estragos del parto en su pequeño orificio de hacer pupú, piensa que es mejor que le hagan cesárea, pero le da vergüenza exponerse en público con aquella barrigota, que los amigos lo vean pariendo, qué no diría el degenerado de Cabeza de velorio, mejor es morir pariendo. Dos puyazos contrapuestos en sus sienes se vuelven raíz cuadrada en uno solo ybajan veloces, van rasgando cosas desde la mollera hasta el almizcle, y viene aquel pujo desgarrador, huesos empujados se repliegan, apartan carne a los lados, desgarran cartílagos, arrastran pellejos de grasa. Todo se rompe al paso de la enorme bola que baja hacia los intestinos. Mi Caballo cree que no va a poder, admite por fin que las mujeres son más valientes que los hombres. Piensa en la virgen pero no tiene una virgen específica definida en su fe. Crispa sus manos tensando sus músculos para poder soportar aquel dolor inmenso, crujen sus dientes a punto de quebrarse. El feto se detiene en su descenso, produce un dolor que estrangula, le va a reventar la vejiga, las caderas, las ingles. Está desorbitado. El cuarto es un sistema planetario con burbujas animadas, espíritus malignos, cosas irreales que ven, murmullos ininteligibles. Sabe que tiene que pujar aunque se queme. Grita, siente la destrucción de su hueso sacro, grita fuerte, viene otro pujo, piensa ahora con piedad en su reducido ano, la pata de sus fémures se abren ante el empuje destructor del feto, la bola naciente llega al ano, se tranca, rompe lentamente y cede, y después viene otro pujo, el pistón del dolor comprime de nuevo, lo hace gritar más fuerte. Suda, muerde rolines, no sale todavía la criatura; viene un pujo con más impulso, rompe, destroza el ano, le hace gritar más allá del universo, deja por fin salir aquel bojote, queda palpitando caliente, como si no va a cerrarse nunca, desaguando en hilos gotas sonoras. Lo extraño es que no hay vagido, y si no llora el niño no hay padre madre.
     Entonces Mi Caballo despierta de verdad, empapado de sudor, ofendido por la providencia. Me llama por teléfono, ignorando el peso de la hora, transformando mi medianoche en una pesadilla cómica. Definitivamente esta noche es un iceberg que viaja en un mar de petróleo, si no vuelve a amanecer lloraré luz después. Me cuenta el sueño, me insulta despiadadamente, me culpa de inducirle una pesadilla en que está pariendo, haciéndome guardar una carcajada para mañana y seguir atrapado en los globos tronantes del silencio. Para sentarse a esperar que los gallos decreten el día, él llega a una conclusión que en la mañana corroboramos:
     — Eso fue que el hombre se murió, mi caballo —me dice, y empieza a llorar por teléfono.