El exilio del alba de Angel Borges

El exilio del alba


No falta el día,

con su noche desierta,donde no llore.



     Marcos amaneció mejor que en otras oportunidades. Su semblante estaba más lozano, radiante; aparentaba menos edad. Sus cuarenta y tres lucían de veinticinco, y sus patas de gallo, ya no existían. Salió a la calle, y, en la acera que linda con la de su edificio, estaba una hermosa chica morena, de ojos como la miel,  -aún más inspiradores que los de Vilma-, esperándolo para dar un paseo por las avenidas de la ciudad, en la que él había vivido siempre, pero ahora le parecía de otro mundo. Atándose a la mano de la chica, ambos iniciaron una larga caminata por las aceras, viendo algunas vidrieras; con el perfume del café haciendo antesala a cada paso dado por ellos.

     Al llegar a la esquina donde estaba ubicada una tienda de recuerdos, viraron a la izquierda. Allí, había una pared antiquísima, tanto, que empezaba a reflejar sus arrugas. Pero estas arrugas eran bellas. Eran las arrugas de la experiencia. Esa pared había visto, escuchado, participado en cada amorío adolescente, cada acto de pasión, cada requiebro, y fue ahí donde Marcos y su compañera decidieron desbordar el vaso de agua, ofreciéndose sus labios mutuamente, de una forma tan especial, que ni los actores más populares del cine han podido caracterizar tal acción. Nuevamente, tomados de la mano, decidieron seguir su travesía, con la luz del sol cumpliendo su función de celestina.
Ascendieron.

     No cabía en Marcos ni la más remota idea de lo que ocurría. Ella le dijo que divisara todo lo que, bajo de sí, se encontraba. Él, algo nervioso, miró hacia abajo y se percató de un idílico vergel. El árbol de las frutas ostentaba las más sabrosas de sus  posesiones. Los niños jugaban sin parar, con tal gracia, con tal emoción, que el propio Marcos sintió ganas de bajar a corretear con los pequeños. La chica sonrió al ver tal alegre a su compañero de hazañas.

Descendieron


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