Extracto de la novela Los Hermanos Mayores de Heberto José Borjas

Extracto de la novela Los Hermanos Mayores



La primera vez fue cuatro días después de haberse mudado al nuevo hogar, una fresca y amplia casa de dos plantas junto a la de Augusto Rey. Casi a las once de la noche se dejó vencer por el sueño tras ordenar con su madre y las tías Criseida y Antera los últimos enseres de la cocina que aún les faltaban por sacar de las cajas de cartón. Apagó el televisor de su dormitorio, ya instalado para escucharlo mientras acomodaba sus cosas, y se tumbó en la cama para hallar la posición más cómoda para dormir, que era la misma de siempre, como un feto, apoyado en su costado izquierdo, y cuando se entregaba a la necesaria placidez nocturna sintió el repentino zarpazo de una energía más fuerte que él, que lo mantuvo inmóvil, porque apenas pudo entreabrir los ojos, sorprendido y asustado. Pero no vio a nadie más. Haciendo un esfuerzo descomunal despegó los labios y lanzó un alarido de socorro, fue cuando se dio cuenta de que estaba sordo, porque experimentó la conmoción gutural, la vibración en su garganta, pero no podía escucharse, como tampoco podía escuchar el susurro del aire acondicionado a sólo dos metros de él. Sabía que no estaba soñando y eso aumentó su pavor, tratando sin éxito de despegar los brazos y agitarlos para ahuyentar aquella fuerza ignota, horrorosa, similar a una descarga de corriente eléctrica, que lo tenía trémulo e inerme como nunca antes en su pacífica, sosegada – casi monótona, diría él – vida de diecisiete años. Pero no sólo fue la fuerza sino los susurros que la sucedieron cuando la penumbra del dormitorio se tornó densa y sofocante; eran de voces masculinas que balbuceaban en jerga extraña, con una cadencia que parecía regaño o de llamada de atención, y fue lo único que oyó durante aquel trance. El corazón como pudo exageró sus pulsaciones cuando sintió en su cama el peso de un cuerpo que se sentó del mismo lado adonde él miraba con la incomodidad de tener los ojos casi cerrados. No eran su madre ni sus tías, pero se había sentado en su cama algo o alguien invisible, impalpable, pero inexorablemente presente. De entre los murmullos enrevesados distinguió una voz serena que lo llamó por su nombre: – Humberto… Humberto… ey… ey… –, y continuó diciendo algo de lo que él no entendió ni una sílaba, pues no era su idioma, ni la entonación semejaba a ninguna de las lenguas que conociera. De pronto y sin darse cuenta, dejó de poseerlo la fuerza, cesaron los balbuceos, no escuchó más su nombre y la presencia pesada en su cama se disipó. De inmediato volteó hacia su espalda para corroborar que nadie lo acompañaba. Aliviado y aun resollando, solo vio su lujoso armario de caoba con los afiches de sus ídolos de fútbol: Ronaldo, Maldini, Zidane, Ronaldinho, Henry. Entonces por fin pudo escuchar el leve zumbido del aire acondicionado y encendió el televisor para distraerse, manteniendo la idea de no dormir para no sucumbir de nuevo durante la vigilia del sueño. Se levantó a caminar dentro del cuarto, volvió a acostarse hasta que sin querer se quedó dormido con el control remoto en el pecho y el ceño fruncido por el sopor y el  miedo a los susurros, a la energía subyugante y a que lo llamaran sin que él supiera quién era ni sus intenciones.  
En toda su sencilla existencia no le había ocurrido nada parecido, y en consecuencia, no había podido compartir alguna historia suya que hubiera asombrado a nadie. “Tengo una vida lineal”, decía burlándose de sí mismo, “sin curvas ni desvíos”. Ni siquiera por ser hijo único y el mayor de los nietos por las ramas materna y paterna pudo ser en algún momento el centro de atracción en las reuniones familiares – ni en mis fiestas de cumpleaños, diría él –, salvo en su nacimiento y en sus días de bebé tranquilo, cuando todos lo cargaban, lo acariciaban, le hacían muecas chistosas y lo soltaban con la impresión de tener el placer de haber tocado a un santo, a un niño que por una razón desconocida sería especial de entre tantos mortales. Muy a su pesar – y porque se le consideraba distinto de los chicos normales – siempre que se hablaba de él no era sino para mencionar virtudes: “Se ha graduado de bachiller en el Don Bosco con honores de summa cum laude”, “Este muchacho es muy considerado, plancha su ropa y hasta lava los platos luego de comer”, “Ni siquiera dice groserías”.  Humberto era el tipo de hijo ideal para una viuda como su madre, Mercedes Martínez, que a falta de problemas domésticos con él, mientras fue creciendo fue descuidándolo por confiar en su buena fe y en su sentido común para alejarse de los peligros, aunque fuera por casualidad, que Humberto llamaba causalidad a propósito – porque  las cosas ocurren con un orden que la mayoría no percibe, diría él –. De modo que Mercedes quedó perpleja cuando su único hijo en pleno desayuno rompió los rutinarios temas de conversación matutina, o los silencios masticables de otras veces, para darle por fin una noticia distinta.
− Mami, anoche me pasó algo raro – dijo − Escuché una voz que me llamaba y sentí en el cuerpo algo que me impidió moverme, me tenía tieso como un adobe. 
− ¿Es en serio? – preguntó Mercedes, mientras dejaba de masticar el pan − ¿Qué más te pasó? 
Y el muchacho hubo de contar con más detalles para tranquilizar a la madre. Entonces ella, repentinamente aprensiva, buscó con premura un vaso de agua y un crucifijo que sacó de una gaveta de la cómoda de su cuarto y se los entregó en las manos.   
− Ponlos debajo de tu cama – dijo. Empezó a fumarse un cigarrillo, normal en ella cuando estaba nerviosa− Y reza mucho, mi lindo.  
Hacía tanto tiempo que Humberto no recibía un gesto simple de cariño de Mercedes, que cuando ella le dijo “mi lindo” y lo abrazó con la ternura exagerada de los momentos más imperiosos, él se solazó con el pecho caliente de su madre respirando copiosamente, apretándole la cabeza con el mentón afincado y frotándole la espalda magra, como tantas veces él había querido en sus ratos insufribles de soledad, cuando le dio por hablar solo y refutarse las ideas de viva voz imaginando escenas no vividas que incorporaba a su cotidianidad, cuando ya no le bastaba practicar con la trompeta – su instrumento musical favorito, que en un caprichito de niño rico pudo costeársele – dos horas al día, ni repasar en los textos después de la cena lo que le enseñaban por la mañana en el colegio, ni ir a jugar futbol cerca de su casa con los muchachos de su misma calle, donde no tenía otra posición que la de arquero por sus envidiables reflejos, su agilidad de bestia de caza y su instinto para anticipar y repeler los ataques del equipo contrario. Sin embargo, no la extrañaba tanto en las tardes enteras en que yacía acostado en el sofá principal de la sala leyendo novelas, los libros polvorientos y de hojas amarillentas con las portadas medio desprendidas (poemarios de Neruda, García Lorca, las primeras novelas de García Márquez, la filosofía de Nietzsche), y también los nuevos, los de autores noveles, cuyas páginas tenían para él un olor cautivante, sobre todo aquellos sobre platillos voladores extraterrestres, que los había bastantes en la biblioteca de su padre, Rogelio Parra, que antes de morir, le heredó el hábito pacífico y no tan costoso de la lectura, hábito que lo llevó hasta el punto de acumular durante una vida de sólo cuarenta y dos años un arsenal de libros que de haber sido ladrillos se hubiese podido construir con ellos una casa tan espaciosa como la que Humberto y su madre recién habitaban. “Todo lo que te he enseñado, y más, está en esas páginas”, le dijo en su lecho de muerte, tres días antes de que un cáncer de pulmón lo hiciera desaparecer físicamente cuando Humberto sólo alcanzaba los catorce años de edad, “Prométeme que buscarás más en esos libros”. Y él lo hizo, más por seguir un consejo paternal que por avidez de conocimiento, pero tras una compilación de la obra de Sor Juana Inés de la Cruz y un libro de cuentos de Cristina Peri Rossi se convirtió en su pasión predilecta y la distracción adecuada para su tedio habitual.  
Sólo interrumpía sus sagradas horas de lectura jugando en las tardes las partidas de fútbol en el Parque del Este. La mudanza solamente lo había alejado tres cuadras de su habitual cancha de encuentros futbolísticos. Siempre iba a pie desde su casa ya con su pantaloneta puesta y sus medias hasta las rodillas. El camino duraba casi veinte minutos. Bajaba hasta la Plaza Francia de Altamira, pasaba el edificio Cavendes, el Centro de Arte La Estancia, y a la altura del Centro Plaza siempre se encontraba con Arístides, quien continuamente decía que se disponía a buscarlo a su casa, y así fue aquel domingo soleado.
− ¡Ah! ¿Cómo estás? – saludó Humberto, con su lenguaje escueto de siempre.
− Bien, hermano – contestó Arístides − Espero que tú también. Iba a llegar a tu casa. ¿Listo para la acción?  
− Vamos a caminar rápido, que me está quemando el sol.  
Arístides sacó algo de un bolsillo, le puso la mano en el hombro y le dijo con las pupilas fulgurosas, exaltado por la sorpresa que daría:
− Aquí tienes, hermano, para que los estrenes hoy mismo. 
Eran guantes de arquero, con el relleno de goma espuma y su cierre graduable, como los usados por los profesionales. Eran confortables y de mejor calidad que los desgatados que tenía Humberto, que incluso, gustaba de jugar su posición con las manos desnudas.  
− Gracias, de verdad – dijo él − Pero no hacía falta porque yo iba a comprarme un par nuevo. 
− Ahora puedes usar ese dinero para otra cosa – dijo Arístides, y agregó con jovial ironía −  ¿Me los vas a despreciar?
− Por supuesto que no. Aunque no se me ocurre cómo devolverte este favor.
− No te preocupes por eso. Los favores no deben hacerse esperando que nos los paguen algún día, deben hacerse porque nazcan del corazón, porque ayuden a quien los necesite. Lo importante es que pares muchos goles con ellos.  
Humberto estaba acostumbrado a las consuetudinarias dádivas de Arístides. Con alta frecuencia recibía favores y regalos que en las últimas veces él agradecía con vergüenza, pues consideraba abusivo que en año y medio que tenían de amistad Arístides no había necesitado nada en que Humberto hubiera podido ayudarle. En el junio pasado, Arístides le dio de regalo de cumpleaños una camiseta original de su equipo favorito del calcio italiano: Juventus de Turín, la vecchia signora. En noviembre le entregó dos boletos para asistir al Festival Nacional de Jazz, que ese año se presentó en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, y donde estuvieron los mejores trompetistas del país haciendo solos admirables. Al recién graduarse de bachiller en el Colegio Don Bosco, recibió de Arístides ocho libros de J.J. Benítez, su autor favorito sobre investigación del tema ovni, y hasta llegó a invitarlo en reiteradas veces a darle su mejor obsequio en lo alto del ancho cerro El Ávila que bordea la ciudad al norte, de noche, pero Humberto se rehusaba sonrojado aduciendo como siempre  que no tenía cómo pagarle tantas demostraciones de afecto, que se sentía endeudado. “La propuesta aún se mantiene”, decía Arístides, “tú sólo dime cuándo y vamos juntos”. En uno de aquellos corteses rechazos Humberto por fin estalló en su curiosidad.  
− ¿En qué consiste el regalo? – alzó la voz, impaciente por tanto misterio.   
− Acompáñame. Es un lugar del cerro que yo he bautizado como La Colina, a secas. Lo interesante es lo que puedes experimentar allí y por eso quiero llevarte – dijo Arístides, y agregó guiñándole con un guiño − Para darte una pista, apenas puedo decirte que podría marcar tu vida, no lo olvidarás y querrás repetir la experiencia.
Humberto siempre dudaba. No quería desconfiar de la buena fe de aquel larguirucho sonriente que se había ganado su simpatía por demostrar humildad y sensatez, pero el talante tan persuasivo de Arístides a veces le parecía más de un delincuente embaucador que de un amigo sincero. Se sentía casi acosado. Y aquella vez fue conciso para cortar para siempre la propuesta que tanto lo incomodaba.
          Cuando yo te diga, iremos – dijo con el tono serio de sus sentencias invariables − Mientras tanto, no toquemos más el tema.   
Arístides asintió dócil, enfático y agregó que su petición era una orden, que no se preocupara, que lo disculpara si le había causado alguna molestia, pronunciando las palabras con tal atropello que Humberto le puso la mano en el hombro con ternura y le dijo que no estaba enojado. Le devolvió el guiño y creyó calmarlo con la promesa de que pronto le avisaría para ir juntos a subir el cerro El Ávila.
En la mañana siguiente Humberto consideró que el delicado rato con Arístides influyó en que tuviera el sueño justo antes de despertar en aquella mañana de tantas que tenía de vacaciones forzadas desde su graduación de bachiller. Estaba en un apartamento de poco espacio, sin lujos que resaltaran, de paredes blancas con cuadros de paisajes agrestes. Era de noche. De repente oyó un silbido leve que lo inquietó y animó a salir hacia un pasillo con vista hacia la calle, bordeado de una cerca metálica de protección. Vio decenas de puntos rojos en el cielo, de vistosa incandescencia, que empezaron a crecer, a acercarse, hasta que el estupor y la belleza de la escena le entumecieron los ligamentos y no le permitieron moverse, porque los considerados puntos rojos eran naves voladoras que arribaban a los edificios, de donde salía gente aterrada escapando de los discos metálicos – o así le parecieron – con lucecitas rojas alrededor. Humberto regresó temeroso al apartamento y se guareció tras la pared que dividía la sala de la cocina. Entonces entraron tres seres de forma humana, vestidos con ceñidos trajes y escafandras del color del plomo, mimetizados al cuerpo flaco y de dos metros de estatura. Uno de ellos descubrió su cara y Humberto logró definir  que la fisonomía asemejaba la de un vikingo inmenso salido de las leyendas nórdicas, rubio y musculoso, de melena larga y lacia, como una sueca de una calle cualquiera de Estocolmo. Era indudable: también tenía apariencia humana. Su angustia creció cuando notó que su bisabuela Nora estaba sentada en un mecedor de madera observando a los intrusos. Los tres visitantes registraron la sala y al llegar a la cocina, Humberto creyó resignado que había llegado su fin, pero pasaron por su lado sin reparar en él, aparentemente, igual que con su bisabuela. Fueron a los cuartos, a los baños, e indiferentes salieron al pasillo hasta donde se acercó uno de los platillos voladores para recogerlos. Sonó un repique de teléfono en la sala. Humberto dijo “Aló” y la voz de Arístides replicó preguntando que si se sentía bien. Humberto contestó con un de auxilio, pero cuando le iba a explicar lo ocurrido minutos antes, despertó. En aquel instante, aun con legañas en los ojos y bajo la sábana fría, se dio cuenta del obsesivo interés que tenía en el tema de los extraterrestres, y que Arístides era una de las mejores personas que había conocido, aunque se preguntó por qué en ese raro sueño estaba su bisabuela Nora, muerta diez años antes y presente en pocos de sus recuerdos vívidos.  
En el desayuno del domingo Humberto le relató el sueño a su Mercedes. Ella, impredecible cuarentona de reacciones inconstantes ante las mismas situaciones, frunció el ceño opuestamente a cuando ocurrió el trance inusitado de Humberto, recién instalados ambos en la casa.
− Yo te lo he dicho muchas veces – dijo, hiriente − Deja de malgastar el tiempo leyendo sobre extraterrestres, que te vas a volver loco.  
− El tema me interesa – respondió Humberto, sin altivez, pero curioso por la oposición ciega que encontraba − Además, yo preferiría que los llamaras Hermanos Mayores.
− Es que ese el problema: crees que existen – estalló por fin Mercedes, con ironía − Muéstrame una prueba.
   − Ay, mamá – dijo desesperado. La frustración de no sentirse entendido le impedía hilvanar una respuesta categórica. Miraba a su alrededor sin detenerse en ningún lugar − No vamos a continuar como siempre.
− Pero, mi cielo, yo quiero que no te llenes la cabeza de esas locuras. En nuestra biblioteca hay muchos otros libros buenos que tratan de otras cosas.
 Con controversias similares, Humberto se distanciaba de Mercedes, compartiendo la hora de la cena en absoluto silencio, estando juntos en el automóvil de ella, escuchando inmutable los monólogos de ella insultando al plomero cuando se dañaban las tuberías de la casa porque no fueron bien reparadas, cuando despotricaba contra los partidos políticos de oposición que criticaban ferozmente al presidente de la república en los medios de comunicación, cuando discutía por teléfono las vicisitudes de la Gerencia de Petróleos de Venezuela que dirigía con total justicia y respeto por sus subalternos, porque el muchacho no percibía ningún viso de comprensión de su madre si divergían en cualquier asunto. Ella daba libertades como madre que podían interpretarse tanto como confianza en el hijo o como apatía, nunca le negó una autorización para nada, pero no era de las que soportaban dar la razón al hijo por una simple premisa dogmática: dado que era mayor que él, la experiencia era una condición a su favor que siempre le daba la razón en una discusión doméstica. Y Humberto se afligía a escondidas por saberse incompatible con su venerada madre, con sus compañeros del liceo, con los vecinos de la urbanización, preguntándose cuán anormal era su personalidad para que a pesar de amar a sus semejantes – o intentar hacerlo con todo su empeño – se sentía tan lejano de ellos, tan complicado y preocupado por lo que sentía que otros ni se percataban, con dificultad para adecuarse a los estilos de la gente de su edad, para coincidir en los tópicos repetitivos de las conversaciones, en los gustos musicales y todavía más en la literatura, donde podía jactarse de mencionar los ciento noventa y ocho libros que había leído completos y recordando la última frase de cada uno de ellos; y sin embargo nunca lo alardeó. Pero los escondites de su aflicción no siempre correspondían a refugios del cuerpo, podía abatirse de desconcierto mientras trotaba en las avenidas atiborradas de carros en las horas pico, o mientras hacía alguna lectura tediosa o hasta en el desparpajo de las partidas sabatinas de futbol. Incluso, una vez, tan abstraído estaba del resto del mundo en sus preocupaciones que a punto estuvo de ser arrollado por un motorizado intrépido que zigzagueó entre los jugadores y no se detuvo aun estando la pelota en juego. Pero sobre todo, le inquietaba su escasez de afinidad con Mercedes, llevándolo al borde del llanto y de la congoja a escondidas. “Dios, yo tengo la mejor disposición para ser amigo de todo el mundo”, a menudo decía de viva voz, mirando el techo de su habitación acostado en su cama, intentando consolarse, “Pero ni siquiera con mamá he empezado ¿Qué me hace falta? ¿Qué debería hacer?”.   
Durante las vacaciones de agosto se mudó a Caracas su tía paterna María Eufrasia junto a sus dos hijas María Alejandra y María Victoria. Regresaban de Puerto La Cruz, donde vivieron casi diez años hasta que María Eufrasia logró levantar su ánimo de vida luego de su reciente divorcio y de encontrar un nuevo aliciente en la religión yoruba. Lo primero que hizo al llegar fue visitar a su cuñada y a su único sobrino. Había vendido el apartamento donde convivió su familia y emprendió la mudanza de vuelta a su capital natal, de donde ahora decía que nunca debió irse por unirse en amores con un hombre soso, pobre de espíritu. – ¿Cómo no lo noté cuando era su novia? – decía al contar su historia a Mercedes, y que además – según ella – tuvo el exagerado mal gusto de montarle los cuernos con una mujer fea y hasta más gorda que ella, – Sentí lástima de mí misma por permanecer muerta en vida tanto tiempo – dijo al reflexionar sobre su separación – pero me he quedado con mis hijas, y ahora puedo considerarme una gorda feliz –. Se había comprado una casa en la Transversal Cuarta de La Castellana con dinero de la venta del apartamento y con ayuda de algunos ahijados de santería a cuatro calles de la nueva casa de Mercedes, por lo cual se visitaban recíprocamente con más frecuencia y no como antes, cuando sólo se veían en la Semana Santa, Navidad, y las vacaciones escolares que empezaban en julio..
El interés de Humberto en aprender sobre la santería lo llevaba a formularle a María Eufrasia retahílas de preguntas sobre los collares coloridos, las piedras que representaban a los orishas y sus ofrendas de frutas frescas y golosinas, los rezos cantados en jerga africana al compás de las congas, chequerés y tambores batá en las jaranas ceremoniales donde estuvo presente en casa de su tía, contemplando fascinado el sublime fervor con que los invitados santeros entonaban las canciones de alabanza y degustaban las delicias que preparaba María Eufrasia para la comilona de la fiesta. – Porque esto sí es tremenda rumba, diría él –. 
María Eufrasia siempre consideraba un antojo de adolescente necio que su sobrino quisiera hacerse santero, como si fuese la moda pasajera de engarzarse un piercing o dejarse crecer el cabello, a pesar de escuchar de él que todo lo que había leído y escuchado le enseñaron a admirar la fe yoruba y a asumir las enseñanzas de la religión como guía en su vida. – Quiero que me consultes con los caracoles – remataba al final. Ella le contestaba que sí, pero cuando lo tomara en serio, no como pasatiempo de zagaletón curioso.
− No lo digo en broma, tía –explicó Humberto la vez en que quiso justificarse con más ahínco − María Victoria, que sólo tiene trece años, ya tiene collares y a mí no me oyes en serio.
Solía terminar sintiéndose así: con la ofuscación de sus ganas frustradas de ser escuchado, como si nadie atendiera su determinación. Consideraba que sólo Arístides comprendía y apoyaba sus puntos de vista, que concordaban en su apreciación de los deseos y vicios de la condición humana y en las soluciones posibles para arreglar los problemas del planeta Tierra a  través de la promoción de un nuevo y alternativo cambio de pensamiento cuyos principios fuesen el bien común, la evolución espiritual para crear una conciencia colectiva que destinara la energía entera del planeta a alcanzar la armonía total, la suprema e irrenunciable conexión del hombre con el hombre, con la naturaleza y con Dios. Y por aquellos días Humberto creía que en la religión yoruba podía seguir dando pasos atinados hacia su desarrollo integral y así comprender a la humanidad tomando en cuenta la influencia en ella de la religión, de la fe en seres supremos, en otros espacios existenciales – el más allá, diría él –, las  adicciones mundanas, el apego a la carne y al plano material. Era éste el motivo constante de la pasión de Humberto. Sabía que el paso importante para no desviarse de la meta era llenarse de amor por todo y estar dispuesto a aprender lecciones. –La sabiduría nunca es completa porque siempre hay un día después con nuevas vivencias – decía él en sus monólogos furtivos.
El fin de semana lo pasó con una gripe que le quitó las ganas de jugar futbol. La noche del sábado la hubiese dormido entera por el desgano de no haber sufrido aquel trance de nuevo. Yaciendo boca abajo en su cama de pronto se percató de la posesión, ahora estaba rendido ante la fuerza inmovilizadora, se aterró en el acto, movió los labios y pronunció: – ¡Socorro, mamá ayúdame! – pero ni siquiera pudo escucharse a sí mismo. La misma voz de la otra vez apareció imprevista, delicada, como de bisbiseo, para musitarle al oído izquierdo: – Humberto, tranquilo, no te preocupes – más él no quiso atenderla, hizo un sobrenatural esfuerzo para zafarse de la dominación tratando de ganar movilidad, hasta que lo logró en pocos segundos. Ya liberado encendió la lámpara del techo y escrutó expectante cada rincón del dormitorio convencido de no estar solo. Tembló de pavor. Se calmó viendo televisión hasta que amaneció y cuando el sol se proyectaba impetuoso por su ventana abrió la cortina para que entrara suficiente claridad. La luz matutina le inspiraba cierta confianza para poder dormir. A las once de la mañana del domingo Mercedes entró a la habitación del hijo y lo vio roncando, también a la una de la tarde, a las dos, y no fue sino a las tres cuando lo vio despierto y hambriento en la cocina.
− ¡Qué buen descanso! – le dijo mientras le recalentaba el almuerzo: bistec encebollado, arroz bajo en sal, tostones y ensalada de palmito − ¿Te quedaste dormido tarde anoche? 
− Sí, pero fue porque volví a sentir lo mismo de aquella vez. Alguien me volvió a llamar por mi nombre y me quería decir algo ¡Qué raro! Casi me orinaba del susto. 
− ¡Ay, qué será eso! – se preguntó Mercedes. Ya empezaba a angustiarse. 
− No sé, pero es muy fea la sensación. Y no puedo defenderme.
− ¿Acaso sentiste alguna agresión? 
Humberto detuvo el relato para pensar con mayor objetividad durante unos segundos. “No” pensó. No notó violencia en la voz que le habló. Sin embargo, seguía sin poder explicarse lo avasallante de aquella energía, la causa de su aparición, y su propia actitud. Él, que estaba tan consciente de que este mundo no era sólo de materia sino también de lo que no se podía apreciar con casi ninguno de los sentidos, reaccionaba con aquella típica intimidación, más de animal que de alguien racional, de quien teme a lo desconocido.  
− No – respondió, y enfatizó − No me sentí atacado. Despreocúpate, mami. Quizás he tenido un sueño repetido.
A las cuatro y media estaba reposando en cama el malestar de la gripe. Se le habían congestionado las fosas nasales y tenía jaqueca. Miró el reloj de la pared y se dio cuenta de que ya debían estar jugando futbol los demás compañeros asiduos a las partidas. Leía un libro de Erich Von Däniken que presentaba investigaciones sobre grabados milenarios en cuevas que mostraban seres con cascos, naves venidas del cielo, mostrando explicaciones sobre el misterioso origen de los hallazgos, esgrimiendo que parecían representar a seres de otros planetas en interacción con humanos primitivos. Con aquella lectura había desoído la advertencia de su madre, que desdeñaba del autor europeo luego de investigar por Internet opiniones que acusaban a Däniken de estafar al público con mentiras bien maquilladas de atrayente misterio. Unos segundos después, oyó el timbre de la casa y Mercedes entró.
− Es Arístides – dijo − ¿Le aviso que no puedes recibirlo porque estás enfermo?
− ¿Por qué? Hazlo pasar. No me siento tan mal como para no conversar.
Mercedes, a regañadientes, abrió la puerta principal y encontró de frente los mismos ojos grandes y ovalados, la misma sonrisa que le parecía falsa de tan sincera que era, el mismo flaco de intachables modales saludando con las buenas tardes, señora Mercedes, como en otros tantos domingos de futbol. Ella le devolvió el saludo, desconcertada, altiva, desdeñosa. A pesar de rechazar que fuera amigo de su hijo sentía un interés casi paranoico por el misterioso muchacho, una curiosidad abrasiva por conocer qué escondía tan enigmática estampa en un adolescente tan diferente al promedio. Pero, según Mercedes, tanta compañía entre los dos jóvenes era complicidad más que amistad. Se hicieron innumerables las veces en que Humberto se iba de la casa y dejaba una nota como: “Salí con Arístides. Regresaré temprano”. Sin embargo, Mercedes nunca se había atrevido a indagar en el cuarto del hijo, requisar su armario, revisar las gavetas en busca de un indicio de su pérdida del buen juicio influenciada por Arístides. Si no tenía razones para dudar entonces no lo fustigaría sobre su junta tan frecuente.
− Entra – dijo Mercedes. Siempre la aturdía mirarlo a los ojos. Se le erizaron los vellos − Te acompañaré a su cuarto.
“Dios mío, qué me pasa, parece que este chico desprende un soplo de huracán a su alrededor” pensó Mercedes mientras fue con el visitante a la cocina para brindarle un vaso de jugo de naranja natural. Arístides contempló sigiloso, parco, el entorno y corroboró la bonanza económica de la familia. Televisores de pantalla plana incrustados en soportes aéreos en los rincones, muebles costosos de acabados finos en la sala, cortinas de satén color miel en el ventanal largo que daba al patio trasero, cubiertos de plata mostrados por puro alarde en la vitrina del estante inmenso que exhibía fotos familiares de viajes por Times Square, la Plaza de Cibeles, la Torre Eiffel, las ruinas de Machu Picchu y las de Chichén Itzá, donde Humberto aparecía de varias edades. Escuchó de Mercedes que la lujosa vajilla la había traído su marido de unas vacaciones en Viena, hacía trece años. – Costaron mucho dinero – agregó – por eso, gracias a mi cuidado no se ha roto ni un plato ni una taza –. Acompañó a Arístides hasta la segunda planta. Los dejó solos en el cuarto, pero dejó la puerta entreabierta.
−Hermano ¿Cómo te sientes? – oyó Mercedes la voz de Arístides. Estaba parada, en medio del pasillo de los dormitorios, pendiente de la conversación. Pero, avergonzada de sí misma por su desconfianza, se retiró hacia la cocina.
Humberto disfrutaba en demasía las visitas de su amigo. Oírle hablar sobre el comportamiento humano siempre le dejaba moralejas que no entendía cómo no eran practicadas por toda la humanidad. Su sabiduría mostrada en cada tertulia despertó en Humberto admiración y luego amor por Arístides. Se solazaba con la cadencia teatral, con la voz suave y casi afeminada, los gestos moderados, pero sobre todo, con la capacidad de asombrarlo con sus razonamientos impredecibles e imparciales, sin fanatismos.
− Sigo preguntándome en estos días por qué estamos los humanos en este planeta – dijo Humberto a quemarropa. Él solía hacerlo así para iniciar un tema interesante − Y me he quedado pensando muchas cosas.
− ¿Cuáles? – preguntó Arístides, también curioso. Siempre procuraba que su amigo iniciara exponiendo su inquietud.
− Me he puesto a analizar la reencarnación, la conciencia, le energía de la que estamos hechos, las religiones, a la manera de interpretar a Dios, y todas las perspectivas me confunden. Las lecturas que hago tienen concordancias, pero también son difíciles de empatar. Leo metafísica, la Biblia, física cuántica, autoayuda, historia y, para ser sincero, tanta información me tiene sin respuesta definitiva.
− ¿Qué has entendido de tus lecturas?   
− Yo creo que… bueno… ah… vamos a ver… No sé cómo empezar. Por lo menos me ha quedado claro que luego de esta vida carnal hay otro tipo de existencia, diversos paisajes. Déjame aclarar algo: creo que decir “luego” no es del todo exacto, porque según expertos en física cuántica, la percepción del tiempo que tenemos en el mundo es relativa, presente, pasado y futuro ocurren “simultáneamente”, pero sólo tenemos reminiscencias del pasado. Me pregunto por qué no tenemos ese dominio de “recuerdos” del futuro. Nuestro apego a lo que podemos percibir sin esfuerzo nos tiene ajenos a tantas posibilidades que podríamos experimentar. De todas maneras, cuando ocurre el paso de este plano a uno distinto, la conciencia, el alma, o como sea que pueda llamarse, se aloja en otra morada perentoria hasta que reencarna y continúa el ciclo. 
        ¿Y cuál es la razón de ser de ese ciclo?
− La evolución ¿Cierto?   
− No estás perdido, pero te aconsejo que no estés pendiente del “qué” y el “cómo”; busca el “por qué”. Te voy a ayudar: supongo que recuerdas que hace días hablamos sobre Platón. Él pensaba que existían dos mundos. Uno era el de las ideas, llamado topos uranus, y el otro era el mundo de los fenómenos, que ocurrían a semejanza de las ideas del otro mundo. Las ideas eran las directrices, los fundamentos eternos, perfectos, inalterables de las cosas, mientras que éstas eran las imitaciones fungibles e imperfectas de aquellas, ¿me entiendes?
− Mmm... Sí. Tengo que revisar mis lecturas sobre filósofos griegos.  
− Entonces, para Platón la idea principal era la del Bien, que es la motivación de los actos que las personas consideran buenos. La búsqueda del Bien debía ser la finalidad de la Filosofía. Por supuesto, los científicos[SH1] , los filósofos atacaron esta percepción aduciendo que existe una sola realidad, ante la imposibilidad de poder percibir el topos uranus con algunos de los cinco sentidos. San Agustín y Malebranche retomaron en sus estudios las enseñanzas platónicas. Pero, sobre todo, Platón en el siglo V antes de la era cristiana tenía, por lo menos, la intuición de que había otra realidad conexa a nuestra experiencia carnal y finita. Un “más allá”, como suele llamarse. Y este es un conocimiento que la raza humana está llamada a aprender. Por eso no debemos desaprovechar este maravilloso chance de vivir en una época en la que ya el hombre ha salido del oscurantismo ideológico en que estuvo atrapado por siglos y se tiene acceso a tantas verdades. Platón quería decirnos que venimos a este mundo con nobles ideales y propósitos que defender, que traemos de otro espacio información valiosa que esparcir a los cuatro vientos. Pero sobre todo, ten en cuenta siempre que la vida parece haber sido diseñada para ciertos fines pero en verdad la existencia es tan sencilla y mágica a la vez, que la sola oportunidad de experimentarla ya es un privilegio inconmensurable. Unos piensan que vinimos a saldar deudas de karma, otro piensan que vinimos a sufrir los caprichos de algunos dioses, otros piensan que vinimos a aprender para acercarnos a Dios pero todas las teorías coinciden en un componente: el amor. Y de allí provienen la fe y la esperanza que le da aliento a los seres humanos”.  
“Me refiero al amor en todas sus manifestaciones: la compasión, la admiración, la ayuda incondicional, los buenos deseos, el de la madre por el hijo, el del marido por la esposa. Siglos después, Malebranche, inclusive con más vehemencia y osadía, amplió los ideales platónicos y expuso que el conocimiento viene de Dios y que el alma siempre está unida a Él. Oye, también estaba cerca de la verdad. Entonces, agrego yo, el alma llega a la Tierra desde ese plano de sabiduría, luz y revisión de las experiencias carnales previas, y se fusiona con un cuerpo para que aprenda, siendo la experiencia un paso más en el Gran Ciclo de Aprendizaje.
− Y como tener el condimento es arduo desde la perspectiva humana, las almas reencarnan sucesivamente – interrumpió Huberto – Me parece lógico pues una sola vida no alcanza para aprenderlo todo, para llenarse de sabiduría y de amor, aún a costa de dar y recibir sufrimiento, dolor, miserias, llanto, odio, envidia, porque lo mejor de aquellas ideas del “más allá” no saldrían a prevalecer de no tener vivencias que pongan a prueba la fortaleza del alma o espíritu, llámalo como quieras.
− ¿Y si te digo que aún reencarnado mil veces no podrías comprender la magnitud del carácter del Padre Azul? ¿Seguirías sintiéndote perdido en tu búsqueda? Te dejo esa reflexión para que trabajes en ella. Por cierto, recuerda que uso los términos alma y espíritu con fines didácticos: los metafísicos, por ejemplo, no concuerdan con estos términos tan usados por los filósofos y religiosos. El problema, para no desviarme del tema, es que el camino hacia Él se hace muy largo porque los humanos se rigen por principios y sentimientos autodestructivos, y el daño que se hacen a sí mismos y a los demás deben repararlo en algún lugar, aquí o allá. Por ese motivo los defensores de la reencarnación pregonan que para continuar su evolución y la de quienes tienen karma con ellos regresan a la Tierra con otros cuerpos y en otras épocas, y que no es de extrañar que se reencarne en repetidas veces con las mismas almas de vidas pasadas.
− Pero si las almas reencarnan ¿Por qué mientras pasan los años crece la población mundial? ¿Acaso hay gente que nace sin alma?  
− Te lo responderé de la manera más fácil, yendo directo al punto: éste no es el único sitio donde se puede morar en este universo. En los otros planos existenciales la noción de tiempo no existe como se entiende en la Tierra, de modo que en ese más allá las conciencias viven con un cuerpo que no es como la materia que estás acostumbrado a apreciar, es de una sustancia muy fina, de luz, y dependiendo de tu evolución, el ambiente será cómodo y bello o agobiante y horrible, pero nunca se está eternamente allí ni es eterno ni parecido a los dogmas religiosos sobre el Cielo y el Infierno. Podríamos decir que ellos en verdad son una especie de continuación del paisaje actual pero teniendo la conciencia, la sensibilidad, el sentido común más elevados para que pueda entenderse lo que se hace en este plano, en estas encarnaciones. Entonces, no olvides, y esto te parecerá contrario a la perspectiva prosaica prevaleciente sobre el sexo, que cuando se da la unión sexual entre hombre y mujer se afina más la conexión con ese más allá, porque es posible la concepción de una nueva criatura que tendrá la chispa divina del amor y la sabiduría de esa alma que albergará, pero eso debe descubrirlo en medio de las inminentes dificultades de la experiencia humana. Así toda experiencia tendrá mayor valor y el ejercicio del bien será toda una proeza plausible.
Casi al momento del ocaso, Humberto se había aliviado de la jaqueca y cerró la ancha cortina junto a su cama porque le molestaba el resplandor postrer del sol a punto de ocultarse. Mercedes tocó la puerta y de inmediato entró con la merienda en la bandeja de plata del estante que observó Arístides. Humberto se frotó las manos como gesto premonitorio de que todo lo que había en la bandeja estaría delicioso.  
− Hoy cenaremos un poco tarde. Iré al supermercado – dijo Mercedes − Por eso te traigo esto, para que aguantes un poco, hijo. Si quieres, Arístides, puedo llevarte en el carro hasta tu casa. Aprovecha, que ya voy a salir a hacer una diligencia.  
− No se preocupe – dijo Arístides. Podía percibir el interés de Mercedes en no dejarlos solos en casa − Ya me iba a despedir, pero me iré caminando.
− Como tú digas. Te acompaño hasta la puerta.
Humberto se dio cuenta del tono hipócrita en el que hablaba su madre, tanto así que sintió vergüenza ajena ante su amigo, pero éste lo despidió sonriente. Empezó a comerse todo lo que había traído Mercedes, exquisiteces hechas por ella misma en algunas tardes de ocio: galletas de avena y de ajonjolí, conservas de coco, dulce de lechosa y piña, manjar blanco. Pero detuvo tanto masticar al percatarse de que en todo el tiempo que tenía de amistad con Arístides nunca había visitado su casa ni sabía dónde se ubicaba. No le conocía ningún familiar, ni novia ni otro amigo. Así era Arístides: misterioso por falta de datos, huidizo cuando de asuntos personales se trataba. Sólo dejaba saber su nombre y la sabiduría que mostraba para la poca edad que aparentaba. “Hasta de astronomía sabe” pensó. Recordó todas las veces en que Arístides alteraba las situaciones para no dar a conocer más sobre sí mismo, nadie sabía si estudiaba y mucho menos si se había graduado de algo, siempre decía que se iba caminando a su hogar, pero nadie en la urbanización ni en las demás cercanas lo conocía como vecino. Sin embargo, no podía negarse que siempre ofrecía su buen humor y madurez a quien necesitara de un chiste o un buen consejo, que tenía una lucidez asombrosa para analizar sucesos cotidianos, que los ojos, grandes, verdes y de cejas finas provocaban piropos de colegialas atrevidas en la calle. “Quisiera saber cuál es su opinión sobre los Hermanos Mayores” pensó Humberto.  
En la noche del martes se transmitió puntual en Venezolana de Televisión el programa que Humberto seguía con frenético fanatismo: Fascinante Planeta. No parecía tener mucha audiencia: nadie que conocía parecía siquiera tener conocimiento del programa en cuestión, de manera que comentar con alguien alguno de sus contenidos terminaba convirtiéndose en un monólogo de Humberto, a veces soporífero para el oyente. Lo conducía la renombrada periodista Alicia Suárez Gabaldón, ganadora del Premio Nacional de Periodismo, el Monseñor Pellín y otros famosos reconocimientos dentro y fuera del país. Mostraba testimonios e investigaciones sobre sucesos paranormales en diversas regiones del mundo con una imparcialidad profesional y respeto por el público que le valió a su conductora el prestigio que la hizo célebre en su gremio. Invitaba a quienes pudieran filmar o fotografiar acontecimientos anormales en el cielo a contactarla para difundir el material. – Por muy simple que sea – decía – Quizás usted tenga en sus manos la prueba que nos hará creer o que dará la razón a los escépticos –. Humberto trataba de no tener quehaceres entre las ocho y las nueve de la noche para sentarse en el cómodo sofá frente a la ancha pantalla de la sala y embelesarse a voluntad durante la hora entera. Siempre llevaba consigo un cuadernito y un portaminas para anotar lo que él llamaba “información digna de recordar”. A veces Mercedes pasaba y lo veía a pocos palmos de la pantalla escribiendo sus notas, apreciando los reportajes con la boca abierta, encendiendo una grabadora junto a la corneta cuando el programa daba un especial sobre objetos voladores no identificados, abducciones, contactados telepáticamente por extraterrestres – o “supuestamente extraterrestres”, como decía Alicia Suárez en la presentación para no perder el rigor periodístico –. Así aprendió Humberto sobre los efectos creadores en el cosmos del Big Bang, que las pirámides egipcias de Gizeh estaban alineadas como las tres estrellas del cinturón de Orión – aunque los ángulos que marcaban no eran exactos –, que Nostradamus había vaticinado guerras y personajes políticos con más de cuatro siglos de antelación, que la matriz de opinión dominante entre científicos e historiadores era que Jesucristo no había nacido ni en diciembre ni en el año 1 de la era cristiana, y hasta de varias religiones aprendió doctrinas. Así se instruyó más en la santería; especialmente le interesaban las historias de los orishas, porque según entendió, de éstas provenían los significados de cada orddun o signo que manifestaba el Diloggun.
      − ¿Y qué es eso? – le preguntó Mercedes un miércoles por la mañana, tras la ráfaga de datos que le contaba Humberto. Todos los miércoles, al momento del desayuno, la fastidiaba contándole lo que había visto en el programa de la noche anterior.   
Diloggun se llama a los caracoles con los que se hacen consultas al santo – dijo Humberto.
− Entre Alicia Suárez y María Eufrasia te tienen pensando en huevonadas, hijo. Estás a punto de entrar a la universidad, donde deberás concentrarte en tus materias y no distraerte. Termina de madurar, niño.   
Humberto calló, como en otras tantas veces, para no comenzar otra discusión que los dejara irritados. De inmediato, se levantó de su silla y se fue a su cuarto habiendo probado sólo un trozo de pan y un sorbo de café con leche. “¿Por qué contigo no se puede conversar”, se preguntó.