Extracto de Mi fe, relatos de la vida real de Trina Requena

Extracto de Mi fe, relatos de la vida real



“Huyendo de un peligro a otro”

Lo que hace la vida interesante es precisamente, la capacidad que ella posee de reunir una diversidad de hechos, todos con el poder de hacernos crecer en sabiduría si lo deseamos. Los peligros, los cuales pasé a evitar para mi propia preservación son, sin embargo, un gran tesoro; claro está, desde el punto de vista pedagógico. En ellos, aprendí a apreciar el estar viva y sana como también la importancia de las advertencias de Dios y lo pequeño que podemos ser (cuando por lo general, nos sentimos grandes y desafiantes) ante un peligro acechante. Este es el aprendizaje esencial de esta sección de relatos.
A la edad de 12 años, mi familia, sus amigos y yo fuimos al Balneario Marcela (Estado Bolívar, Venezuela).  Al llegar al rio, no espere que mi madre organizara las cosas que había llevado para la comida y que nos diera permiso de meternos al agua; así que, sin saber nadar, sin ninguna vigilancia adulta y con la excusa de que solo quería estar en la orilla con los otros niños, me metí al agua.

No sentí ningún peligro hasta que vi acercarse a mí, uno de los amigos de la familia, que abusando de la confianza que le teníamos, empezó tocarme impúdicamente. Comprendí sus intenciones y asustada por ello, decidí alejarme de él, pero tome la dirección equivocada y en vez de acercarme a la orilla y salir me aleje hacia las profundidades del rio. 
Así que me encontré huyendo de un peligro a otro, hasta caer en una poza cuya profundidad era quizás la de diez veces mi tamaño.
Enseguida me hundí como una piedra, ¡que susto!, no sabía nadar, ni hallaba donde apoyar mis pies, más en ese instante, como chispa divina, vino a mi mente la idea de aguantar la respiración en vez de tragar agua y así lo hice, contenía mi respiración a la vez que pedía a Dios fuerza para resistir. De manera que, llegaba al fondo sin respirar y me empujaba con todas las fuerzas de mi alma, confiando en que Dios me daría las fuerzas para alcanzar la superficie y dar señales a mi madre, la cual me hacia la idea de que me estaba buscando. 
El primer intento no fue lo que esperaba, no vi a mi madre por ningún lado y las profundidades comenzaban nuevamente a tragarme vertiginosamente. Repetí la operación inicial, incluyendo oración y todo, pidiéndole a Dios que me salvara de morir ahogada.
Segunda salida a la superficie y sin poder ser avistada por alguien que me salvara. Allí le hice a Dios muchas promesas de ser obediente y hacerle caso a mi mama, irremediablemente descendí otra vez al final de la poza y sin respirar, me empuje como en un trampolín y afortunadamente subía rapidito, para mis males, rapidito también bajaba; por supuesto, bajo un instinto de salvar mi vida y con una consciencia plena de que era Dios que me decía cómo actuar ante esa situación, pensaba: “Grande eres tu Señor”, acto seguido, teniendo dentro de mi mucha confianza en Él sabía que algo iba a hacer para salvarme.
Tercera vez que me hundía y aguantaba la respiración, buscando rápido el fondo para volverme a empujar, allí fui la invitada de honor a la famosa película de la vida que le proyectan a los que están por morir, es cierto que mi vida era corta pero igual me acorde de todas mis travesuras hasta la fecha.
Al subir y hundirme por última vez, pensaba que ya Dios habría avisado a mi mama y ella seguro me estaría buscando angustiada. No me equivocaba, mi madre, cual pez en el agua, se dirigió con una velocidad inverosímil hacia el rastro que le dejaba mi cabellera larga, me abrazo con un brazo y con el otro nadaba.
Me saco del rio sana y salva y pensando que había tragado agua me acostó sobre un tambor de recolección para practicar no sé qué tipo de salvamento. Al ver que sus esfuerzos no daban resultado y que, aunque cansada, yo estaba en perfecto y consciente estado, me miraba asombrada.
Riendo le dije:
“Mamá no trague nada de agua”
 “¿Cómo es eso que no tragaste agua?”, me preguntaba ella.
A  lo que respondí nuevamente:
 “No trague ni una gota de agua, me salvo Dios y tu”
Que maravillosa y noble fue mi madre. Dios no solo me mostró su amor y su poder al preservarme a través del socorro de mi madre. Por huir de un peligro, entre en otro, pero la suma de todo eso fue probar mi fe y confianza en Dios.
Yo sé que Él me salvo y que mi madre también fue instrumento para ello, tengo una razón más para continuar creyendo y fortaleciendo mi fe, yo sé que la oración de fe es escuchada y respondida. Yo sé que Dios existe.