Extracto de Sueño con mis temores de Humbert Soufront

Extracto de Sueño con mis temores 




Hacía ya varios días que se encontraba vagando por parajes solitarios, subiendo en una vieja camioneta beige por parajes solitarios; deambulando por carreteras tan inclinadas que casi se hacían verticales. Las montañas, el frío y la soledad eran sus únicos acompañantes. Estaba cansado, herido y hambriento; el dolor de cabeza era intenso, aturdido y casi dormido iba por estos caminos de incertidumbre y desidia; sin rumbo ni destino, no recordaba nada, no sabía de dónde venía y no sabía a dónde se dirigía.

No tenía reloj para contar las horas, no tenía cabeza para sumar los días, a veces dormía, a veces no; los amaneceres le daban la certeza de que el tiempo no estaba detenido como él sentía, en camino a la nada y a un mañana sin sentido, creía estar en un sueño y trataba de despertar pero el resultado era el mismo, estéril y obstinante.

En ocasiones se detenía a un lado de la vía, cerca de un arroyo y allí se quedaba contemplando el ir y venir de las aguas, viendo la carrera de las hojas que abandonaban los árboles y eran dominadas por la corriente, unas se quedaban junto a las rocas, otras se perdían a lo largo del recorrido. Estos detalles le recordaban que estaba vivo.

Dentro de toda esta pesadilla logró encontrar distracción en el paisaje que le rodeaba, apreciando la hermosura y simplicidad de la naturaleza; pudo entender el cantar tan alegre de las aves, las cuales emiten sonidos de gracia porque viven en el Edén, rodeadas de imponentes montañas que parecen esconderse una tras otras, orgullosas y erguidas, señalando a los cielos, con vestidos verdes vida que adornan su silueta, rodeadas de una variada vegetación y vida salvaje, de noche las estrellas las arropan y enamoran, de día la luz reaviva sus sentidos.

Siguió su transitar solitario durante días, finalmente logró ver una posada, o al menos eso parecía, un viejo letrero luminoso anunciaba que había “vacantes” en ese lugar, sin nada que perder se detuvo y hacia allá fue. El sitio parecía estar abandonado, desde afuera no veía a ninguna persona, esto no le dio muy buena impresión pero sin embargó allí se detuvo, tuvo miedo de entrar, sus pies se movían tímidamente, el uno empujaba al otro. 

Ingresó a la recepción, sintió que se respiraba ambiente de familia, la decoración era agradable a la vista, el diseño era antiguo, muchos años cantaban aquellas paredes hechas entre maderas y bahareque; el papel tapiz cubría con estilo la desnudes de algunas de ellas, una chimenea al fondo calentaba la espaciosa sala, casi se podía ver como danzaban las brazas sobre los trozos de leña. 

Una robusta mujer se encontraba ahí casi dormida, casi despierta. No se veía muy contenta, tenía en su rostro una expresión que denotaba poca amabilidad. Ella al verlo limpió sus ojos con las manos al tiempo que empezó a ordenar unos papeles que tenía a un lado, fingiendo trabajar, aparentando estar atenta. Pudo ver frente a ella a un hombre alto, algo flaco, de cabellos castaños y un poco largos, una barba desalineada cubría parte de su rostro, con una mirada penetrante y cansada.