Mi caballo, un venezolano choleperro de Juan de Mata

Mi caballo, un venezolano choleperro





Mi Caballo es gente, humano, le dicen así porque usa una especie de vocativo epónimo cuando se dirige a sus amigos, obsequiándoles una extraña forma de ser. Por ejemplo, para referirse al estado del tiempo, en una conversación conmigo, me dice: “El tiempo se puso loco, mi caballo, ahora no se sabe cuándo es invierno ni cuándo es verano”. “Mi caballo” es su propia coma, una pausa de estilo en su manera de expresarse que terminó denominándolo. En las galas de sus ojos amarillos muestra el orgullo de no ser más ni menos que nadie, y en el tejido de sentimientos y convicciones revela el sello folclórico del llanero contramarcado, aquel que “tiene el compañero lejos” y “no se le va un caribe donde tira su atarraya”, subyugado a un tropel de valores y antivalores que marcan la pauta de su vida. Pero en el plano económico se considera un choleperro, que quiere decir “pobre y honrado”, un individuo que prefiere ganarse la vida con su propio esfuerzo, y que además sabe que ese paradigma no lo llevará nunca a la riqueza. Eso no lo trasnocha, en cierta forma es la base de su orgullo, el picante del humor con que mitiga las sombras y las miserias humanas, aunque no pueda escapar de las vicisitudes del mundo: De pronto se siente inmerso en un mundo de estrépitos, cuyos planos paralelos rompieron con la horizontalidad. Se siente orinado por un sapo, sopeteado por los gatos.