Cuento de "Instrucciones para un mañana" de Fernanda Arevalo

En un rincón del Jardín

                           
                    
                                               ... El tiempo es un río que me arrebata, pero yo
                                                   soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; 
                                                   es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego…

                                                                                                                Jorge Luis Borges


Necesito aprender acerca de eso, ¿o aprehenderla? ¿Esa era la palabra? ¿Cómo podré?  Intentar agarrarla y encerrarla dentro de una botella era una locura. Quería conservarla, cuidarla y alimentarla hasta descubrir cómo podría absorberla con cada átomo de su cuerpo, introducirla por cada uno de los poros de su piel agrietada por los años. La encontró en un rincón del jardín, lo envolvió un remolino de luz, que lo empujaba y elevaba algunos centímetros del piso. 

Esa mañana -como todos los días- su esposa salió temprano para dejar al niño en el colegio, él se quedó solo y preparó café. Comenzó a pensar en la vejez que lo inquietaba desde hacía unos meses. Se había jubilado y pasaba las horas pensando, se lamentó por  sus más de sesenta años y los treinta y cinco de Laura.


Después de tomar un poco de café y mordisquear un  pan con mantequilla salió al jardín, ¿hace cuanto tiempo que no llamaba al jardinero? Plantas silvestres, hierba que creció desordenada invadiéndolo todo. Tendría que arrancarla de raíz. De pronto, al observar los deterioros de la vieja mansión, volvió su obsesión por el paso del tiempo. Pensaba en Laura, quien lo amaba, pero que un día lo dejaría. Se iría con un hombre más joven, porque eso siempre sucedía; las cosas eran así y nadie las podía cambiar.


Continuó con el arduo trabajo hasta que llegó al rincón más alejado de la casa. Observó flotando algunas manchitas de colores, eran destellos, lo deslumbraban. Brincaban, se movían lentamente, y él intentaba tocarlas con la inocencia de un niño.

Había escuchado entre pláticas de intelectuales, que existían lugares estratégicos llenos de vida. La amiga de su madre decía contar con uno de esos sitios en el patio de su casa, lo había localizado a través de un péndulo y sus amigas la visitaban para obtener beneficios de la fuente, cómo ellas le llamaban; pero para él esas eran tonterías, inventos de gente desocupada.


El lugar comenzó a atraerlo, lo llamaba, ¿aprehenderlo…? introducirlo dentro de todo el cúmulo de conocimientos que había adquirido… de que le serviría conocer. Tendría que guardarla antes de que se le escapara, después ¿qué haría con ella? nunca se había interesado en esos temas y ahora se arrepentía. 

Esferas que flotan… ¿las puedo tocar? me muevo, me acerco, las toco, intento amasarlas con la mano, la muevo, la aplasto… ¿Puedo guardarlas en frascos? Un remolino… me toca, me abraza, me levanta;  floto por un rato… ya estoy de regreso. Crecen, se hacen más pequeñas. Es una sola. ¿Querrá entrar al frasco? ¿Servirá de algo? Y si alguien se entera del descubrimiento… querrían llevárselo. Tendría que hacer algo, y rápido…


Podría tomarla entre sus manos, y curar, o cubrirse con ella y volver a ser fuerte ¿quedársela toda…? guardarla hasta que supiera que hacer. No creía en mitos como los de la eterna juventud, aunque estaba seguro de todos los beneficios que ese descubrimiento podría traer a su vida.


Pensaba en todas esas posibilidades cuando escuchó  los gritos de su esposa, lo llamaba desde la cocina. Tendría que dejar su tesoro un momento. Ese día ya no pudo volver. 

Todos los días se levantaba muy temprano y acudía al Jardín a observar su hallazgo, aún no había decidido que haría con eso, pero pasaba horas enteras contemplando los colores, las formas, y pensaba en cómo impregnarse de ella. Definitivamente no deseaba que nadie se enterara, aunque, tampoco sabía nada del tema, si intentaba investigar alguien sospecharía. Así pasaron los meses, estaba más fuerte y casi renovado; sin embargo, su cabeza daba vueltas en círculos. Pasaba una y mil veces por el mismo lugar. Hacía varios días que al lado de su esposa se hallaba como ausente y por las noches no lograba concentrarse en la intimidad.   



Acudió casi de madrugada al jardín, no estaba en el rincón, quería amasarla, tocarla… quería abrazarla y llenarse de ella, después de un rato de búsqueda la encontró. Se veía tan apagada. La última vez que él estuvo ahí parecía brotar con más fuerza y extenderse, llenarlo de luz. Ese día comenzaba a extinguirse junto con él.