Entre putas y culpables de Héctor González

Entre putas y culpables 


“Entre putas y Culpables”, de Héctor L. González, transcurre en callejones, plazas, habitaciones oscuras, piernas largas, caderas contorneándose, borrachos infelices; barbas abundantes y descoloridas, dientes amarillentos, labios mordidos por la noche, sexo abusado y vestuarios salpicados por la violencia. En medio de la desidia, decadencia y la mala fortuna, emergen débiles destellos de belleza ahogada por la nicotina y los placeres fingidos.
En ese contexto se desarrolla la historia de Lautaro y Natalia, mostrando las dos dimensiones que delimitan la obra. Dos hermanos que huyen del mismo lugar, primero él y luego ella. Él, con el deseo de alejarse de la idiosincrasia básica y profana del  venezolano que lo rodea, con sed de autoexilio y un sueño utópico no definido a totalidad; ella, en busca de su hermano. Lautaro representa al idealista cuyo carácter adolescente le hace carecer de sentido real frente a la realidad que trasciende los anhelos; Natalia representa a aquellos que van detrás del sueño adolescente, aquellos que persiguen lo incierto, aunque ella tiene su meta clara: conseguir a su hermano, aunque el intento la lleve a morir. A pesar de los extremos que definen las fronteras de la geografía literaria de la obra (putas y culpables), dentro del territorio de la narrativa pueden observarse vastos y ricos elementos que van desde escenarios hasta personajes, como flora y fauna inagotable. Hombres y mujeres curtidos por la Caracas de callejones y subterráneos, también aquellos que caminan entre las elevadas calles de ministerios y esferas de alcurnia, son atravesados por la desgracia de ser y estar contenidos en una humanidad que ha heredado los vicios del atropello y la desidia.
Las páginas de esta obra no predican un fin romántico, positivista, mucho menos se rinden a la dialéctica proponente de horizontes fáciles y fantásticos. No intentan simpatizar con actitudes de patriotismo fanático que llevan a la negación de las condiciones arrolladoras de un país en declive; pero tampoco representan una crítica ciega e infructuosa. Héctor nos advierte, nos hace chocar en contra de la barbarie abrazada en un acto de resignación irremediable. En la apertura hacia la última escena, la barbarie y la deshumanización son elementos amalgamados, patológicos, y si se quiere fisiológicos, de la condición humana. Al final del trayecto los hermanos se cruzan, irreconocibles, ensimismados, para lanzar cada uno su propio ruego, cansados ya de vagar a la suerte vendida y cargada de desencantos.

Entre Putas y Culpables es una obra para releer, y encontrar en cada lectura diversas interpretaciones y representaciones de una realidad oscura que, como dijera uno de sus personajes, nos trasciende.