Petroglifo de Minerva Reyes Rojas

EL  GATO, EL TIEMPO Y LA PIEL     

                                  
Petroglifo es el cuarto libro de poemas de Minerva Reyes Rojas.  En este  trayecto ya se advierte una voz definida que, desde el yo recorriéndose a sí misma, canta en versos sencillos la inmensa hondura de su presencia. Hurga en la piedra tallada por antiguas escrituras una muesca que un genio arrebató del barro. Hace de los hallazgos un tesoro otorgado por un doméstico dios que se descubre cuando se hace  piel.
Son muchos los aspectos presentes en estos versos, aun así, hay tres que resalto en mi arbitraria lectura. Uno de ellos es el gato, animal mimado por pintores y poetas, quizá por su enigmática manera de estar y desaparecer, como la sonrisa de gato sin gato de Cheshire. Héctor Murena convierte su personaje en  felino en un fantástico cuento que una vez narró. Borges habla sobre sus nombres; “eléctrico cuerpo” lo llamó Baudelaire, menciones aparte hizo nuestro Julio Garmendia, el maestro Zen Ito Tenzaa Chuya difundió sus enseñanzas a través de El maravilloso arte de una gata, Eliot y Poe  también bailan en estos menesteres gatunos, así como Pessoa y un sinfín de autores más.
            “Hoy desperté/ con el dolor/ de no ser/ un gato”, dice la autora, lamentando su humana condición.   No es reiterada la alusión directa al animal en este libro, por lo tanto no habría razones aparentes para resaltar al gato como un referente importante en el mismo. Sin embargo, más allá de las menciones directas percibimos una condición que recorre el poemario completo, un talante que se asemeja mucho a lo que José Emilio Pacheco  concretó como Gatidad.  En aquel poema elocuente y preciso describe a una gata callejera que entra a una sala de gente reunida y escruta desde su enigma a los presentes, con calma, con argucia, con prestancia, pasea sus verdades escurridizas para luego retornar a la transparencia de sus  pasos sin tiempo.  Podemos tomar el término como analogía. Es una presencia anónima, preterida y futura a la vez la que habla en estos genuinos versos, es la gatidad bordeando los linderos de nuestros días quien se desliza ante el lector. Sentimos una voz escurridiza, precisa, inagotable, atemporal, intermitente, desafiante y autónoma que se  hace infinita, como la arcana  mirada del  gato en un sillón.   
 Por otra parte, la transmigración, la transmutación, la transfiguración son estadios que componen el mundo poético que este libro contiene. El tiempo ejerce su oficio en la pluralidad experiencial que propone el encuentro de todos los tiempos en el mismo lugar: el nacimiento, la fragilidad de la estadía y el retorno se pasean a sus anchas en las imágenes de este libro. “Me resultó inevitable/ nacer de nuevo/ como al principio/sin saber dónde/poner mis pies/y colocar mis ojos/recién llegados.” En  este poema  se asoma una  aproximación a lo que nace y renace, como  algunas historias sagradas cuentan que sucede con nosotros, como una gota de rocío esplendida que se desliza hacia su finitud, como el flujo y reflujo de las olas, así, al inicio del poemario, Minerva nos introduce al espectáculo difuso que es la urdimbre con la que trama su nacimiento. 
La fragilidad de la estadía admite la asunción del fatum como declaración echada al viento. Azcuy (1982) dice en El ocultismo y la creación poética que: ”el ser transmutado, obtiene la suma de sus posibilidades en una verdadera experiencia de inmortalidad”. En este poemario  la poeta asume su continuidad, juega en el tiempo con la imagen de la estadía, con su inquebrantable fragilidad, con la firme convicción que los secretos atesoran.
El retorno de lo material a lo espiritual y viceversa son trazos constantes que aparecen como testimonio de una existencia atravesada por un orden temporal que se construye en lo cotidiano. El retorno se muestra sin ambages como conciencia de la región que nos aguarda. La migración hacia otros confines se nos presenta como el regreso espiritual a la materia. Dice la poeta:  “Voy preparando/ mi boca/ para cuando/la tierra/ me alcance./ Voy practicando/el arte/de besar/caracoles/ y poso/ frente al espejo/ de mis días,/modelando/ cada hora/(…)Así sueño de a poco/ el sabor del retorno/ para que los labios/ de la tierra/ no me tomen/ por sorpresa.”
Por último, la piel como franja que abriga y desnuda a la vez, como la extensión que enarbola el deseo, como el umbral corpóreo que une y separa. Hay versos que nos llevan a la piel del duelo, de lo imposible o del anhelo. Hay otros donde es rebelión canónica de lo erótico. El encuentro amatorio es, a veces, escenario apologético del exceso o exaltación de lo ordinario como ensoñación en la cotidianidad: “ Tu piel,/ mi atajo/ predilecto,/la trocha/ que me lleva/ directo/ a la costumbre.”  Pero esa piel no se queda en la epidermis concreta del deseo, es también materia que se palpa en la transfiguración del tiempo y del espacio que propone la inmediatez, es la metáfora del  viaje al tacto de lo desconocido que se quiere asir: “No puedo evitar/ completar tu piel/con mi amanecer./ Es mi vicio/ transformarte/ en lo que quiero.”  
Es necesario concluir expresando la dicha que estos Petroglifos tallados en la voz de Minerva Reyes Rojas nos provee. Son versos limpios, como ella misma expresa: “Sin miedo/ corto/ descuartizo/minimizo./ Sin miedo/ acabo/ con las frases/largas.” Es una poesía desprovista  de poses falsas, acuñada desde la construcción de un lenguaje propio que revela la consistencia de aquella, que nació para vivir en poesía.
                                                                                   Miguel Nieves


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