Extracto de Cuentos Lacónicos de Olivia Villoria Quijada



GEMELAS


Ellas eran gemelas idénticas: la misma estatura, el mismo color; la misma textura, el mismo calor. Les gustaba actuar concertadamente. A ratos eran muy dinámicas; en otras oportunidades, bastante estáticas. Cierta vez se adosaron la una a la otra para realizar lo que les parecía el más sublime acto de elevación espiritual. Las inspiró tanto que lo convirtieron en un ritual que repetían en la mañana y en la noche y que era la prueba más perfecta de su parecido. Ahora ellas son gemelas casi idénticas. La guillotina con que su dueña trabaja en la imprenta, hizo que la izquierda perdiera la falangeta del dedo meñique.



BAILE


Una mujer con esa estampa difícilmente podía pasar desapercibida. Un hombre con esa apariencia no podía pasar inadvertido. Ella tenía el cabello dorado peinado en bucles, los ojos rabiosamente azules, la piel pálida. Era demasiado hermosa para ser real. De mirada parda y piel morena, alto y sumamente delgado, él parecía un maniquí. Sus miradas se entregaron. Muy pronto se vieron uno en brazos del otro. Se dirigieron al centro de la sala y comenzaron a bailar como si lo hubieran hecho toda la vida; lo hacían con gracia y elegancia, con arte y con técnica. Enlazados estrechamente, escuchaban el lenguaje de sus corazones. Separados otras veces, parecían unidos por hebras invisibles. Giraban con tanta delicadeza que parecían suspendidos en el aire, como si evadieran la seguridad del contacto con la tierra. Cuando cesó la música, supieron que no bailarían juntos otra vez. Ginger volvió al sofá de donde lo había estado mirando y aceptó un cigarrillo que le brindaba otro hombre. Con su traje negro, un clavel en el ojal y un sombrero de copa, Fred regresó a la soledad del afiche de donde escapó cuando ella lo invitó a bailar.



FINAL 

Hace un año nos congregamos para despedir a un amigo muy querido. Me encontré con varias personas que aprecio y me alegré tanto de verlas, después de mucho tiempo, que sonreí ampliamente y las abracé de una manera que a sus ojos tal vez pareció una felicitación. De ordinario afectuosas, me respondieron con una distancia glacial. Mi conducta no era la adecuada. “Hacía tiempo que no te veía, estás igualito”, elogiamos a Aníbal. Él contestó dando las gracias y explicando que camina a diario, que dejó el cigarrillo, que bajó de peso y que cuida mejor su alimentación. A Milena le hicimos un comentario parecido pero ella respondió con su habitual sarcasmo. “¿Igualita a quién? Cada vez que me dicen eso me preocupo, no joda”. Los de mayor edad hacían una suerte de inventario de las enfermedades padecidas, de las caídas sufridas, de las dolencias sentidas. Nunca se nos ocurrió conversar de planes, esperanzas y metas. Tampoco estaba permitido, en ese momento podía resultar una ostentación. Cercanas al cuerpo que poco tiempo antes se saludó, se abrazó, se besó, las moscas merodeaban, atraídas por el agrio olor de la muerte. Soportamos con estoicismo su presencia porque queríamos estar ahí, solidarios en el viaje del dolor. Estábamos en la funeraria para separarnos de un compañero que se despedía para siempre.

Facebook de la autora