Extracto de la novela El sonido del cántaro de Francisco López


CAPÍTULO I
DESASOSIEGO

Un vacío negro, sin principio ni fin, se cierne con la delicadeza de la seda sobre un todo absoluto, cubriendo aun lo que ni siquiera sospecha existir.
Esta espesura devora la nada con la prudente fragilidad con la que se trataría  de atrapar una burbuja sobre la epidermis del agua.
No hay sonido, no hay presencias, no hay soledad, ni recuerdos, solo un limbo indescriptible y perdido bajo la noción de un tiempo que se estira lánguidamente.
Para mí, este espacio sin vida, es un refugio fugaz entre las pesadillas de la noche y las pesadillas del día, entre un universo de símbolos agolpados que desobedecen las leyes naturales y un mundo donde caminamos extrañamente con los pies pegados a la tierra.
Fabián... Fabián... un eco aparece con la suavidad etérea que brinda una lejanía imaginaria, atrayéndome de vuelta al mundo consciente.
Al menos Ma estará allí pienso, mientras acepto que debo despertar.
No tengas miedo me digo a mi mismo cautelosamente cuando un halo de luz tibia y horizontal comienza abrirse en la vasta oscuridad.
Mis pupilas se queman deliciosamente ante la luz enceguecedora que batalla por entrar a través de las polvorientas ventanas de la habitación, adaptando así, mis ojos, a una inevitable mañana más.
Ante ese renacer, un rostro ya trajinado pero amable, con media sonrisa deja escapar un anuncio tan evidente y sin embargo, tan cotidiano que no decirlo sería un crimen despiadado contra las costumbres innecesarias más arraigadas.
Levántate, tienes que ir a la escuela — dice mi madre con un pequeño canto de victoria en su acento— El desayuno está listo.
Espero que eso me quite este horrible sabor de la boca — cavilo sin atreverme a decirlo para no preocuparla.
Me reclino sobre mis codos para brindarme un punto de apoyo y así dar tiempo de retirada a ese leve mareo matinal que me visita al levantarme.
Froto mis ojos quitando la pesadez que busca cerrarlos. Me sacudo con ambas manos los cabellos ya alborotados por mi danza con el colchón y bostezo libremente, pues nadie me ve.
Me posiciono en el espacio observando casi en un giro de 360° mi entorno habitual.
Repentinamente noto, con incomodidad, la extraña y horrible pintura colgada bajo la ventana más elevada de la habitación, la que da con el patio vecino. Ventana que parece haber sido diseñada por un gigante curioso, pues solo se puede acceder a ella estirándose sobre un mueble de grandes medidas.
La escena representada en la terrible obra es la de un cementerio con un cielo sepia polvoriento e intrascendentemente amarillo, donde apenas se levantan débiles, uno o dos árboles  muertos sobre un suelo arenoso y craquelado.
En este triste solar se erigen inclinadas, las cruces y lapidas bañadas en sangre de aquellos que allí moran.
En medio de todo, aparece la figura de una raquítica mujer de vestiduras nobles y medievales. Invertida y equilibrada, se apoya sobre su mano derecha, sin hacer piruetas para ello y sudando sangre también.
En el marco del cuadro, la inscripción: LA CONDESA SANGRIENTA, se deja leer sobre la pequeña y brillante placa de hojalata dorada destinada a portar tan fatídico nombre.
Al repetirlo en mi mente, el título de la tenebrosa ilustración produce un terremoto en mi cuerpo ya adolorido a causa del bello que tira violentamente de mi piel.
De golpe, el sonido de un líquido llenando un vaso inunda mis oídos, una fragancia cítrica explota en mis fosas nasales, mientras se acentúa en mi paladar y en toda mi garganta ese sabor horrible que se impone sin contemplación cada día, el sabor a desasosiego.
Del otro lado de la habitación, una voz femenina me llama y no es la de mi madre...
Es una voz que me acecha a través del cristal, cuyas ondas solo se perciben en el rocío, una voz que me persigue en el aire, que me desnuda y se pierde en la profundidad de la tierra, es una voz que activa en una todas las alarmas de terror que posee mi cerebro y entrecorta mi respiración.
No quiero voltear, no quiero ver, pero lo hago sin remedio, la adrenalina se dispara, el tiempo se ralentiza como si quisiera desmayarse.
Mi cuerpo se consume succionado por una fuerza más grande que yo, me arrugo de pánico y la vista se acorta dejando solo espacio al objeto del peligro.
¡Otra vez esa mujer! —despavorido ese pensamiento licua mi mente.
No es aquella figura tenebrosa que hace sus sangrientas piruetas en medio del campo santo retratado, sino que es, ELLA, un fantasma que desde hace semanas ha aparecido de la nada para espantarme cada noche.
Allí esta, de pie volviendo todo inerte y frio a su presencia, burlándose de la gravedad con la distancia que deja entre el suelo y sus cimientos.
ELLA es trágica, taciturna. Luce con un nostálgico y débil resplandor azul, la palidez de su piel tersa y perfecta.
Es una dama de nariz cincelada, grandes ojos y cabellos negros aterciopelados que se desbordan mansamente sobre sus hombros redondeados y desnudos.
En su torso exquisito cuelga la interminable capa roja que cubre el vaporoso y siniestro vestido blanco con el que atraviesa la luz para traerme solo penumbra y miedo.
Sus delicadas manos se estiran hacia mí como para enlazarme con sus infinitos y zigzagueantes dedos.
Súbitamente, comienza a mover sus carnosos y rosados labios con una velocidad espeluznante. De ellos,  ningún sonido sale.
Un canto en lengua antigua se escucha al fondo, un canto sobrenatural que se confunde con el sonido refinado que produce el agua vertida por un objeto metálico.
Dulce y frio, este rumor trata de decirme algo; entonces, cuando creo poder entender... me despierto.
¿Dónde estoy? —grito tratando de salvarme de la confusión de un despertar tan violento.
Estás en tu apartamento, solo fue una pesadilla... una más— me doy cuenta que no estoy volteado en la cama como pensaba y que estoy estrangulando la almohada con mis manos entumecidas.
La desorientación pasa, así como también las punzadas ilusorias en la base de mi cabeza.
Libero lentamente a mi pobre almohada, victima injustificada de mi terror y continúo mí ya conocido proceso de vuelta a la realidad.
¿Qué hora es? —casi no puedo hablar con el corazón en la boca.
Tomo el celular de la mesa de noche y activo un botón para ver la hora
Las 3:30 am... cálmate, fue solo un sueño, todo está bien, no pasa nada, pronto amanecerá— me digo bajando la voz a medida que hablo.
Ya no eres un niño, tienes 28 años... bueno 29 hoy —vuelvo a la realidad.
Respiro profundamente varias veces para bajar el acelerado ritmo cardiaco que se deja oír cual tambor ceremonial.
Me cubro completamente con la sabana pues, aunque hace mucho calor y estoy sudando más que en el gimnasio, la temperatura de mí cuerpo ha bajado tantos grados que tiemblo de frio.
La oscuridad es inmensa ante mis ojos. Esta negrura no me brinda paz, solo desasosiego, ese mismo sabor amargo y acido que me corroe por dentro.
Descubro la cabeza de mi manto protector y dirijo la mirada hacia el ventanal.
El silencio de la calle, no puede ser más ruidoso haciendo evidente que no hay nadie recorriéndola, ningún alma noctambula flota sobre la acera, ni siquiera una que al mirar desde aquí me ayude a apreciar el estar en este mundo y no en el de los sueños.
Los arboles estáticos y medio iluminados por los postes eléctricos parecen misteriosas nubes que se prestan a ahuyentar toda esperanza de claridad.
No puedo evitar asegurarme de donde estoy y con quien "afortunadamente" no estoy; por ello, tal como en el sueño, paseo la mirada alrededor de mi habitación.
La cómoda yace en el extremo izquierdo, el espejo de pie a su lado y luego la esquina que abre una antesala a la puerta.
Un pequeño escritorio sobre el que se encuentra un ordenador portátil, una impresora y otros artículos de papelería perfectamente alineados como si se tratase de batallones haciendo acto cívico, se apoya prolijamente contra la pared y bajo la cartelera de corcho bellamente enmarcada donde me dejo recordatorios.
Desafiante y de frente, está el ventanal abierto. Las pesadas cortinas erguidas y opuestas una de la otra dejan entrar a un viento que no aceptó la invitación de refrescar la noche.
Finalmente, mi derecha descubre un puf grande y esponjoso donde cada vez que puedo me siento a aislarme del mundo, además de un espacio vacío seguido de un armario y una mesa de noche que hacen de guardianes junto a mi cama.
Desamparado ante tal realidad, cansado de este mal que no me abandona, tiritando de frio irreal y sabiéndome un empedernido solitario, comprendo que no tengo más opción que la de tratar de conciliar el sueño.
Mañana no tienes escuela —me digo con sarcasmo, levantando bajo las sabanas mi puño en señal de victoria— pero tienes trabajo... —detengo mi desfile triunfal.
Eso no me anima mucho, aun menos con toda la gente con la que lidiar... que fastidio —mi puño se deja caer con lenta resignación.
¡Ay no! tengo que imprimir el dichoso inventario para el Sr. Rodríguez, ¿es que no sabe que la palabra C U M P L E A Ñ O S significa: déjame en paz y presiona tu mismo el botón "imprimir" de tu ordenador? —pienso haciendo énfasis en cada silaba y produciendo comillas con los dedos de ambas manos.
 ¿Qué va a saber ese?... — reflexiono.
Siento un poco de lastima ante el incomprendido personaje, al recordar que una vez lo encontré llorando en su oficina casi a las 10:00 pm, cuando se creía solo en el edificio.
...Él ni se acuerda del suyo o el de su esposa, pobre esclavo de la ambición es mi jefe —juzgo.
Asumo a priori que él quizás huye del fracaso de su vida familiar al éxito de su vida laboral.
 Así como yo huyo del fracaso de mi vida social al... al...— me detengo a pensar—...al fracaso del resto de mi vida —concluyo.
 ...Y después está el cansón de Alfredo... ¿es que no entiende que estamos allí para trabajar y no para hacer amistades?, seguro llevaran un pastel con dos velas que revelaran mi patética edad, ¿Porque tengo que cumplir años?— comienzo a enervarme ante un suceso probable pero aun no producido.
¿y que con Ocarina?, ella se cree mi novia solo porque he sido amable con ella y la invité obligado al cine, ¡me va babear a besos! ¡No!, espero que al menos por ser mi cumpleaños deje de atosigarme con sus preguntas necias sobre el matrimonio y sus ideas de venir a vivir conmigo  —resoplo mientras lo digo.
Pensando en que como es mi cumpleaños y tengo derecho a un deseo cortesía de no sé quién, presiono los ojos y con toda la fuerza de mi mente, pido:
 ¡Quiero ser invisible, quiero pasar desapercibido!
Abro lentamente un ojo y luego el otro constatando de que sigo igual de visible como siempre y que ningún cínico polvo de hadas me ha dado el poder de la invisibilidad.
Esto no ayuda en nada... me toca hacer uso de mi gastada mascara de sociabilidad... —suspiro— ¡me pesa y me da picazón en la barba! — protesto ridículamente para hacerme reír un poco e interrumpir mi delirio nocturno.
La verdad es que cada noche me atesto la cabeza de asuntos triviales con el único fin de olvidar mis pesadillas y al menos robarme una sonrisa sincera que me de fuerzas para sobrevivir a un día más.
Me siento culpable de todo y de nada, no sé de qué en realidad y lo que busco con este insomne monologo es también sobreponerme a ello.
Bueno, mejor ocupado que asustado —pienso mientras me dejo llevar por el ánimo de dormir reencontrado.
Mejor es... —me entrego al descanso donde el mundo subconsciente gobierna mi mente.
El desasosiego sigue allí, golpeando sin descanso mi frágil amor propio como es golpeado un hambriento y desnudo indigente por el frio viento hibernal del norte más recóndito e inclemente de este planeta.
Sin embargo, el sueño lo vence todo apoyado por la realidad de que en algunas horas se impondrá una mañana inevitable, tal como la llamo siempre en la víspera nocturna de mis pesadillas recurrentes.
Esa es mi batalla ineficaz por vivir a plenitud: una lucha encarnizada entre el desasosiego y la continuidad predecible de mi existencia.
La monotonía, capitana inflexible de la cotidianidad, no mejora nada pero menos aun la actitud pesimista con la que me enfrento a los desafíos, fechas ambiguamente indeseables y exigencias de una sociedad casamentera, con complejo de porristas y lenguaje de libros baratos de autoayuda.
Más allá, está el misterio de la dama nefasta y terroríficamente hermosa que me acecha con sus palabras sin sonido y sus gestos feroces e inocentes.
Su presencia me despierta una culpa angustiosa que hunde mi corazón en una dimensión que sobrepasa mi comprensión.
El dolor con que me inunda rompe el dique de mis ojos dejando salir todo su caudal sobre los reinos secretos e imaginarios que coexisten con mis penas bajo las sabanas.
ELLA me congela de pavor pero también me intriga y conmueve. ¿Algún día la enfrentaré?