Uno de los cuentos del libro Puta Cola de Minerva Reyes Rojas


Fragmentada
Hubo un tiempo en el que Zoila era una mujer simple como cualquiera. Cada día, ella simplemente se levantaba temprano (antes de la salida del sol), colaba el café, el cual jamás le había faltado en su despensa, hacía la masa para  ponerla en reposo (jamás le había faltado la harina pan), le llevaba el guayoyo a su marido, montaba tres arepas, levantaba al muchacho (ya casi un hombre),  y esperaba a que ambos se bañaran (nunca  le habían faltado ni el jabón ni el champú), ambos comieran,  y finalmente  ambos se marcharan  para entonces ella comenzar a lavar la ropa sucia (siempre le había abundado el detergente),  limpiar la casa,  y prepara la cena ya para la noche, porque es que tanto su hijo como su esposo, llegaban a casa  siempre después de las seis. Aquella había sido siempre la rutina eterna de Zoila, una mujer simple como cualquiera.
La cosa fue que un día, comenzó aquel desabastecimiento que rompió con la pacífica invariabilidad de los días de Zoila, porque fue entonces cuando, a pesar de que ella hizo siempre todo lo posible por mantener actualizados  los suministros requeridos, para que su familia siguiera gozando de sus buenas atenciones, ya  no le estaba resultando muy fácil ser tan eficiente como lo había sido en sus veinte años de casada.
El primero en manifestarle  a Zoila que últimamente estaba ella “poniendo la cagada como nunca”, fue su  propio marido. Claro, él no pudo nunca explicarse, cómo era que su mujer no había alcanzado a comprar café, y él se habían tenido, a la fuerza, que conformar con beberse una taza de té chino, el cual,  según sus propias palabras,  no era ni parecido al café de la peor marca existente en todo el mundo: “Pero bueno, chica, eso fue que no estuviste pendiente. Andrés, el vecino, me contó ayer en el ascensor, que Julieta se había puesto las pilas, y había hecho su colita para que él tuviera su cafecito caliente en las mañanas como siempre. Francamente, mujer, lo tuyo no es otra cosa  que pura flojera, porque es que hay que ver que tú si eres floja, vale, floja hasta en la cama, donde no haces más que abrir las piernas. Después se quejan de que uno se tenga que buscar la diversión por fuera”.
No era nada que Federico le hubiera recriminado lo de la falta de café. Lo que a Zoila realmente la mató fue eso otro, que él, su marido de toda la vida, su primer amor, le hubiera gritado en su cara que era una aguada en la cama.
Lo peor de todo fue que ella realmente llegó a pensar que en parte su marido tenía razón. Sí, porque tal vez ella no había sido la mejor amante del mundo y seguramente era muy poco diestra en el amor, pero en cuanto a sus dotes como ama de casa… En eso sí que Zoila estuvo segura de que el hombre había sido muy injusto. La mujer estaba consciente, por ejemplo, de  que si no tenían café, era porque en el momento en el que dicho insumo  llegó al supermercado, ella había estado haciendo otra cola un poco más allá, en el almacén de los chinos de la avenida,  para compara champú y servilletas. En ese momento,  frente a su marido y frente al peo que este le estaba formando por su poca iniciativa y entusiasmo en la cama, y por la ausencia del café, Zoila pensó, aunque no lo dijo:  Si es que la familia de la tal Julieta se había podido lavar el pelo esa semana, tal y como  la suya  lo había logrado hacer,  debido a que ella se había calado la mamá de las colas en ese almacén  chino, justo en el momento en el cual estaban despachando café en el supermercado. Eso lo pensó Zoila, claro, pero no lo dijo.
El  otro que no tardó en manifestar su descontento, fue Xavier, el  hijo de la pareja  (quien ya contaba diez y seis años). Pues bien, resulta que en una ocasión, el muchacho debía  prepararse para una fiesta supuestamente muy importante, más bien aparentemente  vital para la vida en el planeta,  y bueno, el chico se había imaginado que esa noche, con motivo a los  quince años  de su mejor amiga, iba a poder ponerse (en el más estricto secreto posible),  aquel chaleco rosado,  que no se había vuelto a poner después de que su padre se lo mandó a quitar y se lo restregó en plena acera, justo aquel  domingo en el cual, los tres  se dirigían a una reunión con amigos: “Esa vaina es de maricos”,  le gritó el encolerizado papá antes de  añadir que, desde los tiempos más remotos, lo que ha habido en su familia siempre han sido puros machos.
Bueno, pero según Xavier, de aquello ya había transcurrido un buen tiempo (como tres meses),  así que olvidando el pasado, en  esta nueva  oportunidad, el adolescente le rogó y hasta le suplicó a su mamá que por favor, por lo que ella más quisiera en este mundo, le lavara aquel  “accesorio” con el cual él siempre había soñado que asistiría a tan esperado  evento.  Fue así como Zoila buscó en los almacenes, en las farmacias, en todos los supermercados y abastos de la zona, de las zonas aledañas y hasta de los sitios más remotos, con la esperanza de encontrar aunque fuera una bolsita pequeña de detergente. Lo cierto es que, nada, como una madre siempre resuelve, a falta de Ace, Ariel o de cualquier marca X de jabón para lavar ropa, la abnegada mujer optó por tomar la prenda y lavarla con champú. Sí, con el mismo champú para el cual había ella hecho aquella enorme cola que le hizo perder la oportunidad de comprar café.
Entre todas aquellas exigencias y recriminaciones que a diario continuó haciéndole su familia, llegó el momento en el que Zoila sintió que iba a explotar en  pedazos, debido a la presión que la estaba embargando al no poderle dispensarle a  su familia, todo lo que esta requería para ser feliz, así que,  entre el:  “Eres una frígida inútil” de su marido, el: “Mamá, necesito medias limpias y champú y jabón”  de su hijo,  y  el:  “¿Es que en esta casa no se va a comer arepas nunca más?” de sus dos hombres casi a coro, un día, Zoila amaneció sintiéndose realmente muy extraña, como mareada y fuera de sí.
Esa misma mañana su malestar  se agravó cuando, ya en la soledad de un miércoles aparentemente simple como cualquiera, la mujer se vio íngrima en esa casa, que le estaba echando en cara la gran lista  de cosas que le estaban faltando en la alacena familiar: para asear el baño y la cocina, para el aseo personal de la familia, y para la muy importante labor de preparar los alimentos. Fue entonces cuando tuvo aquella terrible presión en el vientre,  que la llevó a sentir que de un momento a otro, su humanidad se reventaría como un frasco de salsa de tomates dejando sobre las paredes del recibo, su sangre, sus vísceras, y hasta su corazón y su cerebro. En ese instante,  los muebles en conjunto comenzaron a girar en su entorno, hasta que finalmente, al no soportar más la presión, la mujer perdió por completo el conocimiento y cayó aparatosamente sobre  la alfombra.
Cuando después de unos minutos (que a la acontecida le parecieron horas enteras), Zoila abrió pesadamente los ojos bajo una confusión monumental, con lo primero que se topó fue con una mujer impresionantemente parecida a ella,  que yacía sentada sobre el sofá, justo frente al televisor, y en una actitud de familiaridad que a cualquiera le habría dado la impresión de que ambas  se conocían de toda la vida.
Al principio,  Zoila (la verdadera) se espantó muchísimo, quiso como correr hacia la puerta y hasta tuvo la idea de gritar pidiendo auxilio. Pero enseguida se serenó, ya que la otra continuó ahí, sentada en el sofá como si nada raro estuviera ocurriendo. Esa actitud de la extraña,  de alguna manera le dio confianza. Luego estaba ese otro detalle: la mujer era exacta a ella. Es más, Zoila tuvo la impresión de que se trataba de su gemela,  o más loco aún, de su clon. Sólo que aquella tenía una postura, un brillo en los ojos, y una desfachatez, que Zoila no tuvo nunca, y es que la tipa estaba ahí en su sofá, desparramada, piernas abiertas, y vestida como Zoila había dicho siempre que se vestían  las putas: con una falda negra mínima que apenas le cubría las pantaletas, una franelilla que escasamente le estaba tapando las  tetas, y unas medias negras tejidas tipo maya, que ni en su más tierna adolescencia había osado ponerse la verdadera Zoila.
“¿Quién carajo es usted?”, le salió a Zoila preguntarle con voz temblorosa,  a aquella intempestiva copia al carbón de su propia persona. “Gua, quién voy a ser, pues… tú misma, milita. Deja esa cara, chica, y vístete de una vez, quítate esa bata de vieja loca, que tenemos que hacer la cola para el café en los chinos y para el papel tualet en la farmacia”. Fue entonces como, dejándose llevar por las palabras de aquella ayuda providencial, y haciendo perfecto equipo con aquella relajada versión de sí misma, en casa de Zoila no volvió a faltar nunca más nada.
Con los días, las dos partes llegaron a hacerse buenas amigas. De hecho hasta se turnaron una y otra vez el puesto de la ama de casa; un día le tocaba a Zoila (la verdadera) y otro día le tocaba a la otra Zoila (la puta). 
En cada ocasión, esa otra mitad, haciendo uso de su día libre, pues simplemente se dedicaba a pasear, a coquetear con extraños, a acostarse con desconocidos en hoteles baratos, y en fin, a deambular por ahí con la plena libertad que le daba, el saber que la otra estaba encargada de sus asuntos.
La misma Zoila (la verdadera), sabiendo que en casa todo estaba bien atendido, tuvo tantos encuentros carnales como le fueron posibles. Cabe destacar que todos aquellos hombres; gordos, flacos, altos, bajos, negros y blancos, elogiaron efusivamente y con todo entusiasmo, las artes amatorias de Zoila.
Por su parte,  cuando en casa era el turno de la otra Zoila (la puta),  el marido se sentía tan acorralado en la cama, que hubo ocasiones en las que no le fue posible la erección requerida: “Qué te pasa, mujer, tú nunca habías hecho esas cosas”, cosas que él hacía, sí, pero no con ella, no con su esposa. Fue así como  comenzó  el hombre a  sentirse tan achicopalado, que no volvió a decir una sola palabra más sobre aquello del sexo, ni sobre el café, el cual por cierto, gracias al equipo que habían formado las dos mujeres para abarcar estratégicamente las colas, más nunca volvió a faltar en el hogar. 
Tiempo después, cuando por circunstancias históricas finalmente cesó  el desabastecimiento,  las dos mitades de Zoila volvieron a unificarse, y ella volvió a ser de nuevo un solo ser. Entonces,  finalmente todo volvió a la simplicidad de antes:  Xavier, el hijo,  tuvo siempre limpio su chaleco rosado y toda el resto de su ropa, Federico,  el esposo,  estuvo otra vez satisfecho con el desempeño doméstico de su consorte,  y Zoila, la abnegada esposa, volvió a ser una mujer simple como cualquiera.