“Luego le desabotonó la camisa. Sus labios recorrían los hombros, la espalda, el pecho y las axilas, como un caracol que se traslada por la piedra húmeda del río. Tenía la sensación de estar saboreando un chocolate con almendras y avellanas, ligeramente derretido por efecto del calor. Imperaba la paciencia, la exploración mínima, el reconteo de besos sutiles. El cuerpo semidesnudo del hombre amado temblaba, los milivoltios recibidos se acumulaban en su epidermis, con una reacción de piel de gallina incluida. Si en un principio intentó ofrecer resistencia, ahora sólo le quedaba soltar las amarras y dejar que el barco tomara cualquier dirección, sin brújula, sin catalejos, embriagado con el canto de su sirena, indefenso y confiado en las manos de una experta.

Tuvo un momento de lucidez para observar la pequeña habitación en la que se encontraban, donde la cama y un pequeño aire acondicionado de ventana, que registraba 19 ºC eran los únicos testigos en medio de la penumbra. Intentó reclinarse pero fue tendido nuevamente como un muñeco de trapo. Esta vez cerró los ojos para sentir con ardor como unos dedos de fuego calcinaban con caricias su cuerpo desde la cintura hasta la clavícula. Ella, entregada a su tarea con ímpetus renovados sentía la suavidad de las manos de su amante para preguntarle ¿cómo te llamas? Ella responde con voz angelical: sólo dime Verónica.”