Capítulo de El Fantasma de Prospect Park de Albo Aguasola


La cabeza perdida


Cuando llegan las seis de la tarde, hace varias horas que ya han llegado las sombras.
Es el otoño del 74, en esta parte del mundo todo el bosque es un sepulcro. A esta hora el lago es un sitio despoblado en el cual reina el silencio y aflora el miedo. La escena es siniestra, la turbación del aire también lo es. El cielo parece desatarse con un carácter tan trágico y lamentable, tan solo comparado con la desolación de una madre que antes de alumbrar ya ha perdido al vástago. Desde la grotesca pared de Terrace Bridge se escapa un ruido tenebroso que ha de permanecer impune, pues a esas horas y en esas soledades no hay una sola alma que logre captar los decibeles de sus espeluznantes ondas. Es el sonido extraño de un bloque que parece moverse de su sitio y que rompe el silencio de la noche al estrellarse contra el piso. Minutos después desde esa abertura que ha quedado, emerge un humo gris que ha de transmutarse hasta convertirse en una escalofriante sombra. El bloque parece incorporarse y volver a su lugar de origen, la pared se cierra, en este mundo de locos todo es posible. El viento se torna insoportable, la gélida temperatura en ese interés le secunda, todo parece una escena de terror que engaña por su aparente calma. A lo lejos y en cualquier dirección donde se mire no logra divisarse nada, solo la sombra vaga, y en su deambular desesperado parece quejarse de su realidad y gime con un llanto tan pavoroso que enmudecería los oídos del hombre, del diablo y de Dios, si en circunstancias tan desgraciadas y en tan místico trance su pesar oyeran. Camina como elevada en el aire, sin embargo se oyen sus angustiantes pasos. Parece buscar entre los escombros algún pedazo de su ser que se ha perdido, se adelanta, se esconde, por momentos desaparece, retrocede, como una víbora se enrosca y se desenrosca, se eleva, se detiene, gira, desciende y vuelve a trajinar. Pero todo intento es infructuoso y por eso se desespera y empieza a bramar como un demonio. Es al parecer su cabeza lo que busca, puesto que no la lleva consigo, pero busca a tientas, tal vez guiada por algún sentido paranormal, ya que al perderse aquella, también sin ojos se ha quedado.
Han transcurrido algunas horas desde que emergió de la oscuridad, no ha encontrado nada, por eso su llanto se hace más abundante y desgarrador. De pronto interrumpe su búsqueda al advertir unos pasos que lo desconciertan en su faena, y por eso se desvanece en un instante con la misma facilidad con que desaparece un conejo entre los instrumentos de un mago. Más adelante se le logra ver de nuevo, pero es como un halo fugaz que nuevamente languidece. Esta vez se ha ocultado entre los árboles.


Un hombre viene por el sendero, ajeno a toda infamia. Viene silbando, pensando en su dulce amada, trae en la mano la luz de un cigarrillo y de su boca sale un humo gris que se desvanece entre las ramas. Parece imaginar que camina por los pasillos de algún seguro palacio o por los augustos y delicados jardines de Versalles, según la calma con que se manifiesta. Tal vez es que no teme a nadie o ignora la historia del violento e irascible fantasma del Prospect Park. Pasa muy cerca del arce donde se oculta aquella asesina sombra. Al ver la oscuridad tan profunda que reina en aquella boca de lobo, se detiene junto a la entrada de Terrace Bridge, parece dudarlo un instante, pero luego rectifica y se dirige hacia LullWater Bridge. A pesar de que no hace un minuto que ha tirado su cigarrillo se anima a encender otro y avanza en medio de aquella noche tan espantosa. El espectro parece haberlo reconocido, pues lo acecha sigilosamente inmerso en su furia asesina y loca. Cree ver en él al ser infame que en vida lo decapitó. Enseguida empieza a perturbarlo, primero con un sonido intenso, después con un viento horrible que arranca aquel gorro oscuro de la cabeza del desconocido. Éste, sorprendido por el cambio repentino de la naturaleza retrocede hasta recuperarlo, se aprieta bien el abrigo y sigue con acelerado paso. Instantes después, como petrificado se detiene nuevamente, parece haber escuchado un lúgubre lamento, espera un momento mientras divaga, afina el oído y escucha con atención, el llanto continúa, siente miedo y por un momento piensa en escapar. Pero aquello le ha conmovido intensamente. Es el llanto de un infante que al parecer vaga perdido por los lados de la Península, duda entre seguir su paso o socorrer al pequeño que sin dudas ha de estar comprometido en medio de aquella soledad tan perturbadora. Los gritos aterradores de una madre que parece pedir ayuda lo convencen y se devuelve precipitadamente soñando con convertirse en héroe, hacia el lugar de los hechos. Lleva el corazón en la mano y a punto de detenérsele, pero se da fuerzas pensando que alguien indefenso está en peligro. Ha logrado acercarse al lugar del primer quejido, pero no ve ni escucha nada, el niño misteriosamente se ha perdido y ya ni la madre se oye sollozar, estupefacto duda y se interroga, más cuando está a punto de retroceder, aquel llanto vuelve a oírse, ahora con mayor angustia. Desafiando a la oscuridad y decidido a entrar en acción, penetra en la Península y se pierde entre los árboles. Pero el llanto nuevamente ha cesado, las ramas agitadas lo golpean en el rostro y en el pecho, la oscuridad se ha hecho enorme, el viento se ha transformado en tempestad, empiezan a caer gruesas gotas de lluvia y el lago ha tomado la forma tenebrosa de un pantano. Su sentido de orientación ha sufrido un trastorno, se encuentra perdido y trata de encontrar la luz que ha de guiarlo de vuelta al sendero, batalla contra las impetuosas ramas, que sacudidas por aquel fenómeno escalofriante se han convertido en sus enemigas y le siguen aturdiendo con sus golpes. No sabe que ha sucedido, más sin embargo quiere escapar, volver al calor de su hogar, a la tierna compañía de su perro, al agradable té y al zumbido de su marmita, pero a diferencia de todo eso que anhela, resbala entre los troncos y cae al agua. Grita, se estremece, trata de alcanzar la orilla pero siente que hay una fuerza sobrenatural que lo engulle y lo arrastra más y más. Algo hay dentro de él que no es suyo, lo comprende y por eso teme, manotea y sus miembros entumecidos terminan atascados entre los nenúfares, se agita, se revuelca y torna a gritar de nuevo, pero todo es en vano; ni una esperanza, ni un farol, ni un bote, ni una cristiana alma parece socorrerlo en su desventura. Comienza a padecer el castigo de aquel frío fatal, se fatiga, poco a poco pierde sus fuerzas, llora de coraje, se encoje, se retuerce, maldice con rencor, se estremece, deja caer sus brazos, ya no lucha. De pronto, entre las sombras de los árboles ve un bulto negro sentado sobre los troncos y se alegra pensando que se trata de algún samaritano, un ser valiente y noble que ha venido a socorrerle en su noche negra. Pero muy pronto se desengaña, aquello que mira no parece ser de este mundo, ni parece conocer la nobleza que ahora implora. Más bien parece algo más terrible aun que su desgracia. Parece un ogro que está de espaldas, que le ignora y que al mismo tiempo busca entre las hojas muertas algo que ha perdido: su cabeza.
Minutos después, el alma de aquel desgraciado fluye. Su cuerpo inmóvil y melancólico, duerme apaciblemente sobre las mansas aguas del conocido lago y todo acaba.

El espectro se ha saciado, se cree vengado de aquel que le arrebató la vida y con esa alegría se acerca al cadáver que inerte e inofensivo flota enredado entre los nenúfares. No puede mirarle, no puede olerle, ni siquiera puede apretarlo entre sus manos, mas no por eso deja de estar saciado. Pero de súbito se enfurece y se desconcierta, porque presiente que una vez más se ha equivocado y que aquel muerto que yace en medio del silencio no era quien en el pasado le segó la vida. Llegan las horas del alba, la sombra de aquel fantasma parece percatarse de la inminente llegada del amanecer, se despide apenado del cadáver, al cual ha estado contemplando durante horas y se aleja apresurado a su morada. Nuevamente un bloque golpea el cemento y rompe el silencio al caer al suelo, se abre una especie de bóveda, la sombra entra, se cierra aquella pared, los ruidos cesan, empieza a oírse el canto de los pájaros y justo en ese momento amanece el día y Apolo aparece envuelto en una espesa bruma, vestido de finísimas sedas, y tan heroico como un Dios celta portador de inmensas alegrías, con su espada de guerra, su dorada cabellera y sus caballos de fuego.