Antología de poesía erótica venezolana

Al cuidado de Manuel Cabesa



NOTAS PARA UNA PRESENTACIÓN


1

Aparece en el Libro de Buen Amor (siglo XIV): “El decreto lo dize; é desecharán é aborrescerán las maneras o maestrías malas del loco amor, que faze perder las almas é caer en saña de Dios, apocando la vida é dando mala fama é deshonra é muchos daños a los cuerpos.”
El “loco amor” al que hace referencia el noble Arcipreste de Hita, no es otro que aquel en que los amantes consuman su deseo poniéndolos a la vera de una vida pecaminosa; muy contrario al “amor cortés”, inventado por los poetas provenzales, en donde el amante se dedica a venerar a su amada sin que los cuerpos lleguen jamás a comunicarse.
Sin embargo entre uno y otro la Poesía ha sido siempre el estímulo para que tanto el amor como el deseo terminen por expresarse y dejar testimonio de su presencia; de todos modos, ¿qué es al amor o el deseo, sin la presencia del otro?; ¿qué, sino un llamado para el encuentro? Teócrito en uno de sus famosos Idilios (siglo III a.C.), escribía que la pasión amorosa convertida en ausencia era…
…la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.
         Lo que me interesa destacar es que Amor y Poesía, Erotismo y Poesía han viajado juntos desde la noche inmemorial de los tiempos, como lo demuestran los dos epígrafes que abren esta selección. Entre la embriagante lengua que nombra el sabio Salomón y la lengua que propicia la palabra que refiere el ingenioso Cortázar, se ha creado un lenguaje: las palabras se han concatenado en un discurso inefable que une a los cuerpos y a las almas.  
2

En su luminoso libro La llama doble (1993), Octavio Paz se dio a la tarea de discernir la imprecisa línea que separa la sexualidad del amor y a éstos del erotismo. Allí nos dice: “No hay amor sin erotismo como no hay erotismo sin sexualidad. Pero la cadena se rompe en sentido inverso: amor sin erotismo no es amor y erotismo sin sexo es impensable e imposible. Cierto, a veces es difícil distinguir entre amor y erotismo.” Y unas páginas más adelante continúa: “El erotismo es la dimensión humana de la sexualidad, aquello que la imaginación añade a la naturaleza.”
De nuevo la Poesía se hace presente pues, ¿en qué otro carro andaría mejor la imaginación humana, sino en las palabras que se hilvanan una vez que la necesidad de expresar el deseo hace su aparición?
Ahora bien, junto a la “poesía amorosa” que, como dijimos, viene de los trovadores provenzales y la “poesía erótica” cuya raíz, hasta donde sé, podríamos ubicar en los poemas de Catulo (años 87-54 a.C.), también tendríamos que mencionar una vertiente menos decorosa que a falta de buen nombre llamaremos “poesía pornográfica”, sobre la cual explica Luís Miguel Isava lo siguiente: “tomando esta última palabra en su sentido etimológico: pornografía, como se sabe, significa escritura sobre prostitutas y por extensión, escritura sobre actos sexuales.”
Con lo que nos enfrentamos a una poesía que corre el riesgo de ser abiertamente escatológica y por lo tanto chocante al lector; y que se aleja del verdadero cometido de la poesía erótica que es nombrar el deseo, sublimarlo a través de la palabra, pues como advierte Álvaro Mutis: “No es llamando las cosas por su nombre y describiendo minuciosamente los diversos aspectos y posibilidades del acto sexual como se logra la mejor dosis de erotismo en la literatura.”        
3

Y aquí llegamos a esta antología. ¿Nueva poesía erótica venezolana?, ¿nueva con respecto a qué tradición? En su Panorama de la literatura venezolana actual (1973), Juan Liscano lamentaba, en aquel entonces, que dentro nuestra narrativa no hubiera una corriente erótica verdaderamente definida, a pesar de que algunos narradores habían descrito interesantes encuentros sexuales en sus novelas y relatos.
        De paso en aquel libro nos daba una definición de literatura erótica que todavía podemos tomar en cuenta: “La literatura erótica constituye una visión del mundo, y a través del sexo no solamente se alcanza un conocimiento del ser, sino una liberación o la muerte. De modo que la literatura erótica, más que otras aceptadas socialmente, ofrece en instancias de ardimiento y explosión interior, respuestas sobre los fines últimos del hombre. Por otra parte, desnuda el comportamiento humano en aspectos ocultos, mediante lo cual ayuda al conocimiento del hombre, para lo bello como para lo feo, para lo bueno como para lo demoníaco.”
Ahora bien, y en poesía, ¿hemos tenido acaso una tradición de poesía erótica destacable? Puesto a hacer memoria, me perece que la mayor tendencia de la poesía venezolana ha navegado hacia lo amoroso, dejando de lado elegantemente lo propiamente erótico. Esto no quiere decir que no exista una poesía erótica plena y valedera dentro de nuestra tradición. Basta recordar libros como Alas fatales (1935) de María Calcaño, Rito de sombra (1961) y Cármenes (1966) del mismo Juan Liscano, Fuego sucesivo (1974) de Jorge Nunes o Erotia (1986) de Alejandro Salas. Pero al parecer son excepciones que no ponen en peligro la regla.
Me parece que es en las últimas décadas cuando una serie de autores dispersos por toda la geografía nacional se han empeñado en construir un discurso verdaderamente erótico, con sus respectivos altibajos como suele sucederen cualquier tradición que esté en pleno desarrollo, pero coherente y de gran calidad a nivel del lenguaje.

4

En las páginas que siguen están convocadas 35 voces de distinto registro: desde el poema breve al extensamente elegíaco; desde la celebración de la copula a la evocación del placer onanista; del sueño impregnado de sudores al lamento del amante que añora el cuerpo ausente. Todos poetas nacidos en la segunda parte del siglo pasado: unos con publicaciones conocidas y otros más jóvenes cuya escritura apenas está floreciendo al alba de esta nueva centuria.
En todo caso, hemos intentado que el producto que el amable lector tiene en sus manos posea la intensidad y la donosura que este tipo de poema exige, tratando de salvar cualquier distancia con el poema pornográfico ya descrito en el inciso 2 de estas notas.
Imagino que por fuera quedan muchos poetas que están transitando por estas veredas y, sinceramente, me disculpo. No descubro ni revelo nada si digo que toda antología es arbitraria e insuficiente; sin embargo creo que la presente selección da una idea de la buena salud que la poesía erótica disfruta en estos tiempos.
5

No quiero despedirme sin mencionar de nuevo a Juan Liscano, ya que por estos días (el próximo 7 de julio) se conmemorará el primer centenario de su nacimiento.
A este autor le debemos no sólo esos dos poemarios de indagación erótica que ya mencioné, sino también un portentoso estudio titulado Mitos de la sexualidad en oriente y occidente (1991).  Se trata de un libro provechoso, si los hay, sólo en la medida en que se lea detenidamente y se medite en la profundidad de sus conceptos; un libro que ilumina vastas zonas de nuestra imaginación erótica, partiendo de lo antropológico, lo mítico, lo religioso y lo esencialmente poético; un libro que alguien debería pensar en reeditar nuevamente, en virtud del auge que la literatura erótica (también la narrativa) está tomando en nuestras letras.
Mientras tanto, en su homenaje (y en el tuyo, desocupado lector), he aquí una cita tomada de uno de sus poemas como abreboca de las páginas que siguen:

Dos cuerpos que confunden las ramas de sus huesos,
dos pulsos que se estrechan por la ardida cintura
hasta juntar sus voces en un mismo latido,
dos heridas abiertas tomadas por la boca.

Y un grito, un solo grito, sin tiempo, en el espacio.
   
Manuel Cabesa