DE TU COBARDÍA por Héctor González #YOCUENTOUNCUENTO




DE TU COBARDÍA


Nos presentamos ante mis padres con un anillo de fantasía y el positivo de una prueba de embarazo. Estamos totalmente convencidos de lo que queremos hacer, y aunque nuestro plan no sea más que una susceptible maqueta que hicimos anoche, ya no hay regreso, la decisión está tomada. Mi padre yace enfermo y frágil gracias a la enfermedad cardíaca que a la larga terminará matándolo; ha sido un padecimiento de años que le ha convertido en un muñón sin voz ni consciencia, o eso parece. Mi madre, por su parte, plena de vida y goce, como si la enfermedad de papá le rejuveneciera el alma. Nunca he conocido una mujer con el carácter siquiera parecido al de mamá, tosca, hambrienta del poder que otorga la salud, incesante en sus reproches, así es ella. Nos presentamos con un anillo de fantasía y el positivo de una prueba de embarazo, mi papá quiere sonreír, lucha con la maraña de cables y sondas que le atraca el cuerpo, pero no puede, aunque su intensión se nota. 

Y mamá, 

Aquí no podrán vivir. 

Y tú, que ya has hecho demasiado para soportar sus impertinencias, 

Tiene usted razón, suegra, aquí no podríamos vivir. 

En esta casa donde prácticamente nos criamos juntos, apenas separados por cortinas y bloques naranjas sin frisar, la niñez del patio que compartimos con las gallinas y los perros guardianes, con las viejas y oscuras farolas, con el hedor matutino de los vagabundos que por la noche se saltaban la reja buscando un lugar para resguardarse y que siempre terminaban llevándose una gallina o el resto de huesos encontrados en la basura. En esta casa donde tú y yo crecimos imaginando, incluso sin saber que llegaríamos a querernos, víctimas de algo que nos trascendía. En esta casa no podríamos vivir.

Hoy que naces casi muero. Fue de madrugada cuando sentí el primer pinchazo, y por suerte desperté a tiempo para ver cómo me llevabas en tus brazos, alborotando todo el cuerpo a los carros de la calle, tan desesperado como yo. He tratado de explicarle al doctor, o al frío estetoscopio que me palpa el pecho, que nada ha salido de carril, que todo está en el orden natural de las cosas, que sus indicaciones de especialista en obras ha sido cumplida, y que no imagina con cuánta rigidez, pero él se niega a escucharme, está concentrado en los viejos informes de hace un mes, Río, por favor explícale que yo no he faltado, que en casa tenemos una caja que hemos pintado de negro para diferenciarla de tus manuscritos, y que en esa caja están todos los medicamentos que él nos mandó, dile que tiene que procurar que todo salga bien, que yo lo he hecho todo, haz algo, Río, porque tengo miedo de que mi vientre 

[Tu obra, la más grande] 

se pasme o que algo peor pueda pasarle a nuestro bebé, que ya no crezca más o que se haga polvo dentro de mí. Estoy asustada, temo por nosotros, Río, porque este pequeño es la ansiedad de nuestras vidas, porque sin él no bastaría regresar al patio de gallinas e indigentes de la casa de nuestra crianza, sin él nada más que el triste barrio de la memoria, no me mires así, no pongas esa cara que me entra el pánico, mejor anda y dile al doctor que haga lo que pueda, que del dinero no se preocupe porque algo conseguiremos, lo que sea por él, pero que no se quede parado ahí, ojeando una y mil veces el mismo informe, haz algo por favor para que este martirio no pase de ser un susto y nada más. 

[Tu obra, la más grande] 

Él no escucha mi voz, no quiere escuchar mi voz, dile que sigo sintiendo horribles punzadas en el vientre, que no parece natural, que me duele, que me duele, que me duele.

Ya no hay río ni pájaros que canten en el cielo; ya no hay nada, Río, y la silla con sus ruidos ya no me molesta, no siento nada, crees que deba sentir algo, porque ya no sé qué otra cosa puedo hacer, si no olvido moriré, lo sé, pero se va nuestro ombligo, dime que te duele tanto como a mí. No tenemos necesidad de la luna, Río, pero sí de esto que ya dejó de ser. Dime por qué pasó. No repitas Tu cuerpo fue demasiado hostil. lo que este infeliz dice, defiéndeme, Río. ¡Defiende a tu hijo!

Compartimos más que un pequeño cuarto en este barrio de la periferia, nuestro ombligo y vida, todo está aquí porque todo yace donde estemos juntos, un mar sin fin, una tierra infértil, un baúl de recuerdos llanos, y luchamos por acostumbrarnos a esta nueva vida de improvisada maqueta que nos hemos planteado desde hace pocos meses. Con cada día crece esta vida tan nuestra, y no me arrepiento de haber abandonado el sitio en el que nos criamos, el montón de gallinas y sus excrementos, la débil luz de las farolas tan obstinadamente mencionadas en nuestras cartas a la municipalidad, el conjunto de indigentes zigzagueando por el extrarradio, la ausencia de los niños que fuimos, solos y aislados en ese terraplén de la nada y del hastío, 

[Y no me arrepiento] 

de los oscuros besos, antes dados detrás de los mármoles de la gran casa vecina, la recuerdas, la de los viejos adinerados a los que nunca vimos, cuánta sospecha cabe en la ausencia, porque si nada dice nada, quién asegura que haya vida, verdad, y tú tan mío en todo momento, tú que dejaste el bachillerato para ponerte a escribir, siguiendo el ejemplo de alguno de esos literatos que engullías cuando mi boca ya estaba rota de tanto besar. Ahora compartimos más que un pequeño cuarto en este barrio de la periferia, y esto que nos crece en el interior, aunque solo se abulte mi vientre, será tu obra maestra porque mi piel está colmada del tecleo de tus dedos que juegan a convertir mi barriga en un piano, jugando con notas musicales que desconoces, emulando músicas que no comprendes, inventos de la mente expectante. Mi vientre que se abulta, tu obra maestra.

Gracias por cuidar de mí. Con todo este susto me ha dado por recordar un montón de cosas que imaginé perdidas en el pasado, que daba por enterradas en alguno de esos laberintos mentales que tanto planteas en tus novelas. Hubo una noche en la clínica, tú dormido en el sillón que desprende ruidos con cada movimiento, y el resto era solo la oscuridad de la habitación y en todo eso me perdía, pronto por aburrimiento o hasta por el propio miedo, pero terminé pensando en ese río al que fuimos cuando nos hicimos novios, seguro que lo recuerdas porque hasta le has dado forma en una de tus obras, qué bello detalle ese de consignar en tus universos todo lo que una vez fue el nuestro. Y mientras recordaba iba sintiendo el azorado trajinar de las aguas sobre la palma de mi mano, y sentí tristeza porque la corriente arrastraba pedacitos de piedras que nunca más regresarían a casa, tus pies que descalzos resbalaban por las piedras, los pájaros entonando serenatas sobre nuestras cabezas, y yo con ganas de atraparlos y encerrarlos, aunque suene cruel, para que nuestro naciente noviazgo tuviese siempre ese sonidito de vida y naturaleza. Recordé todo desde mi cama, y me descubrí rezando calladita para que todo saliera bien, ves que sí sirven las oraciones, todo eso que tan escondido está en nosotros, Río, tú que por suerte comprimes y reflejas la escala en lo que escribes, pero qué puedo hacer yo si tantas asignaturas me sacan de lo que vale la pena, de lo nuestro. 

[Bye bye blues] 

A veces tú mirándome de soslayo como la miras a ella, a la página en blanco frente a ti, y mientras yo acaricio nuestra gran obra del vientre que se abulta, el 

[Bye bye blues] 

teléfono que rompe el silencio que iba creciendo entre nosotros. Y tú, Sí, soy yo. Yo atenta como siempre a tus palabras, a las que aprecio en sus distintas formas, Río, y tus gestos confundiéndome como el sillón que desprende ruidos con cada movimiento, y entonces tu gesto, Sí, soy yo. Eres tú, mi amor. Podría estar sola en un desierto, leyendo en cada gramo de arena el futuro de la literatura y aun así habría podido leer la curva de tus labios, ¡has ganado! Tu obra comienza a verse, mi esposo, hágase la luz para nuestra improvisada maqueta.

Por qué no hemos ido a ver al doctor, respóndeme, porque necesito que evalúe mi cuerpo que ya no crece como antes. Ven para que observes mi vientre de cerquita, por favor, mira que ya no se abulta, que ya nuestro niño no se alborota dentro de mí cuando te acercas y finges que tocas un piano, me preocupa todo esto, Río, porque quiero que sea un niño normal y feliz, y ha dejado de desarrollarse, creo, porque antes sentía sus leves palpitaciones y ahora solo hay silencio en las paredes de mi vientre. Sal un momento de tu novela, amor, dime que todo estará bien, necesito que me apoyes como siempre, incluso más porque ya no sé con qué pretexto pedirte que me lleves a ver al doctor y que sea él quien me diga que todo sigue el orden natural de las cosas, que estos procesos son así, que superado el primer trimestre cesa el ensanchamiento, no importa lo que diga, Río, pero solo con su diagnóstico me sentiré mejor. Eres capaz de imaginarnos sin él. Nunca clarearán días sin él, eso siento aquí en mi pecho que antes mordisqueabas cuando recorríamos los márgenes de la hacienda Robles, recuerdas, a pocos metros del inmenso pantano donde descansan los cadáveres de cientos de patos, aquí en mi pecho que una vez abofeteaste en la excitación, aquí donde no hay mundo si la barriga deja de crecer.

Me han condenado a esta voluntad del vacío, no tú, ese doctor que a la distancia me ha receptado el más absoluto de los reposos. No entiendo por qué no pude ir contigo, Río, así como tampoco puedo comprender la absurda receta que se me impone a la distancia. Mi único consuelo es la ventana donde las farolas palidecen despacio y de pronto estoy de nuevo en la casa junto a mi padre que se retuerce en ataques de tos mientras afuera, con estas mismas farolas que ahora pierden su luz, los perros guardianes chillan a una oscuridad que da miedo.

[Y de repente un ángel] 

Y de repente tú que te acercas a mí, por fin libre de las cartas y la felicitaciones por los éxitos que nos caen encima como ladrillos rotos, y tienes un regalo que extiendes hacia mí, y de repente tú, Es para ti, para que no te aburras tanto en este reposo. El trayecto de la habitación a la sala se comprime en esta caja con adornos geométricos y que al abrir, un ojo de cristal se ensancha frente a mi cara. Quiero agradecerte el detalle pero últimamente no quiero decir nada, si mi interior es silencio que todo lo sea. Pero me atacas, pues aunque nadie acepte tal cosa, el silencio molesta, tú que ya no me oyes. Te quiero.

Mi vientre no crece pero tengo un dolor de muelas que me incendia los tobillos. Es raro sentarse en esta banqueta y ver pasar las almas sin cuerpos que atraviesan la calle como caballos desbocados; me abraza la sensación de que solo yo puedo ver las ánimas entrechocándose, solo yo y nadie más, ni el hijo que ha dejado de desarrollarse ni este marido mío que ya casi deja de existir para mí, del silencio y la sombra que nada florecen, y que solo bulle de esa nada que es su escritura cuando enseño estas pequeñas fotos como pruebas de vida. Una foto por cada segundo de silencio en mi cuerpo. Una foto por cada minuto de desocupación en mi cuerpo. Una foto por cada hora que de tu oficio con mujeres que no son yo. Vuelvo mi rostro al cielo cambiante, escucho unos vasos que caen y se rompen y me alarmo porque mi dominio es el silencio al que agradezco 

[El amor se ha vuelto malo] 

por los recuerdos que se lleva el viento. Y yo que sin razón insisto en enseñar las fotos de mi marido a quien pasea estas mañanas por la calle de mi íntima desgracia. En la esquina me esperan dos muchachitos a los que provoca besar porque solo me miran, como si yo fuese una ciudad sombría y suave. Y cuando por fin estoy frente a ellos, extender las fotos es la cura al sufrimiento que soporto. Uno de ellos, posiblemente tú, me mira confundido. Soy yo que siento en el mundo una urgencia por testimonios de vida, mi marido vive, y no solo eso, trabaja en una obra maestra. Y entonces extiendo una foto, el amor se ha vuelto malo, ha dejado de crecer en mi vientre.