Extracto de Puta Cola de Minerva Reyes



El Paquete


Cuando se juró a sí misma, que jamás en su vida haría una cola para comprar un carajo, lo dijo en serio y se lo creyó muy firmemente. “Nooooo, mana, yo no me calo esa verga, si no hay café tomo agua de papelón, si no hay harina pan pues comeré yuca. El carajito que tome agua de espagueti y si no hay pañales… no joda, le envolveré el rabo con una bolsa plástica y se acabó ese peo”. Eso decía ella.

La cosa fue que con el pasar de los días, ya cansada de comer yuca, aburrida del agua de papelón, y con la angustia que estaba viviendo entre el llanto arrecho y el mierdero descontrolado del carajito, Karla hizo el juramento ante su orisha con la finalidad de reafirmarse en su propósito inicial de jamás hacer una cola. Fue así como le dijo a su santo: “Que no, que no haré una sola cola en toda mi existencia, por la vida mía te lo prometo mi orisha querido, yo una cola, jamás, primero muerta y enterrada.” 

Entonces pasaron los días, y ella necesito muchas cosas que sólo estuvieron al alcance de las interminables filas, pero se resistió a caer en la humillación de formarse como una vaca tras la manada. Además, recordó su promesa, y supo que no tenía opción alguna, que así quisiera, que así la embargara la más ruda necesidad y deseara echar a un lado sus principios y su orgullo, ella no tendría pañales, no tendría café, no tendría harina pan, no tendría toallas sanitarias, ni jabón, ni detergente, ni azúcar, ni sal… Fue así como finalmente su despensa hoy en día, y hasta expuso un par de chistes y una que otra receta de cocina, hasta que finalmente estuvo como de quinto en aquella cola infinita como un infierno. “Ya van a abrir”, gritaron otra vez, y en esta ocasión era verdad pues apenas faltaban diez minutos para que fueran las dos y media, así que ya estaban sonando los candados. En ese instante fue que Silverio se acopló a la multitud, procuró anexarse, adherirse, pegarse a la piel del monstruo justo en aquel privilegiado quinto puesto triunfador en el cual, con seguridad, según él, lograría su objetivo velozmente sin sudar ni sufrir casi nada. Con lo que no contó Silverio fue con los múltiples ojos de la bestia, con sus decenas de brazos, con sus miles de dientes, y con la rabia gigantesca que tenía horas fraguándose, bajo aquel implacable sol, que aquel medio día de la muerte de Silverio, había estado como para freír huevos.