Extracto de Selva Dentro




XVIII.


Los relámpagos azotaban el cielo, esa tarde, cuando Cefina regresó a su vivienda desierta. Posiblemente le vino otra fiebre porque las palmas de sus manos ardían y apenas lograba sujetar la frazada donde acurrucaba al niño. Tan pronto se acostó en la hamaca el filo del dolor le recorrió úlceras, electrizó su piel e infringió la tortura de un verdugo. 

Su cuerpo se evaporaba junto con el rugido de la tormenta. En la vaguedad de un instante, la agonía que resquebrajaba sus huesos la apartó de su existencia. Se observó en lo alto de una planicie, árida y habitada por la desolación. Desde allí, pudo contemplar la selva entera y escuchar al mundo rugir. Le fue imposible discernir si las imágenes que quebrantaban su entendimiento se debían al encuentro con el tormento de su soledad, o bien, era su imaginación jugándole tretas y mofándose de su vida. Deseaba salir de allí, abandonar lo alto de esa montaña, viva o muerta, no importaba, con tal de no sentir la punzada que la laceraba. El dolor, no sólo era de ella y la sobrepasaba. 

Giraba dentro de una espiral que arrasó las cimas de las montañas y quemaba las vertientes. Una sombra, una mujer, o una fiera, sujetaba con los colmillos el cuerpo de un recién nacido. Lo llevaba envuelto en una manta de neblina, volando sobre la copa de los árboles. Cefina, sopló para despejar el manto blanco y la borrasca. No escuchó llantos ni quejidos. Sintió cómo su voz rodaba al abismo, para unirse al rugir del mundo. El desconcierto se transformó en pánico, y la furia en incontenible dolor. Vísceras y cartílagos descostraban la carcasa de su cuerpo y lágrimas de sal convertían las aguas en mantos ardientes para quemarla. Moría en vida, aunque fuese una pesadilla, y moría despierta, descuartizada, como las reses rígidas que colgaban de los ganchos en el mercado. Intentó recuperar aliento al momento que los truenos la sacudían de vuelta a la tierra. Las nubes que encapotaban el cielo la dejaron caer en lo Amazonas, era preferible a las sensaciones que ella indagaba en lo más profundo de su ser. Cualquier otra cosa, menos confrontar esta forma, nueva y aterradora, que tomaba su soledad. Mejor la amenaza de monstruos feroces a esta sombra inerte; ¿por qué cambió? “Despierta mi bien; mira, vamos a jugá’, ¿te acuerdas? No tengas miedo, ven pa’ cá, no te asustes. Tengo tu cunita entre las bromelias. Iremos hasta la cueva de María Lionza; tú verás…” 

Dormida o despierta, daba igual; su soledad la retaba, en cada uno de sus pensamientos y con cada respiro. La invisible compañera de juegos con quien solía sonreír, ahora se parecía demasiado a un insoportable dolor. Era oscura, y la escuchaba gemir. Si juntas miraron motas de luz filtrar por las copas de las caobas, esta vez se quedaba agazapada en la oscuridad. Era una sombra, de esas que se esconden para hacerse notar, y no se van, ansiando ser salvada. Cefina se la figuraba como un animal desamparado, con tanto miedo a que la vean o ser tocada, que no puede hacer otra cosa que padecer y sufrir. “¿Cómo será tu carita? Chito callito, chito callaíto, ya no lloras; está bien así. Los animalitos me lo dirán porque ven en la oscuridá’, ¿no es verdá?”