MUERTE EN EL METRO de Gusmar Sosa #YOCUENTOUNCUENTO




Yo quería escribir un cuento sobre la vida. Como mis primeros cuentos. Mis primeros cuentos fueron vainas rosas, ya sabes, historias aleccionadoras; finales felices y esperanzadores. 

Mis primeros cuentos no eran cuentos, pero me gustaban. Los leía y me enamoraba de mí mismo. Y encima justificaba soberana estupidez con argumentos como que ser escritor es ser ególatras y que si no amamos nuestras creaciones literarias, entonces qué coño´e la madre hacíamos haciendo lo que hacemos. Sí, yo era un escritor parte de un círculo de escritores tan desconocidos como yo, pero tan escritores como yo. Y yo era una bestia en plural, así que nosotros éramos parte de un círculo de escritores desconocidos porque la vida es injusta, pero vida al fin y pronto todo cambiaría porque la vida no puede ser injusta toda la vida.

Yo quería ser iluso de nuevo y escribir divorciado de mi realidad, que es la misma de antes pero que ahora veo con otros ojos. Así que ahora mi yo es totalmente singular. Ya no soy parte de ningún círculo y no quiero serlo. Preferí retirarme, por dignidad. Si hoy escribo de nuevo—y solo hoy, no joda, te lo juro que solo hoy—es porque mis dedos están que vomitan. Esa sed endemoniada que no es sed, porque la sed te aprisiona por dentro y te hace sentir que serás liberado del secuestro únicamente si introduces a través de tu boca el líquido vital, el agua. Pero esta sed endemoniada no es sed, porque te mantiene secuestrado y no te suelta hasta que vomitas al otro. Y el otro es ese escondido dentro de ti—el que te tiene secuestrado—que grita que tiene algo para decir. 

Yo iba en el metro cuando fui secuestrado. De un golpe lo escuché, casi que un quieto ahí esto es un secuestro. Con tono malandro y todo. Arrebatado. Arrecho. Hizo un disparo a quemarropa, por si las dudas. Que hablo en serio, no joda, dijo el secuestrador. No en el metro, no te confundas mi brother. Es decir, sí en el metro pero no en el vagón. A vaina, que también en el vagón pero no afuera sino adentro. Adentro de mí. Me secuestró con una amenaza. O vomitas esta historia o seré el otro dentro de ti, que ya no eres tú sino otro, el otro que ya no soy yo sino otro también. Y ahí se le escapa otro disparo, por si no me quedó claro. Y el disparo tenía cuerpo color verde, con una mancha blanca; una manchita, casi imperceptible. Yo no habría notada la manchita si el disparo no hubiera sido a quemarropa. El cuerpo era un par de ojos, verdes con un brillo mágico. Y cuando digo mágico no hablo de fantasías, sino de magia negra. No sé qué carajos es exactamente la magia negra, pero si es negra no es blanca. Y si no es blanca no es buena. Así lo determinan los prejuicios y si algo he aprendido en los últimos años es que yo soy un saco de prejuicios. Aunque el otro yo—el que era un nosotros—era muy estúpido para admitirlo. Pero lo admite hoy. Así que supongo que ya no es el mismo otro, tal como lo aclaró en su amenaza. Y la magia no fue buena porque invocó al secuestrador.

Prosigo y dejo en paz a mi yo, mi otro yo y el otro yo de mi otro yo. Por cierto, jamás habría aceptado ese tonto escritor rosa que tantos yoes ocuparan sus cuentos. 

Dentro de mí se escribía un cuento, ahí en el metro, ahí frente al par de ojos verdes. No estaban solos, una montañita, más bien un cerro muy disimulado colgaba debajo de ellos, y más abajo una luna roja de cachito. Todo el universo frente a mí, con un abismo incluido. Y como todo descubrimiento de universos y abismos, con una sensación de no saber quién soy y dónde estoy. 

¿Qué más puedo contarte? Me casé con la chica para intentar engañar al secuestrador. Pero no resultó. Mi imaginación nunca ha sido tan poderosa. Y entonces la agonía comenzó a crecer. La agonía tiene tamaño para mí; para otros tiene volumen y este va aumentando, para mí va creciendo. Como una montaña, no como un cerro delicado y lleno de gracia como la nariz de la chica. Aunque tampoco como sus senos que me apuntaban a mí y a todos mis yoes. Y ahí, en ese instante, cuando la voz de la mujer invisible del metro dijo “estación Bellas Artes” quise escribir un cuento rosa y enviártelo. 

Habría dicho: la vida es como un metro, va hacia una sola dirección. Si logras mantener tus ojos abiertos podrás descubrir cuál es la estación, dónde te espera la felicidad...

Y mi cuento habría continuado contando—porque los cuentos cuentan—cada incidente que me llevó hacia un final feliz. Pero no hubo tal final. Si ya con el secuestro la vaina se había complicado, la muerte llegó para borrar mi cuento antes de escribirlo. Hubo una muerte en el metro. Escuché la detonación. No te confundas, ahora me refiero a una detonación real. Tan real como el secuestro dentro de mí. Real que todo el mundo escuchó. Un disparo de verdad para los demás. Una muerte de verdad para los demás. Porque si algo nos enseñó la postmodernidad es que mi ficción es tan real como la tuya, bro. Pero la modernidad sigue reinando y entonces mi ficción es tan real como la tuya, pero corro el riesgo de que tú no la legitimes en tu sistema. 

En fin, no voy a enredarte con mis estupideces filosóficas. El asunto es que todos en el metro escucharon la detonación porque todos en el metro se echaron al piso. Todos mis yoes también escucharon, pero me quedé de pie y vi un muchachito corriendo mientras la multitud fuera del vagón le abría paso. Me llamarás racista, primero por lo de la magia negra—no tengo culpa, todo el mundo sabe que la magia negra no es buena— y después por esto: el muchachito era negro. No es una invención mía, es solo casualidad. Negro como la noche, como la magia que invocó a mi secuestrador, negro como el cabello lacio y largo de la chica. Que también cayó sobre el suelo del metro. Todos se levantaron. Lo creas o no, el metro cerró las puertas y la chica invisible hizo un anuncio. La chica invisible se enteró tarde del disparo, cuando ya nos acercábamos a la otra estación. 

Antes de su anuncio, mucho antes de que se cerrasen las puertas y el metro arrancase, yo ya lo había descubierto. Todos estaban de pie menos ella. Entonces dime tú una vaina mi brother, ¿cómo coño escribo un cuento como mis primeros cuentos si apenas el iluso aparece y me secuestra un disparo suena y me mata?