Trópico inmigrante: No estoy al norte.

Trópico inmigrante: No estoy al norte.

Gabriel García 

¿Quién me pregunta si existo?
Hay una barca abandonada a orillas del mes de agosto.
Vicente Gerbasi.



Cuarenta y ocho horas después de mi 31 de mayo aún me golpea en los tímpanos el cumpleaños feliz abreviado del sur. Dos cumplenacimientos después sigo sintiendo igual el frío carcome huesos de la capital Argentina, ventarrón de hielo, brisa nevada que viene no sé de dónde y me felicita por haber llegado al mundo, enmantillado, lleno de manteca embrional.

Desde Venezuela me llegan los ecos de los felices, de los que cumplas más y los buenos augurios que no me dicen por no empavar mi buena fortuna, aun así, los sentí en la madrugada del primero de Junio cuando al otoño se le ocurrió bajar un grado por cada hoja crujiente que tocó el suelo, algunos augurios son bienintencionados, otros son regañadientes, porque aún hay quien piensa que dejar la patria es dejarla dos veces, como si uno se desprendiera limpito y sin marcas en la frente de tanta patria, bandera y frontera.

Digamos que ésta es mi primera queja, sigo cumpliendo años con mi nacionalidad, que no es lo mismo cumplir años por nacimiento. Tengo veinticinco años de venezolanidad corrupta y aplicada, me sé el himno y lo canto mientras duermo a la par de dos turpiales que se posan en mi ventana y mueren de miedo y de hambre porque escaparon de mi patria y no quisieron regresar.

<<Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada…>>

La cotidianidad cada vez es más robusta, intranquila, las rutinas planificadas, forzadas, son peores que las rutinas fluidas las de así es la vida, esto me tocó. Cuarenta y cinco minutos de viaje al mercado central mirando la ventana, cuarenta y cinco minutos de viaje de regreso mirando a la vieja porteña que se queja de la luz y del boleto de colectivo que aumentó dos pesos y del hijo que es un pelotudo (huevón en perfecto venezolanismo) porque se fue con una mina (culito) y dejó los estudios a la mitad. Vaya crisis, los pollos que llevo se derriten y mis padres racionan el pollo de mercal.

Pero no todo es malo, uno tiene las hojas que se pisan para acabar con su agonía, uno tiene tango en las esquinas y rateritos que se aprovechan de los turistas que aplauden a los bailarines mientras dan dos vueltas al ritmo de Volver.


A mí me gusta este país, pero no es el mío, yo le doy gracias a este país, pero no se parece al mío, soy una balsa que naufragó al sur y después no se quiso devolver, por eso encallé ensimismado en la patria que traje por dentro.