Paisaje interior (El Gris) por José Antonio Morales

PAISAJE INTERIOR
(EL GRIS)


Me propongo a narrar otro perfil del momento. Trataré de contrastar mi relato con dos personas, una, traída a colación por la literatura, otra, conocida realmente. Michael Sullivan es un sujeto rubio de apariencia tranquila (hijo James Patterson). Mary, es una rubia regordeta formada en la doctrina de Cristo. También se ve apacible por fuera (es vecina del edificio donde vivo). El padre de Michael es carnicero. El padre de Mary regenta un botiquín. Los perfiles internos cargan la tara de nuestros ancestros. Me siento fuerte cuando el sol pega sobre mi cuerpo gris pero estoy aburrido. Quiero estimularme para ustedes. Pero antes, uno de ellos debe agarrarme y guiarme con fuerza hacia cuerpos detestables. Los afectos se esfumaron. Michael es buscado y Mary también.

Michael tiene constantes pesadillas con su padre. Mike, siempre recuerda cuando una tarde, su padre lo increpó: –Siéntate y escúchame bien–. Tú no vas a decir nada, sabes el daño que puedo llegar a hacerte–le dijo– estrujando sus rodillas hasta que salieron lágrimas de sus ojos. De allí viene todo lo que hablo.

Entonces, el padre se le acercó, lo besó en la boca y tocó donde no debió. Bueno, al menos esa sensación me la pasaron a mí, que vivo colgado en la pared de la sala esperando otra víctima por venir.  La gente lucha contra la culpa y la vergüenza, parecen tontos.

El padre de Mary se la lleva para el botiquín buscando que lo ayude a vender cervezas con tan solo trece años, un numero infausto a ojos de chamanes supersticiosos. Mary, una noche vio que dos mujeres se sentaron en las piernas de su padre. Quedó enmudecida. Su madre la había chantajeado: –Si no me dices lo que hace tu papá en el bar por las noches, juro que te caeré a palos con un cable, te sacaré desnuda a la calle y te dejaré días enteros pasando hambre a escondidas de tu padre. Tampoco creas que te vas estudiar para Abogado –espetó la vieja enardecida– esa gente no tiene corazón. Vas a ser maestra como yo y punto.

La frialdad de esas reprimendas se fueron clavando en mi filoso cuerpo. Llegó la hora:

–Te doy mil dólares –le dijo Sullivan a una guapa– las condiciones las pones tú, el hotel también lo eliges tú. Así les decía a todas.

La hembra llamada Sherry aceptó. Después de tirársela, por alguna razón, Sullivan no le hizo falta los mil dólares. Pero sí le mostró la colección de fotos con otras pibas hermosas, amarradas y degolladas por haber cantado a los poli los rasgos físicos de Mike. Sullivan, probablemente a traspasó con su bisturí. Como lo hizo con tantas nenitas inocentes que se conseguía en tabernas.

Estoy habituado a meterme en la carne, cerca de tráqueas, costillas, muslos, ojos, bolas y también al ladito de la vena Orta. Luego, me lavan y a la pared o al gabetero. Mi papá violó a muchas guapas.

Mary, primero se graduó de maestra complaciendo los designios de su mamá, tuvo dos hijos igual que Michael Sullivan. Ambos ya frisaron la adultez y cargan bien gravadas las huellas internas. Ya sabemos que mi padrastro Sullivan es buen asesino. No he contado la forma nueva de matar por parte de Mary mi madrastra quien no es culpable. Toda creencia tiene la culpa. Todo cuerpo tiene derecho a la culpa sólo cuando no se percata de las huellas conculcadas que fenecen con el paso de otras generaciones. La psicología repudia la culpa porque es el grillete del avance. Un hijo de Mary, es amante del color gris: zapatos, ropa, calcetines, franelas, relojes, es todo de gris como el cielo de esas provincias que viven del barro sarnoso de sus ancestros evocándolos hasta el vértigo. Tal vez sea una forma de protesta contra su madre, ya que el gris, le dijo una tarde: –Por favor, madre, yo quiero estudiar en la capital –pidió– quiero ir a la escuela de artes plásticas. ¡Mándame!

Mary no le gustan esas cosas. Piensa que son cosas de holgazanes sin nada de aporte a la vida cristiana.
–¿Qué cosa? –Respondió ella– ¿Artes plásticas? Yo no sé de dónde te nacen esas loqueras, muchacho. Yo tuve que graduarme de maestra y después de abogado, pidiendo cola en camiones y gandolas. Así que póngase usted a estudiar educación pa’ que aprenda a hacer sacrificios en la vida.

¡Madre mierda! Las sensaciones malditas están aquí. La soledad ha devastado mi cándido palacio de ilusiones, estoy perdido no ante todos sino ante mí mismo. Las peores batallas son con uno mismo. Qué medianía seguir el ejemplo de los demás. Estamos acabados, una plaga indemne nos ha tragado y vomitado como le ha dado la puta gana. No puedo bajarme de esta pared. No puedo darle a una yupi nenita sus caprichos y un sinfín de esa bastarda y putañesca generosidad que los estúpidos marxologos llaman sacrosanta burguesía. Soy un fragmento de vida gris que rosa otras vidas grises acompañado de foticos en la pared            –pensé colgado– poner a los tuyos a repetir lo mismo que te hizo la vieja. Es una insensatez. ¡Ayúdame, Mike, ayúdame!

Sullivan viajó a Italia con su beretta y su bisturí. ¡Así es que me gusta, papá!
Le metió una bala a  su víctima en la rodilla: –¡Por favor, déjeme vivir!– suplicó la víctima.
Mientras cojeaba Sullivan le dijo que la vida es el peor síntoma de la existencia. Un estorbo. Pensó en los dólares que le dieron por el trabajo. Silbó y soltó unas carcajadas.
 Sacó el bisturí para trabajar su garganta y cara: ¡Zuas!  Tomó fotos de su víctima para su preciada colección particular. Mary, también tiene su colección de matrimonios y muchas causas judiciales como abogado de orgullo mostrar. La madre de Mary, ya vieja senil, se la pasaba blasfemando de sus hijos, Mary tenía el ranquin de la peor, por encubrir y no confesarle aquellos días lo que su marido hacía con esas mujerzuelas sentadas en las piernas. Los hermanos de Mary las detestan. Viven enemistados. Claro está que la madre se encargó de ello durante largos años diciéndoles lo peor de Mary: mala hija, mala madre, mala esposa, mala profesora… entonces, Mary no merece vivir según todos ellos. ¡Vamos Sullivan, muéstrame el camino! ¡Terminemos con esto! Colgado en la pared siento siempre las mismas sensaciones que esos seres se forman con sus enseñas: labia y encanto superficial/ necesidad de estimulación constante/ tendencia al aburrimiento/ falta de remordimiento y sentimiento de culpa/ respuesta emocional superficial/ total falta de empatía/ nunca he tenido lucha alguna con la vergüenza/ no sé qué significa esa cosa/…..sólo quiero entrar en calor…

Sullivan vuelve a contrastar. Como dije al comienzo. Maggione era jefe de la mafia en Brooklyn antes que mi padre Mike lo ultimase. Me siento acalorado con él.
Padre Mike lo montó en su vehículo y lo paseó por las calles mientras el mafioso le dijo que era un lunático:
–Mira, no voy a discutir contigo mi estado mental –le dijo Sullivan– soy un asesino a sueldo. He matado a cincuenta y ocho personas. ¡Qué emocionante!
–Cortas a la gente en pedacitos –respondió Maggione– eres una amenaza descontrolada, un chiflado. Mataste a un amigo mío.
El mafioso quiso decirle que poco importaba cómo se siente Sullivan de sus actos, mientras que el filoso cuchillo se clavó en el estómago de Maggione en tanto que mi padre Sullivan lo despedía: –Eso, de aperitivo, no he hecho más que empezar a entrar en calor.  
¿Y el sentimiento de culpa qué…..? –Me pregunté reiteradamente. Creo entender que Mike y Mary son como mis padres, con ellos he confabulado éste triunvirato de frialdad inhumana. La culpa no tiene espacio en mi corazón. Que se mueran todos. Total, lo que hago me hace entrar en calor. ¿Verdad, Sullivan? Sí, hijo mío. Es verdad. Terminemos con esto. ¡Muévete! ¡Bájate de esa maldita pared!
Madre Mary anda con sus amigas de rumba. Sus amigas creen que es lo mejor conmigo que me la paso colgado a su pared donde ella quiso y no la que yo deseaba. Mary entró, carga en sus manos un paquete oloroso en cuyo interior un pollo me traía: –toma, hijito gris –me dijo– tu madre aunque de bonche siempre se acuerda de ti.
Las amigas, otras viejas simplistas y superficiales decían que madre como Mary no hay.
Una de ellas trató de agarrarme. Me caí a propósito de la pared. Cuando me sacó del estuche de cuero quiso acariciarme y con mi hebra filosa la corté sin piedad: –¡Ay! –Gritó– qué le pasa el loco gris de tu hijo. Me cortaste, maldito.


Con tal imprecación el espíritu de Michael Sullivan (Padrastro) me descontroló y comencé a recorrer todos esos amorfos cuerpos: gargantas, tráqueas, muslos, ojos, costillas, vaginas… y al final, como soy presa de lo que ellos me enseñaron, me abalancé queriendo contra el cuerpo de Mary cayendo de bruces en su pecho. Me importa un bledo el bienestar ajeno.
Luego, Sullivan hizo una reverencia, se acercó y me sacó del pecho de mi madre y antes de irse a matar a sus hijos y esposa me agarró por el mango y me lanzó contra un libro en cuya portada se leía: «La máscara de la cordura. Hervey  Cleckley».   
Pensé que con el tiempo sólo se agravan las heridas de la psique. ¡Qué emoción! Al día siguiente gané fama en la prensa: «asesino serial mata a su madre junto a sus amigas y se dio a la fuga».  Semanas después los medios de comunicación dieron la novedad mortuoria: Tres maestras fueron brutalmente asesinadas por un sujeto cuyo paradero se desconoce.
Mandé una misma carta a las madres que a mis amigos le habían jodido la vida: «Hola, sé que tu hijo hizo forzado todo lo mismo que te enseñaron tus padres. Por ello pronto me meteré en tu garganta un filo preciado para vengarme. Yo no quería hacerles daño. Solo quería matarlas..." “El gris”

Por: José Antonio Morales
(Vautrin…. Desde el infierno)
Zaraza- 16 de abril del año 2016

1:30 am, sin luz ni esperanzas