De bruces en lontananza por Marcos Penott



De bruces en lontananza

Marcos Penott

Cayeron de golpe y en armonía, como partículas férreas danzantes, próximas a un cuerpo casi magnético. Absorto, inmóvil; detenido en la fracción de tiempo que ningún reloj anuncia. Urgidos corrían mis ojos repletos de ambages visuales que figuraban el afán de no obviar ni un espacio. Y entre un seco desprecio a toda razón y un vahído de consciente arribo, mi valor abocinó junto a sus prendas. 



Lo que solía denominar voluntad, se desvanecía como pequeños granos de arena desprendidos en el aire tras su ósculo sutil sobre la superficie. Parecía enajenado de cuerpo, exiliado de sentidos, atado a una silla donde los anhelos hacen prueba de debilidad y ejercicio de ansiado infortunio, macerado en un trance de desdichada ventura. Vibrante emoción me abatía dentro; erizaba mi humanidad.



De prieta perfección, resplandecía su tez intacta ante mí. Un olor que enceguecía, una vista que salivaba, un silencio sin tacto sobre alaridos que rozan. Prisionero de la carne, uñas, y de la calidez carmesí que las ciñen; de los fluidos escondidos en la complacencia de un instante confabulado; del deseo de suela. 



No me detendría. Sus oídos querían conversar conmigo, y después de todo, yo también. Entregado a su narcótico, fundimos en temblores y deslices a manos entretejidas, ojos entornados y labios inquietos. Un relámpago asomó por la ventana como presagio de fusión sublime. 



Un susurro sombrío de piano, una tenue luz de vela. Dulce aleación.