Éskhatos Una teología de la eterna esperanza






Prefacio

Una escatología con un Dios sin futuro y una esperanza sin la Tierra, engendra un ateísmo que espera por un mañana sin Dios. Cristo, el Todopoderoso, es el Señor de toda la creación, y no sólo de un grupo de hombres. Una escatología de la esperanza que excluye una esperanza para la creación, sólo crea ateísmo como esperanza para la Tierra. Una «esperanza-redención» donde se incluye no solo al hombre sino también a la creación buena de Dios, es la que veo evidenciada en toda la Escritura. Una escatología sin ésta fórmula es –posiblemente– una ficción. 


Se preguntará el lector por qué estoy hablando de creación, redención y esperanza en un texto sobre escatología, si la misma es el estudio sobre las cosas futuras y el «fin del mundo». Pues yo pregunto al lector ¿cómo podemos concebir el futuro, sin pensar en la redención del hombre y de la creación? Redención y esperanza que solamente obtenemos de la única Fuente: Jesucristo. Cristo trae la libertad que cambia al mundo. Únicamente el eterno recuerdo del Cristo crucificado, es el que libera a los hombres del poder de las situaciones presentes y de las leyes y coacciones de la historia, abriéndoles a un futuro que no volverá a oscurecerse.


Por esto, la Iglesia cristiana no puede alienarse de Cristo si quiere mostrar la esperanza, pues la única y verdadera esperanza está radicada en Jesús. Si ella se divide y se convierte en cómplice de la opresión en medio de una sociedad en las mismas condiciones, esto es evidencia de que su realidad es completamente otra con respecto a Cristo, y éste mismo se vuelve un extraño para ella. Ella viene a ser una ilusión, pues solo Cristo da existencia a la Iglesia, y por consiguiente a la esperanza que está pretenda proclamar. Para mí, la Iglesia y la teología cristiana adquieren importancia de cara a los problemas del mundo moderno únicamente revelando su conexión e identidad con Cristo. Entiéndase que al decir «teología» esto incluye a la escatología como parte de esta. En el Jesús crucificado está: o el fin de toda teología, o marca el comienzo de una teología y una existencia específicamente cristiana. En el Jesús resucitado (que no va separado del crucificado) está la plenitud de la esperanza única cristiana. Entonces, es importante entender esto querido lector: la esperanza está irrevocablemente ligada a Cristo. Un cristianismo no puede pretender brindar esperanza presente y futura, si ha perdido su identidad con el Crucificado.

No se puede negar que en el Nuevo Testamento se encuentren visiones respecto del futuro y que las crisis de la historia puedan desembocar en un fin dramático. Pero en ninguna parte del mismo se afirma que el «fin del mundo» es la causa de la segunda venida de Cristo, sino al contrario: la segunda venida de Cristo realiza para el mundo el fin de la calamidad y la persecución; es decir, la plenitud de la esperanza. Entonces, ¿cómo una iglesia o una teología que no tiene identidad en Cristo, puede pretender proclamar esperanza? Sencillamente no puede.

La escatología no es la simple doctrina de las cosas últimas, de acontecimientos que sucederán al final de los tiempos y que no tienen conexión con la vida cristiana actual, ni mucho menos del «fin del mundo» y cómo sucederá. La escatología es la doctrina de la esperanza cristiana que implica tanto lo esperado como el aguardar vivificado por lo que se espera. Y lo esperado, es el futuro que comenzó con el acontecimiento histórico de la muerte y resurrección de Cristo y será pleno en Su regreso. Es una esperanza que entra en contradicción con el sufrimiento y todas las negatividades de la historia humana. El acontecimiento clave escatológico más grande de la historia no se encuentra en el futuro sino en el pasado, debido a que Cristo ha logrado en el pasado una victoria decisiva sobre Satanás, el pecado y la muerte. Los sucesos escatológicos futuros deben ser vistos como la culminación de un proceso salvífico que ya ha comenzado. Lo que sucederá en el último día, en otras palabras, no será sino la culminación de lo que ya ha estado sucediendo en estos días postreros. Recordemos bajo esta concepción las palabras del ilustre filósofo danés Søren Kierkegaard, «la vida sólo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero ha de ser vivida mirando hacia adelante».

Definitivamente, la esperanza de la fe cristiana es la esperanza en la resurrección de Cristo. Esperanza y fe van tomadas de la mano, y solamente con ellas dos encontramos no solo consuelo en el sufrimiento, sino también la divina promesa de restauración. Todas las cosas deberían ser vistas desde una perspectiva escatológica, mirando hacia los días cuando Cristo haga todas las cosas nuevas; y que esto suceda, es mi objetivo principal para escribir las siguientes páginas. Por tanto, una correcta teología debería ser construida a la luz del objetivo final. Como autor, quiero invitarte lector a que veas que la escatología no debería ser el final, sino el comienzo. Por esto, es con gratitud que miramos hacia atrás para ver la obra completa y la victoria decisiva de Jesucristo. Y de igual forma, te invito a que miremos hacia el futuro con gran anticipación a la segunda venida de Cristo, cuando Él introducirá la fase final de Su reino glorioso, y completará la buena obra que ha comenzado en nosotros.

El estudio que por fin ofrezco al público ha sido precedido por un cierto número de ediciones que he venido corrigiendo y desarrollando en los últimos años. He llamado a este escrito: «Eskhatos: Una Teología de la Eterna Esperanza» debido a que presento una perspectiva teológica con una base escatológica, y me enfoco –influenciado por los Padres de la Iglesia, la Iglesia Ortodoxa, y sirviéndome muchísimo de las obras de teólogos europeos y en especial alemanes– en la esperanza que trae la resurrección.

Finalmente, no puedo imponer a mis lectores y críticos la forma de entender mi libro. Quisiera sin embargo, pedir un favor a ellos. Ruego, ante todo, a mis lectores que no tomen este libro, como quizá desearían hacerlo, como una simple obra típica y común sobre escatología; o al menos no lo hagan sin haber leído la obra entera. A los críticos quisiera pedirles no rechazar sin más mis argumentos. Espero, sobre todo, que no me encasillen en esta o aquella tendencia o postura, posiblemente condenada a priori, y que no me acusen por quizá no suscribirme con mi libro a alguna escuela antigua o moderna específica. Si examinan mi libro desde las distintas tendencias teológicas es probable que ninguna quede satisfecha. Por último, mi intención no es persuadir necesariamente el pensamiento del lector, como tampoco pretendo tener la decisión final y absoluta en los temas contenidos en este libro; sino más bien, llevar a la reflexión y análisis de los mismos.

Jorge Ostos, Junio de 2016
Maracay, Venezuela