¡TOC! ¡TOC! ¡TOC! Por Edgar Aguilarte Goncalves



¡TOC! ¡TOC! ¡TOC!

Por Edgar Aguilarte Goncalves



Lewis estaba en el sofá blanco de la sala, inerte, con la mirada perdida, su ropa rasgada, con heridas en el rostro y el cuello. A un lado, se encontraba su gran amigo Samuel, inmóvil, tranquilo, pero aún el calor recorría su interior.

El nervioso Lewis no creía lo que acababan de hacer, aletargado, había perdido la noción del tiempo y el espacio. Samuel trataba de justificar los hechos. No hablaban entre sí, solo pensaban, en un silencio tan profundo que permitía escuchar el más mínimo sonido a su alrededor.

¡TOC! ¡TOC! ¡TOC!, sonó la puerta acompañada de un — ¿Todo está bien? ¿Están bien? ¡Voy a llamar a la policía! —, — No llames a nadie, estamos bien, estamos bien —, dijo Lewis alzando la voz con dificultad. Siguieron llamando a la puerta por algún tiempo más. Al salir de su trance, miró a su amigo y lo interrogó — ¿Qué acabamos de hacer? ¡Dios mío! ¿Qué hicimos? —, — Justo lo que teníamos que hacer —, dijo Samuel.

— ¿Me vas a decir que no disfrutaste ver su cara de terror? No te hagas el inocente, sabes muy bien que deseabas vengarte —, prosiguió. — Pues, bueno, sí quería, pero no pensé que sería así. ¡No quiero ir a la cárcel! ¿Tú sabes lo que hacen en las cárceles de aquí? ¡Me van a descuartizar vivo! —, gritó Lewis mientras caminaba de un lado a otro agarrándose la cara.

Volvieron a quedar en silencio, pero se hacía más incómodo con el pasar de los segundos. Cada pequeño ruido que escuchaban intensificaba su paranoia, sabían que vendrían por ellos en cualquier momento. Lewis se dirigió a su habitación y pasando sobre un charco de sangre logró sacar algo de la mesa de noche.

— ¿Para qué carajos te vas a tomar esas pastillas? ¿Te vas a suicidar? Tenemos opciones más eficientes que esa —, espetó Samuel. — Son para los nervios, no logro calmarme. Yo sabía que no debía dejar la terapia, esto iba a pasar —, dijo Lewis. — ¡NO! —, gritó Samuel. — Esa Doctora nos hacía mal, además, la traición se paga con sangre, siempre ha sido así amigo Lewis—, añadió.

En la mente de Lewis se libraba una batalla, por una parte sentía gran satisfacción pero por la otra un inconmensurable sentimiento de culpa y miedo. Samuel, en cambio, sin remordimiento alguno, tenía la convicción de haber ayudado a su amigo a hacer lo correcto.

El reloj daba las 11:28pm, solo habían transcurrido veinte minutos del hecho pero para ellos parecían siglos, sus pensamientos fluían con tal rapidez abismal que ya contaban con un plan de escape. Lewis, empacó algunas cosas, tomó los dólares que guardaba encima de la nevera y pensaba cruzar la frontera cuanto antes.

— ¿Estás seguro de esto? —, preguntó Samuel. — No hay otra alternativa, quedarnos aquí no es una opción, en cualquier momento llegan —, dijo Lewis agarrando a su amigo para huir. Tenían que apresurarse, no contaban con mucho tiempo, seguro la vieja del apartamento de al lado ya había dado parte a las autoridades.

¡TOC! ¡TOC! ¡TOC!, volvió a sonar la puerta pero esta vez acompañada de — ¡Es la policía! Por favor abra la puerta, queremos saber si todo está en orden —. Comparado con aquellas palabras, el implacable frío antártico no significaba nada. No sabían qué hacer, todo se había acabado.

Samuel buscaba opciones de escapar, estaban en un piso 9, no tenían muchas posibilidades. Los policías se hicieron cada vez más insistentes al ver que del interior del apartamento no recibían respuesta alguna.



— ¡Vamos a tirar la puerta, por favor colabore! —, sentenciaron. Al terminarse la paciencia de los oficiales, lograron forzar la puerta y echarla abajo. En el sofá blanco de la sala se encontraba Lewis, inerte, con la mirada perdida, sosteniendo en su mano derecha a su amigo Samuel, el revólver Colt Python .357 Magnun que momentos antes había usado para terminar con la vida de su esposa y luego con la suya.