Amor en colores de Marcos Penott



Con el deber de adueñarnos de cada instante en precisa contemplación, la colorida existencia se despliega en cañonazos constantes e indetenibles que van matizándonos; el sutil pasaje de gradación entre negros, azules y amarillos con el que se pinta el cielo en los días en que, con los pies enfangados, los sueños parecen palparse; el fresco color de la naturaleza olvidada, un cetrino gramal chispeado de lluvia y aceras derramadas en ceniza y polvo donde se apilan huellas y rastros brunos; aquel momento mágico en el que, ante la prodigiosa desnudez de la mujer adorada, su tez pastel se tiñe de la tonalidad de nuestra mano que apaciblemente siembra un vívido deseo sobre ella; y para mí, unos mestizos ojos verdes a los que me aferré. 



Con ese festivo multicolor que llamamos vida, nos sobrevienen momentos que, equívocamente, vamos clasificando como buenos o malos. Pero a fuerza de búsquedas y señuelos sensoriales entendí que los caminos están dispuestos y es nuestra decisión recorrerlos o ignorarlos; que los fracasos forjan el carácter, fraguan con la voluntad, y ambos erigen logros; que la relación más fiel y detestable la tenemos con el tiempo, y su laconismo no da lugar a gastar municiones en momentos de amargura y rencor; que los demonios internos no se esfuman entre vasos vacíos, fumadas y consumos, porque no existe salida, solución, ideal o fe que otorgue la respuesta que buscamos adentro: el Amor.



A mis 24 años de edad entendí el Amor, y entonces supe que él no puede ser entendido. Como un mendigo hambriento que indefenso se nos presenta, así, un día inesperado el Amor toca nuestra puerta, como si no pretendiese más que un pequeño gesto de afabilidad, y es en ese pequeño instante de concesión en el que nuestra vida cambia. No valen personalidades difíciles de férrea rudeza y hermética frialdad, rechazos de insistente voluntariedad, ni expresiones literarias con estructuras complejas de afanada belleza intelectual, él todo lo puede en su simpleza. 



El Amor como sustento del alma, toma el color que sea necesario. A diferencia del cuerpo, en cuya labor alimenticia la vista y el gusto construyen un puente desde el acceso previo hasta el impacto energético buscado, el alma se nutre a través del tacto; por ello, cuando dos amantes se acarician, sumergidos en el júbilo inexorable que truena en la hondura de su ser, sus almas se “alimentan”.



No hay otro destino que el Amor, ni mayor dicha o peor destierro de la razón; allá vamos todos, aunque no sepamos de qué se trata ni qué espera consigo. No tiene sentido buscarle respuestas a todas esas insensateces que acompañan su arribo, pues contra su paleta de la gama más completa y única, nos resta tener la certeza de que estará presente. 





Rosa, negro, azul y verde; el Amor, inexplicable y caprichoso, coloreará tu vida. A mis 24 años de edad entendí lo que éste significa: ¡Vivir sin miedo a descorazonarse!