El silencio de un lector


Aquí estoy de nuevo —labor sistemática y penosa del inseguro— perdiendo lánguidamente mi mirada en los lugares, mientras creo silogismos que despejen parte de mis dudas. 
Especifico el planteamiento anterior: silogismos que despejen parte de mis dudas contigo. 
Pensarás —seguramente es así— que el «contigo» no te incluye porque el tiempo de conocernos es poco. ¡Cuánto te equivocas! Tal vez por distraída, o tal vez porque no te interese profundizar en el tema. Lo cierto es que siempre que dije contigo; siempre que deseé, o dudé, o pensé de manera incesante a alguien, sin importar el tiempo, eras tú. El presente, en el amor, resume y unifica toda nuestra historia: la persona amada de hoy, es todas las personas amadas ayer. 
Pero que seas eso; ese agobiante todo, me causa un profundo vértigo porque mis silogismos revelan que yo no compongo tu nosotros. 
Y sólo para que me entiendas, pues conoces cómo soy, y conoces mi profusión de recuerdos, mayormente literarios —aforismos, décimas, sonetos, planteamientos, etc. —, te recrearé cada instancia de mi «nosotros» a mi manera:
Te conocí, ¡buena serendipia!, porque no te busqué. En ese momento me susurró Antonio Porchia: «El hombre no va a ninguna parte. Todo viene al hombre, como el mañana».
Luego, me adentré en ti, y me sorprendí con un sentimiento naciente. Entonces abrazó mi corazón un oscuro desasosiego. Borges lo representa en sus primeros versos de El Amenazado: «Es el amor, tendré que ocultarme o que huir. Crecen los muros de su cárcel como en un sueño atroz». Y huí, de alguna manera creí hacerlo, pero... no se puede. Quizá Alfred de Musset tenía razón: «La mujer es como una sombra: no podrás atraparla, pero tampoco huir de ella». 
¿Y? ¿Qué debía hacer? Intenté llegar a ti a través de la palabra; de mis ideas, pero al final de cada noche Bioy Casares ponía su brazo sobre mi hombro con su: «¡Qué desventaja la del hombre cuyo mayor vigor es intelectual». Y, a veces, ante la soledad; ante el mutismo perdedor y doloroso que resume, me erguía y apartaba todo, como quien sacude el polvo, con Platón: «La mejor declaración es la que no se hace. El hombre que siente mucho, habla poco».

Pero, he de confesar, no me tranquiliza esa idea, y entonces como Sísifo, vuelvo a cargar esta piedra una y otra vez mientras resignado avalo a Borges cuando prologó una de las versiones de la Divina Comedia: «Enamorarse es como crear una religión cuyo Dios es falible».
José Miguel Vivas