Diver-S-edad(es) nuestra nueva Antología poética



Prólogo de Arnaldo Jiménez

DE LA DIVERSA HOMOGENEIDAD DEL POEMA



Acostumbraba a pasar a mis alumnos de la escuela donde impartí clases durante más de veinte años, a leer poemas de Juan Ramón Jiménez, Ramón Palomares y otros poetas nacionales e internacionales. Cada vez que ellos iban pasando yo cerraba los ojos para escuchar aquellos poemas en las voces infantiles que le daban un nuevo matiz, una nueva vida. Cómo disfrutaba escuchando la diversidad de aquellas voces que tejían una partitura de cantos que refrescaba mi alma y le daba sentido a mis horas. Niñas de nueve años con tonalidades de calor y vetas de ternura que quedaban rielando en el aire del salón y revoloteaban en mi alma como colibríes emplumados de oro. Niños que administraban el color de sus sílabas e incrustaban toses que le hacía retroceder al origen del poema hasta que atendían a la música en ellos presentes y emprendían el deslizamiento por las palabras como un tren por sus rieles. Una frescura semejante he sentido al leer esta antología de poesía que bien seleccionada por el poeta Colmenares nos acerca a voces disímiles en edades y motivos, en los modos que cada poeta elige para acercarse al misterio de la vida y al de la muerte.

Celebro este poemario que ha logrado reunir una muestra representativa de la calidad que ostenta en la actualidad la poesía venezolana. Funge de índice de las tendencias que la poesía labra con esfuerzo sostenido para ofrecernos su arte de decirse y desdecirse. Esta antología, femenina y masculina, merece una lectura atenta y agradecida por parte de aquellos lectores que, al igual que el autor de estas líneas, buscan la complicidad emocional y la cálida compañía que brinda un poema cuando está bien escrito.

Esta compilación, democrática en extremo, reúne voces que ya tienen un camino recorrido en el quehacer literario del país, tales como Luz Marina Almarza, Navil Naime, Rafael Cárdenas, Enmanuel III Colmenares, Ana Mendoza…, y otras que están iniciando su formación y encuentran en este poemario un impulso merecido. Sin embargo, esta excelente diversidad de voces y temáticas se encuentran amalgamadas por una sustancia común: la calidad de los textos presentados. Así vemos cómo hace aparición la ternura de Luz Marina Almarza con sus textos sugerentes y plenos como un mediodía en la extensión infinita del llano. Sus poemas están escritos con el cuidado de una experta jardinera del verbo y el adjetivo, todo va en el lugar que le corresponde, sin excesos, de la mano con su nombre, lejos de una presencia no requerida. Luz Marina nos ofrece pues, su voz, esa que se ha llenado con los matices de un mediodía que jamás se aleja.

El esfuerzo de unir el cosmos a los latidos cotidianos del tiempo en los poemas de Carlos Vetancourt adquiere una excelente resolución. En estos textos el poeta logra salir de sí mismo para encarnar en seres que quedan sugeridos en el transcurso de los poemas abriendo, de esta manera, las puertas para que constatemos nuestras propias usurpaciones, nuestros propios desdoblamientos de esos seres que, inmersos en la memoria de los truenos siguen volando desesperadamente.

Una diversidad, como ya hemos dicho, no solo de las tendencias y los modos de leer las pasiones y los misterios de la realidad humana, si no en la madurez y vitalidad de los poetas que aquí conviven como en una gran casa donde el único oficio es mantener viva nuestra esencia, el lenguaje. Así se nos presenta Fabiola Di Mare, quien se atreve a internarse en el poema amoroso y dejar atrás, quizás acompañando otro viaje hacia el sur de lo que no regresa, a los lugares comunes tan frecuentados en este tipo de poesía. El lugar común y la cursilería conforman una voz empalagosa en aquellos que creen que el amor por sí mismo les da licencia para machacar una dudosa poesía. Fabiola cambia esos ecos y se va con nosotros en un tren que ya no tendrá estación de llegada.

Luego se presenta el poeta Navil Naime, exacto y armonioso como un felino en sus movimientos de caza, este poeta maniobra con la palabra y esculpe imágenes de altísima calidad, con Navil miramos al mundo como a un raro juguete y asistimos al juego magistral de la dialéctica de la ausencia y la presencia, de cómo ellas sobreviven encartadas unas en otras y es el cuerpo del poema donde establecen las rutas de sus relaciones. Esta dinámica se traduce también en los hallazgos y las pérdidas, cómo se descubren nuevos obsequios en lo que ya no palpita en nuestros pulsos y sin embargo persiste más allá de sus propias posibilidades. Siento que estos poemas intentan darnos los colores que hemos perdido en nuestras vivencias, quizás para así encarar el silencio que surgido en una espera del pasado se prolonga y nos hace existir en un sueño que no nos pertenece. 

Y de esta estación del poema sugerente, abierto, oscilamos hacia la joven poeta Daniela Portillo que con pluma directa enfrenta un erotismo escrito con arte y pertinencia, profundidad y una rara ternura que nos asalta en la medida en que el té caliente. Daniela tiene la capacidad de rasgar lo evidente a fuerza de vocablos precisos, que escarban cada vez más, como si supieran que no pueden llegar al fondo y solo desean mostrar la lucha, el forcejeo con lo real y así hacerle brotar la extrañeza que es el lugar donde mora lo insondable. Entonces se posesiona de eso intangible y lo torna fisiología, lo concreto de su entorno. 

Miguel Montilla nos presenta la diversidad dentro del mismo poema, los naci2, asimila el lenguaje matemático y el literario, la lógica lineal de la narración de aquellos que al nacer ya están hechos polvos en el triscar de dedos de la divinidad y el lenguaje onírico, el que rompe la textura y nos obliga a buscar en la imaginación un surco de comprensión más allá del texto.

Oriana Canelones Mendoza se nos presenta con la extremada suavidad de sus poemas que luego de ser leídos se siente que la atmósfera del mundo, esa por donde circula una energía vital y creativa, es mucho más íntima.

Luego aparece Enmanuel Nuñez, ejercitando un estado de comunicación con el amor más allá del pasado, más allá del presente, teje con sus poemas una red de relaciones cósmicas, cotidianas y míticas y de esa manera parece embriagarse con el veneno de un amor impalpable.

Sara Valentina Bastidas nos ofrece otros ejercicios de amor que ella practica con la vehemencia de su alma, su postura ante el amor presente y el amor que inmerso en postales sigue envejeciendo con ella. Siluetas envueltas en manías y resguardadas en la oscuridad de las gavetas.

Enmanuel III Colmenares, poeta y responsable de esta antología, nos regala dos textos poéticos de indudable valor literario. En ellos recrea con imágenes precisas, lúdicas, el pasado familiar para darle nuevas significaciones al vincular de manera equilibrada la crónica, la poesía y la religión; con ello prolonga a la familia, a la perdida, a la que surge, a una expresión más fidedigna de la inmortalidad.

Ana Mendoza nos muestra unos textos limpios, propios de una mujer-niña que quiere a través de las palabras, sus instrumentos lúdicos actuales, emplazar la vida que no termina de completarse y la mira desde un ángulo de la nada que ella evade para emerger niña-mujer y expresarnos la geometría de su unicidad, ese espejo donde ella acepta su sonrisa.

Rafael Cárdenas, retrata la casa con esta grafía de luz, desde el jardín donde una chicharra se aferra a su muerte bebiendo las cicatrices vitales de la corteza de un árbol que fungió de refugio y urna, hasta la casa que se desfigura al albergar en espejos inciertos a la infancia ya perdida, pero que sin embargo, se siente rutilar una presencia parecida a un manojo de llaves.

León González, Libertad, desafía el tiempo con estos poemas que tienen las resonancias de todas las lluvias, las proyecciones de todos los amaneceres y se erigen en corimbos de palabras como manojos de espigas con las que podemos adornar el jarrón de nuestras emociones.

Invito desde esta trinchera de lector a leer la diversidad de nuestra palabra poética en los textos que conforman esta excelente antología.




Arnaldo Jiménez.