El chavismo frente al espejo

El chavismo frente al espejo




La Revolución Bolivariana y la mentira como práctica política: notas introductorias




Luis Alberto Buttó 

José Alberto Olivar




La mentira es una de las acciones humanas más deleznable. Al igual que lo sentenciado por Simón Bolívar con respecto al crimen, el engaño prospera en las sombras generadas por la aviesa intención de ocultar bastardas conductas y malsanos intereses que el practicante de la falacia sabe de sobra infames, razón por la cual decide esconderse tras la impostura, aún cuando evidencia su inconmensurable desprecio por el engañado. Por suerte, como reza la conseja popular, la mentira tiene patas cortas. Tarde o temprano, aunque a veces muy tarde en función del daño causado, la verdad aflora. Empero, para el que la desvela, es amargo de tragar el cóctel resultante de la mezcla de desengaño, frustración y pérdida de confianza. Quizás es ocioso recordar que si la mentira es despreciable en el plano privado, lo es más en el ámbito público. El gobernante mendaz pisotea impúdicamente los sueños de toda la sociedad. Así las cosas, frente a las mentiras oficiales, la gente común y corriente, aquella que con base en su trabajo debe luchar cada día en aras de la propia supervivencia, no puede menos que sentirse infinitamente desvalida.

En los más de tres lustros que lleva gobernando en Venezuela la autodenominada revolución bolivariana para el momento en que se pergeñan estas líneas, es inimaginable la rabia, la tristeza y la decepción sentida por los padres de cualquier barrio o urbanización venezolanos cuando escuchan y/o leen la propaganda gubernamental que habla de «vivir viviendo», mientras delincuentes inmisericordes les acribillan sus hijos para arrebatarles un celular, un par de zapatos o un exiguo puñado de bolívares. Al contrario de lo voceado por los capitostes enquistados en el gobierno y el Estado, los progenitores de estas tierra «viven muriendo» por el desgarre así experimentado que jamás podrá borrárseles. Cuánta rabia, tristeza y decepción de los refugiados llamados cínicamente «dignificados» que tuvieron que esperar por años por un techo donde cobijarse en la llamada Gran Misión Vivienda y que al serles adjudicado, y como producto de la preferencia electoral que en diciembre de 2015 mostraron por la opción opositora para llenar los curules de la Asamblea Nacional, se les chantajeó amenazándolos con expulsarlos y alertando a los que vienen atrás que por esa razón es posible no entren a formar parte de futuros repartos. Cuánta rabia, tristeza y decepción del proletariado que percibe lo que las voces oficialistas califican de «salario mínimo más alto de América Latina», a sabiendas de que la inflación, ésta sí la más grande del mundo, les arrebata toda posibilidad de alimentar a su familia, incrementando con ello el hambre atesorado por años y que obliga a hurgar en la basura en búsqueda de víveres descompuestos.

En consecuencia, el transitar del pueblo venezolano se debate entre sufrir las consecuencias de las acciones del más ramplón de los populismos y de un Estado que devino simplemente patético. En cuanto a lo primero, como nunca antes en la historia contemporánea venezolana, gobierno alguno (hay plena solución de continuidad entre los mandatos del ex presidente Chávez y su sucesor inmediato) se proclamó más defensor de los intereses de las mayorías excluidas de la sociedad pese a que en realidad, resulta de su gestión, produjo ingentes penurias a los desamparados. Contraste reprochable, su conducta siempre se limitó a engañar permanentemente al colectivo con ofrecimientos de un futuro hermoso que no cuajó por ningún lado. Para evidenciar la engañifa, en maratónicas cadenas de radio y televisión, sus máximos dirigentes se desgañitan por afirmar que vienen del pueblo y forman parte de él, cuando, en verdad, conscientes como son de su propio fracaso, ni siquiera se atreven a buscar la cura de sus enfermedades en los hospitales donde con tristeza, rabia y resignación lo hacen los menesterosos de la patria.

Populismo expresado en dos falacias mayores: Socialismo del Siglo XXI y democracia participativa y protagónica. Obtusos «planificadores» empeñados en construir un sistema socioeconómico históricamente inviable cuyo legado no fue otro sino incrementar las ignominias del subdesarrollo y colocar al país en situación de dependencia armamentista con el otrora imperio soviético, endeudado hasta los tuétanos con el salvaje capitalismo chino y negociando en situación desventajosa con el atraso cubano, experto en comprar en el mercado internacional lo que no produce y le revende a Venezuela, reciclaje de por medio, a precios exorbitantes. Participación y protagonismo que brilla por su ausencia cuando la viabilidad del régimen se sustenta en el culto a la personalidad de superhombres en teoría predestinados por la providencia para liderar la revolución continental pero incapacitados para debatir hasta con sus subordinados, pues cuando estos, con temor evidente, hablan más de un minuto, inmediatamente se les manda a callar, maltrato de por medio. Participación y protagonismo que brilla por su ausencia cuando frente a la aguda crisis política desatada en 2016, con desparpajo y artilugios legales, se le negó a la población la posibilidad de activar la salida electoral consagrada en la Constitución.

Estado Patético encarnado en encumbrados funcionarios, cuya actuación cotidiana no puede menos que generar tristeza e inspirar pesadumbre y vergüenza ajena al incurrir de manera consuetudinaria en hechos rayanos en el bochorno y la desmesura, como cuando en cadena de radio y televisión se exponen desvergonzadamente las vicisitudes íntimas, por biológicas, del liderazgo. Estado Patético en el que los responsables de administrar justicia se olvidan olímpicamente de que ésta va unida a la clemencia y por años han desoído sin rubor las peticiones de cientos de presos políticos que ruegan enfrentar fuera de rejas sus enfermedades y que cuando terminan atendiendo el llamado de cierto jefe circunstancial, negocian a estos presos como moneda de cambio político y/o regalan migajas de atención humanitaria cuando es demasiado tarde la esperanza. Estado Patético cuyos encargados de producir y distribuir electricidad, atados de manos frente a su propia ineptitud técnica, deciden sumir en la oscuridad a la mayoría del país para mantener encendidos los faroles de la ciudad capital y ahorrarse con el sufrimiento de millones el impacto mediático de los apagones en renombradas avenidas y centros comerciales. Estado patético incapaz de evitar que la comida de los pobres se pudra en contenedores pagados con sobreprecio, de tapar los huecos en las autopistas o de abastecer de agua potable con regularidad a la población.

Octavio Paz, describió a la mentira como forma de autoafirmación que responde a la conducta de aparente superioridad dispuesta para esconder en el fondo los signos terribles de la frustración, el resentimiento y el revanchismo; el reino de la maldad y el absurdo, en otras palabras:




La mentira posee una importancia decisiva en nuestra vida cotidiana, en la política, el amor, la amistad. Con ella no pretendemos nada más engañar a los demás, sino a nosotros mismos (…) La mentira es un juego trágico, en el que arriesgamos parte de nuestro ser (…) El simulador pretende ser lo que no es. Su actividad reclama una constante improvisación, un ir hacia adelante siempre, entre arenas movedizas. A cada minuto hay que rehacer, recrear, modificar el personaje que fingimos, hasta que llega el momento en que la realidad y apariencia, mentira y verdad, se confunden. De tejido de invenciones para deslumbrar al prójimo, la simulación se trueca en una forma superior, por artística, de la realidad.1




Hugo Chávez fue sin lugar a dudas un maestro de la mentira a tiempo completo. Sus profusas alocuciones acumularon miles de horas de hedonismo y dejaron en claro quién era el amo del destino de la ex república llamada Venezuela. Supo emplear las formas más modernas y sucedáneas de opresión que el nuevo siglo ofreció a aspirantes a dictadores y las expresiones de fe ciega y/o temor inducido que el aparato comunicacional de su gobierno logró impregnar en el subconsciente de millones de venezolanos, lo elevaron de simple mortal a especie de semidiós, objeto de un culto personal jamás conocido en los anales de esta tierra. Ni la megalomanía de Guzmán Blanco ni la taciturna esfinge de Juan Vicente Gómez llegaron tan lejos.

Su última decisión consistió en admitir que su tiempo en escena se había acabado y en consecuencia debía nombrar sucesor, no para enderezar entuertos ni impulsar una versión mejorada del proyecto político que dirigía sino para mantener en vilo el tragicómico guión elaborado para sí mismo.

Quien le heredó en la presidencia es su hechura, reflejo del burdo concepto que llegó a formarse del pueblo venezolano. De ser cierta esta cruda apreciación, resulta torpeza de marca mayor endosar las culpas de las penurias políticas, económicas y sociales desatadas a un solo hombre: el chavismo en pleno, por acción y omisión, es el principal responsable de la crisis alimentada por el despilfarro, la ineptitud, el clientelismo y demás excesos, todos ellos desdibujados por las mentiras que sus voceros jamás han tenido prurito en utilizar de forma sistemática para alcanzar y concentrar el poder. Mentiras las cuales el presente libro intenta desenmascarar.

En primer lugar, Luis Alberto Buttó, aborda un tópico harto falaz que comenzó a propagarse sobre la epidermis de una sociedad poco dada a la auscultación de variables conceptuales que le resultan por igual obvias o demasiado enrevesadas. De ahí la intención del autor por descifrar la ecuación representada en la unión cívico-militar que pretende encubrir el deliberado propósito de colocar a los militares por encima de los civiles en la tarea de ejercer la gerencia política de la sociedad. Desentrañar tan amañada estrategia de dominación quedaría incompleto sin el análisis de fondo de los contenidos narrativos y emocionales explícitos e implícitos en el discurso del poder. Por ello, Thays Adrian Segovia se adentra, mediante el empleo de los planteamientos teóricos de los estudios críticos del discurso, en el manejo de la argumentación emocional hecha por Chávez para legitimar los objetivos políticos de su gobierno.

Por su parte, José Alberto Olivar, no dudó en calificar al ex presidente y al proyecto político tan bien por él encarnado como el mayor fraude político de la historia contemporánea de Venezuela, habida cuenta de que erigió al resentimiento y al oportunismo en mecanismos idóneos para pervertir la conciencia democrática de los venezolanos, buscando con ello afianzar un régimen cuando menos despótico.

Ejemplo del diseño y aplicación de políticas públicas erróneas es el trabajo de Claudio Briceño Monzón, quien aborda el tratamiento de la problemática fronteriza colombo-venezolana por parte de los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Desde su perspectiva, durante la revolución chavista, el Estado venezolano fracasó al no hacer tangible el desarrollo integral fronterizo capaz de potenciar el uso racional de los recursos naturales, la minimización de las amenazas de la subversión armada y la solución definitiva de los desacuerdos limítrofes.

En ese mismo sentido, se orienta el ensayo elaborado por Carlos Castañeda Mejías, que ofrece una panorámica de las principales variables que en materia de alianzas estratégicas orquestó Hugo Chávez con Rusia y la República Popular China para colocarse a buen resguardo ante cualquier arremetida que pudiese ejecutarse desde otras latitudes. De ahí que la política exterior del chavismo no fuese otra cosa que intento anacrónico por revivir viejas confrontaciones maniqueas entre el capitalismo y el socialismo con el propósito de encubrir sus propios errores, achacándole a los Estados Unidos la autoría de una permanente conspiración imperialista. El capítulo final del libro es el revelador testimonio de Ángel Muñoz Flores, denuncia del sojuzgamiento del magisterio venezolano durante el chavismo mediante la violación de los derechos laborales y la aplicación de mecanismos de control y sumisión por parte de la burocracia ministerial y el sindicalismo patronal.

Obviamente, el cuadro aquí esbozado no está completo y muy probablemente nunca llegará a estarlo ante la capacidad sin límites de mentir de la maquinaria oficial. Al rodar la mentira, el desdoro cubre con su manto a los engañadores de oficio. Por ello, la rabia, la tristeza y la decepción pueden y deben ser canalizadas y transmutadas en suficiente masa crítica y fuerza creadora que propicie la redención de los engañados en su inocencia y bondad. Los autores abrigan la fe de estar en el lado correcto de la historia y por ello aportaron esta modesta contribución en la responsabilidad de desenmascarar a un régimen que pretende convertir a los venezolanos en autómatas sin libertad ni conciencia. Imposible para un académico no afanarse en desmontar el sinfín de mentiras oficiales para dejar a los mentirosos íngrimos en su estulticia y desnudos en su falta de vergüenza como el rey del cuento. De una vez por todas, justo es que en el país triunfe la verdad y reine la transparencia.




Índice







Luis Alberto Buttó / José Alberto Olivar

La Revolución Bolivariana y la mentira como práctica

política: notas introductorias




Luis Alberto Buttó

Unión cívico-militar: la falacia uniformada de la

Revolución Bolivariana




Thays Adrián Segovia

Las narrativas como medio de argumentación

emocional en dos discursos de Hugo Chávez Frías




José Alberto Olivar

La revolución de los arteros y la mentira del

socialismo del siglo XXI




Claudio Alberto Briceño Monzón

La militarización de la frontera colombo-venezolana:

Entre el contrabando–el bachaqueo–la paz y su

enmascarado pretorianismo




Carlos Castañeda-Mejías

Mentira y Contradicción: variables independientes

de la política exterior chavista




Ángel Muñoz Flores

La estafa continuada al magisterio venezolano en

tiempos de Chávez