Salvador y la gran araña negra de Jesús Pérez Soto


Salvador y la gran araña negra de Jesús Pérez Soto



Mi nombre es Salvador, soy del planeta Tierra, vivo en Venezuela. Me gustan los arcoíris, tanto que una vez subí a uno que iba para la China y me fui con él. Mamá se alarmó cuando vio lo que hice, corrió hasta donde yo estaba y gritó:

—¡Hijo! tu chocolate está listo, lo endulcé como a ti te gusta.

—¡Mamá! me voy a la China, dicen que allí el sol es un habitante más, que por las mañanas se le ve caminar como si fuera al trabajo, he escuchado que es muy juguetón con los niños.

Mamá seguía sin creer lo que oía, pero en realidad yo tenía que ir, faltaban días para que terminaran las vacaciones y ya me imaginaba a los chicos contando las cosas que hicieron, y yo, como siempre, sin nada interesante que decir.

Todos los años era lo mismo. Jairo deslumbraba a los compañeros con sus paseos; su padre era capitán en una aerolínea y él decía que lo había llevado a ver el mundo; que en África había conocido a las jirafas de cabezas azules, que como eran tan altas sus cabezas se confundían con el cielo, que en Australia conoció los canguros de una sola pata y que saltaban por encima de los árboles, y así contaba una experiencia de cada continente.

Aquiles no se quedaba atrás y comentaba sus travesuras por las selvas más tenebrosas del país; que si había conocido a la anaconda más grande, que si la danta más viejo tenía tres veces la edad de su abuelo, que si había atado un zancudo gigante a una cuerda y este la reventó al halar, que si había atravesado el río Orinoco nadando y hasta se montó en los cocodrilos que no le hacían nada porque los nativos los habían domesticado.

Y qué decir de Violeta, la más introvertida del salón, se paraba frente al público y contaba los relatos de su primo el enigmático, asegurando que este sabía de la existencia de los extraterrestres y que hasta lo habían secuestrado para obligarlo a no delatarlos; decía que él descubrió el planeta donde habitaban y que viajó hasta allá a través de un agujero negro que inventó con puras hormigas:

—Las coleccionaba en su cuarto hasta que se multiplicaron y se adueñaron de toda la habitación y una noche se lo tragaron, pero no para devorarlo sino que era la forma para entrar a su dimensión, más allá de la Vía Láctea, donde los extraterrestres moraban en espera de una oportunidad para conquistar la Tierra y como él los descubrió lo obligaron a vivir con ellos.

Luego contó que para liberarse tuvo que aprender a hablar extrateñol e inventar una máscara de hojas secas y pegársela a la cara con saliva, después robó la corona al jefe de ellos que era un tal Cocodrimalón, que además de malo era idiota porque dejó la corona encima de una plancha caliente y como parecía queso derretido cuando se la puso se le chorreó en la cabeza, pero así salió disfrazado y volvió a llegar a su cuarto y cuando le preguntaron dónde estaba no le entendieron porque hablaba muy raro y además tenía un olor apestoso en la cabeza como si la hubiera metido en un pizza.

Y todos pasaban y cuando me pedían que contara mis aventuras, bajaba la cara y no me atrevía a mirar a nadie. Por eso me fui a la China. Mamá pensó que era broma, pero cuando me vio saltar al arcoíris me bendijo y me deseó feliz viaje.

¿Y cómo es que mamá me dejó ir tan lejos y solo? pues, yo también me asombré cuando no me detuvo.

—¡Chao! —le dije.

—Hasta pronto —me respondió— cuando regreses te contaré la historia de Sietecolores.



Y salí y me fui, a buscar aventuras para que cuando comenzaran las clases, nadie me viera agachar la cara.