Visiones de sueño y niebla Antología de cuentos clásicos

Visiones de sueño y niebla
Antología de cuentos clásicos


“Descubrir la eternidad”

Víctor Manuel Solís (Compilador)




Entre estos cuentos hechos de niebla y sueño y frío y fuego se halla la magnitud misma de nuestra existencia. Lo mismo podría decirse de cualquier otra antología o colección de historias. Porque historia somos, de las historias venimos y hacia las historias iremos. Este es el ciclo que caracteriza no solo el deambular narrativo que un escritor vive dentro y fuera de sí mismo, sino que también es la percepción que vuelve a reunir al mundo caótico con el mundo de las cosas puestas en orden, aquéllas que a través del tiempo encuentran la manera de encajar y dar sentido a todo. Sea el universo que haga lugar para el breviario de historias que pasaremos a ser, o sea porque la estrellas mismas nos observen desde la distancia más indiferente; todos somos parte de algo que va y viene.

“Nada viene de la nada”, nos dice Marco Aurelio en sus Meditaciones. Los cuentos de hadas son prueba de ello. Cada narración yendo y viniendo entre pueblos, creciendo en dirección inesperadas y a veces opuestas, variando su melodía y renovando su fuerza según los tiempos, y así sucesivamente. Ello atestiguaron los Hermanos Grimm, Hans Christian Andersen o el mismo Oscar Wilde, al igual que muchos más, mucho antes o después.

El siglo XIX vino y vio y conquistó almas en su cataclismo andante. Pueblos enteros sumidos en luchas y desafíos, convulsiones y derrotas; pero también belleza inesperada entre paisajes impolutos del mundo externo, aún entre sus ruinas; así como del mundo interno de quienes en esos tiempos oían y observaban de verdad, y transformaron ideal y sentimiento en alquimia narrativa. Por eso surge lo que conocemos como el relato breve, el cuento clásico proveniente del reino de los sueños. Son invitados señoriales que nos muestran la narrativa más perfecta hecha de sucesos y acciones definitivas, pero también de atmósfera aunada a un mundo primordial y primitivo más allá del tiempo y sus circunstancias, como una onda expansiva del inconsciente repercutiendo de un ser humano a otro.

Esas visiones de los reinos de la noche y de los sueños, que ocultan las más profundas y secretas verdades, son mundo privado y público dotado de sentido y trascendencia. Y si “la sabiduría es estar en armonía con nuestros sueños y mitos” como nos dice Carl Jung, entonces cada uno de estos tejedores de sueños nos ha otorgado un vistazo único y singular: el descubrimiento de la eternidad. Y ellos esperan por nosotros, posados en un rincón de nuestra mirada, alrededor de una fogata plateada.

Desde Mary Shelley y sus mortales inmortales a Edgar Allan Poe y sus versos de perpetua vigilia onírica, pasando por la comedia dolorosa y conmovedora de Chéjov o el fuego fatuo de mundos inclementes de H. P. Lovecraft u Horacio Quiroga; los invito a hacer el tránsito hacia la noche del alma y deambular por sus laberintos narrativos. Porque una vez allí, entre su inmortalidad avistada, “donde creíamos encontrar un monstruo, encontraremos a un dios, y donde creíamos cazar a otro, nos cazaremos a nosotros mismos, y dónde creímos estar solos, nos sabremos estando con todo el mundo” (Joseph Campbell, El héroe de las mil caras; 1949)

Y cuando sea hora de regresar a la luz del mundo físico en que vivimos, y la niebla y el sueño se despejen, estaremos distintos. Más listos, más atentos, más completos, más unidos al Todo del cual venimos y hacia el cual vamos, un cuento a la vez.

Valera, Estado Trujillo.

Abril del 2017